Las últimas pruebas arrojaban resultados apenas positivos, poco iba quedando de la espiral mágica que envolvía los dos espíritus enamoradizos. Él lo supo inmediatamente al recordar su cumpleaños: no hubo mejor felicitación que la de ella y él, cobardemente, se vio incapacitado de retribuir el amor puro que se le presentó en las narices por aquellos días. No se sentía listo para una nueva exposición, faltó a la altura exigida por el corazón simétrico.
No obstante el cliché de pasión no correspondida, el tiempo fue avanzando a medida que su corazón iba cediendo en la postura: se había enamorado de ella y no existía fuerza en el mundo capaz de reprimir las huestes de endorfinas que pujaban por exteriorizar tanta felicidad que producía la compañía de ella. Encaprichóse al punto de renunciar a sus prejuicios y cuadrados parámetros, ella lo valía; no existía un ser que pudiese hacerle frente, no a esta doncella de manos frágiles y hermosos cabellos cuya sonrisa aún conserva la mente de él como el más grandioso de los trofeos, como la meta distante que las lágrimas intentan alcanzar cada noche al recordarla.
Ascendieron del averno las turbulencias que tanto envidian la felicidad juvenil de los corazones entrelazados y los amantes hubieron de resistir incólumes las infamias y los contratiempos. Su amor era más sólido que cualquier disparate que atentara con tumbar alguno de los pilares que fortificaban la voluntad de amarse hasta que el universo conociera su fin. Él y la gallardía de su experiencia brindaban seguridad y abrían a ella el camino de felicidad entre la maleza; ella correspondía con lo único que poseía, el más grande de sus dones, ese amor causante de tantas líneas anteriores, esa entrega devota que parecía inagotable, ajena por completo a caducidades mortales y que los meses probarían, en última instancia, falible...
La paz se extendió a todos sus actos, entonces, al morir el día, quiso escuchar de los labios de ella las mismas palabras que entonó al cumplir él sus veintisiete años: "eres el hombre más importante en mi vida", mas no llegó a tanto, él había descendido de categoría con el desgaste de las emociones; se había vuelto un complemento, un satélite de preferencia, pero ya no era la razón predilecta. Conocía perfectamente las causas del desprecio y no reprochaba a ella la muerte del futuro, pues se sabía él responsable directo del desamor, autor material de su propio llanto y, lo que más le dolía, del llanto de ella. Los castillos en el aire cedían ante la gravedad, él se sentó junto a la ventana para verlos caer, o planear levantarlos, nadie podría afirmarlo con certeza.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
Arzu
Llegué presurosamente a la gasolinería. La Primax de la avenida Carlos Julio Arosemena suele sacarme de apuros, tiene un cajero de mi banco en su interior. No muy lejos de donde aparqué, vi aquella silueta que se acercaba tímidamente a la puerta de la tienda, con ese compás de suspicacia que trae la población local a altas horas de la noche. ¡Malditos prejuicios pequeñoburgueses culpa de Lombroso!
Curiosamente coincidimos en el mismo espacio, pero él ganó la posición. Me ubiqué a sus espaldas, esperando mi turno para retirar dinero de la máquina de billetes y leí en la parte posterior de su camiseta: "ARZU". No reconocí el uniforme, ni conocía al jugador original hasta que pude buscarlo en Wikipedia y saber de quién se trataba. Lo cierto es que sentí aquel pesar de haber actuado mal -o pensado, en este caso específico- cuando noté su bolsa plástica bajo el brazo, aquella que (en ocasiones es un pequeño bolso de cuero o tela) nuestros más humildes obreros, generalmente albañiles, emplean para transportar su ropa de trabajo. Rondó entonces por mi cabeza una serie de pensamientos: ¿qué hacía hasta tan tarde por la calle? ¿recién salía del trabajo? ¿por qué habría de estar a estas horas en la calle un domingo, día de descanso? Sea cual fuere la respuesta, mi turno para emplear el cajero había llegado y me apresuré a sacar lo estrictamente necesario para un paquete de cigarrillos y quizás unos M&M, los que compro cuando me siento distraído y necesito energías para escribir, poder rendir en los juegos en línea, trabajar hasta tarde o simplemente leer algo entretenido antes de dormir.
Un problema con el banco me impidió sacar los cinco dólares que necesitaba y Arzu se reubicó en la cola. Noté cómo su tarjeta se encontraba rota, en mal estado y en general, deteriorada. Tras varios intentos, el sistema financiero nacional se había empeñado groseramente en no permitirme fumar esta noche. Volteé y pregunté a Arzu si acaso hubo tenido el mismo inconveniente que yo. -"No, mi tarjeta está dañada"- fue su respuesta y noté inmediatamente aquel atisbo de quichua que sobrevive en la entonación del dialecto interandino: Arzu provenía de la Sierra.
Dispuesto a no permitir que Murphy deniegue el mayor de mis placeres (después del sexo y la comida, desde luego), me aventuré directamente hacia el mostrador de la caja, a sabiendas de que mi tarjeta de débito sería tan inútil allí como lo fue en el aparato que maldije murmurando. Miré de reojo a Arzu, sintiendo la carga moral de asegurar su bienestar, habiendo concluido en mi cabeza que él era un llegado del Callejón Interandino, de entre otros miles más que vienen al gran puerto a menudo en busca de un mejor porvenir y que se encontraba desesperado por obtener un poco de dinero para comer él mismo, o para llevar algo a sus hijos, quienes esperaban ansiosos a cenar en compañía de su padre.
Noté la decepción de sus ojos mientras inútilemente remendaba el plástico maltrecho de su tarjeta. -"Buenas noches"- me saludó la delgada cajera mientras ponía yo sobre el mostrador los chocolates ansiados y solicitaba un paquete de LARK (para tener el nombre de una linda ave mañanera, es la marca de cigarrillos más fuerte en mi país). Arzu despertó en mí una compasión inmediata, más producto de todo lo que cruzó por mi mente, que de cualquier situación comprobable. Pensé en invitarlo a comer, e incluso en pagar por su transporte, hasta que la dependiente del lugar me indicó que la tarjeta mía había sido rechazada.
Mi buena acción del día quedó solamente en intención, de esas que colman el infierno, según dice una máxima popular. Me retiré derrotado del lugar mientras Arzu se mantuvo luchando contra la tecnología y el injusto sistema financiero que nos hizo perder tiempo. Al alejarme hacia mi vehículo, pude apreciar sus movimientos alrededor del local, intentando hallar una solución entre los estantes de conservas y enlatados, volviendo aun más pesado en mí el remordimiento de poseer los medios para irme a hacer lo mismo que él debía y se encontraba impedido de completar: volver al hogar junto a la familia, era lo justo luego de un día de descanso que la necesidad había convertido, para él, en una jornada laboral más.
Curiosamente coincidimos en el mismo espacio, pero él ganó la posición. Me ubiqué a sus espaldas, esperando mi turno para retirar dinero de la máquina de billetes y leí en la parte posterior de su camiseta: "ARZU". No reconocí el uniforme, ni conocía al jugador original hasta que pude buscarlo en Wikipedia y saber de quién se trataba. Lo cierto es que sentí aquel pesar de haber actuado mal -o pensado, en este caso específico- cuando noté su bolsa plástica bajo el brazo, aquella que (en ocasiones es un pequeño bolso de cuero o tela) nuestros más humildes obreros, generalmente albañiles, emplean para transportar su ropa de trabajo. Rondó entonces por mi cabeza una serie de pensamientos: ¿qué hacía hasta tan tarde por la calle? ¿recién salía del trabajo? ¿por qué habría de estar a estas horas en la calle un domingo, día de descanso? Sea cual fuere la respuesta, mi turno para emplear el cajero había llegado y me apresuré a sacar lo estrictamente necesario para un paquete de cigarrillos y quizás unos M&M, los que compro cuando me siento distraído y necesito energías para escribir, poder rendir en los juegos en línea, trabajar hasta tarde o simplemente leer algo entretenido antes de dormir.
Un problema con el banco me impidió sacar los cinco dólares que necesitaba y Arzu se reubicó en la cola. Noté cómo su tarjeta se encontraba rota, en mal estado y en general, deteriorada. Tras varios intentos, el sistema financiero nacional se había empeñado groseramente en no permitirme fumar esta noche. Volteé y pregunté a Arzu si acaso hubo tenido el mismo inconveniente que yo. -"No, mi tarjeta está dañada"- fue su respuesta y noté inmediatamente aquel atisbo de quichua que sobrevive en la entonación del dialecto interandino: Arzu provenía de la Sierra.
Dispuesto a no permitir que Murphy deniegue el mayor de mis placeres (después del sexo y la comida, desde luego), me aventuré directamente hacia el mostrador de la caja, a sabiendas de que mi tarjeta de débito sería tan inútil allí como lo fue en el aparato que maldije murmurando. Miré de reojo a Arzu, sintiendo la carga moral de asegurar su bienestar, habiendo concluido en mi cabeza que él era un llegado del Callejón Interandino, de entre otros miles más que vienen al gran puerto a menudo en busca de un mejor porvenir y que se encontraba desesperado por obtener un poco de dinero para comer él mismo, o para llevar algo a sus hijos, quienes esperaban ansiosos a cenar en compañía de su padre.
Noté la decepción de sus ojos mientras inútilemente remendaba el plástico maltrecho de su tarjeta. -"Buenas noches"- me saludó la delgada cajera mientras ponía yo sobre el mostrador los chocolates ansiados y solicitaba un paquete de LARK (para tener el nombre de una linda ave mañanera, es la marca de cigarrillos más fuerte en mi país). Arzu despertó en mí una compasión inmediata, más producto de todo lo que cruzó por mi mente, que de cualquier situación comprobable. Pensé en invitarlo a comer, e incluso en pagar por su transporte, hasta que la dependiente del lugar me indicó que la tarjeta mía había sido rechazada.
Mi buena acción del día quedó solamente en intención, de esas que colman el infierno, según dice una máxima popular. Me retiré derrotado del lugar mientras Arzu se mantuvo luchando contra la tecnología y el injusto sistema financiero que nos hizo perder tiempo. Al alejarme hacia mi vehículo, pude apreciar sus movimientos alrededor del local, intentando hallar una solución entre los estantes de conservas y enlatados, volviendo aun más pesado en mí el remordimiento de poseer los medios para irme a hacer lo mismo que él debía y se encontraba impedido de completar: volver al hogar junto a la familia, era lo justo luego de un día de descanso que la necesidad había convertido, para él, en una jornada laboral más.
viernes, 17 de agosto de 2012
Reproducción no autorizada
Soñé que te alcanzaba por aquellos días, con la ignorancia del momento y el porvenir; ni una palabra hizo falta, ambos lo sabíamos hacía ya varias lunas. Carentes de fachadas inquebrantables, nos encontramos en el escenario tan ansiado por ti, aquel que, a manera de confesión tardía, admito que tantas veces también anhelé. Cada vez que lo pienso, me carcomo por dentro, algo en mi interior de mí fallece y mi humor se espesa; intento en vano trasladarte la culpa y enojarme contigo, hacerte blanco de todos mis disparos de frustración ahogada e intentar limpiar mi conciencia por haber fallado al papel de hombre, tan esperado, tan observado en mentes de menor capacidad y en corazones de muy inferior rango.
Para ti es un juego, lo sé. Todo ha sido un pequeño juego de poder que la premura del sufrimiento posó sobre tus pequeños hombros y formó esa amalgama emocional que a más de uno en mi género ha llamado la atención inmediatamente. No pude, no lo intenté siquiera, jamás se paseó entre mis ideas alguna sugerencia mínima que me brindara seguridad, algún objetivo al cual aferrarme y creerte mía, pura y simplemente mía, lejos de cualquier repetición fallida, de esas que rebosan en mi haber y que, con la extensión del camino, el músculo cardiaco fue calcificándose e implementando en mi ser el más sofisticado sistema de alertas tempranas, de precauciones por doquier.
Hoy me arrepiento, no es broma cuando lo he mencionado en charlas graciosas del pasado no muy distante. Falté en los momentos de crecimiento, de charadas y maldad, de indecisiones y tonterías. ¡Cómo me hizo falta aquello para estar tranquilo conmigo y con los de mi especie! Rumiar el pasado, cosa que no hacía desde que te conocí, no me ha hecho falta, pues he sido realmente feliz. No obstante las alegrías intercambiadas, vuelvo a sentir mi pasada necesidad masoquista. Confieso que lo he hecho, sentí el impulso de volver a los días previos, no a los felices, sino a todos los anteriores, desde el primer virus hasta el secuestro y más allá, una y otra vez... Mis amigas necesitan combustible, así como mi alma requiere sentirse miserable: sólo observando mi hemorragia propia puedo constatar que estoy vivo todavía y sigo rumiando.
Mis sueños son escasos, quizás por la falta de alimento antes de dormir, a lo mejor porque solamente la frustración mantiene aquel hemisferio cerebral activo y el sentirme satisfecho no lo logra. Sea como sea, me inmiscuyo nuevamente en el mundo onírico, a regañadientes, forzando la posibilidad inútil de transgredir las leyes físicas y saltar entre los cuadrantes del tiempo, solamente para abofetear a mi yo de entonces, romper su coraza estúpida y volverlo un hombre cabal, digno de una historia íntegra.
A lo mejor cerrando los ojos con mayor fuerza pueda lograrlo, ir y volver con prisa, listo a disfrutar la nueva vida, la que debió ser, la que extravié para siempre y que planeo vivir a manera de telenovela inédita, a tus espaldas, engañándote contigo misma en mi cabeza, el lugar inexpugnable de tantos dramas, enemigos y escenarios, fantasmas y demonios que la seguridad de tu amor redujo a solamente un mal recuerdo y que, pataleando con desesperación, estos intentan salir. Esta noche luce perfecta, las vísperas son mi especialidad.
Para ti es un juego, lo sé. Todo ha sido un pequeño juego de poder que la premura del sufrimiento posó sobre tus pequeños hombros y formó esa amalgama emocional que a más de uno en mi género ha llamado la atención inmediatamente. No pude, no lo intenté siquiera, jamás se paseó entre mis ideas alguna sugerencia mínima que me brindara seguridad, algún objetivo al cual aferrarme y creerte mía, pura y simplemente mía, lejos de cualquier repetición fallida, de esas que rebosan en mi haber y que, con la extensión del camino, el músculo cardiaco fue calcificándose e implementando en mi ser el más sofisticado sistema de alertas tempranas, de precauciones por doquier.
Hoy me arrepiento, no es broma cuando lo he mencionado en charlas graciosas del pasado no muy distante. Falté en los momentos de crecimiento, de charadas y maldad, de indecisiones y tonterías. ¡Cómo me hizo falta aquello para estar tranquilo conmigo y con los de mi especie! Rumiar el pasado, cosa que no hacía desde que te conocí, no me ha hecho falta, pues he sido realmente feliz. No obstante las alegrías intercambiadas, vuelvo a sentir mi pasada necesidad masoquista. Confieso que lo he hecho, sentí el impulso de volver a los días previos, no a los felices, sino a todos los anteriores, desde el primer virus hasta el secuestro y más allá, una y otra vez... Mis amigas necesitan combustible, así como mi alma requiere sentirse miserable: sólo observando mi hemorragia propia puedo constatar que estoy vivo todavía y sigo rumiando.
Mis sueños son escasos, quizás por la falta de alimento antes de dormir, a lo mejor porque solamente la frustración mantiene aquel hemisferio cerebral activo y el sentirme satisfecho no lo logra. Sea como sea, me inmiscuyo nuevamente en el mundo onírico, a regañadientes, forzando la posibilidad inútil de transgredir las leyes físicas y saltar entre los cuadrantes del tiempo, solamente para abofetear a mi yo de entonces, romper su coraza estúpida y volverlo un hombre cabal, digno de una historia íntegra.
A lo mejor cerrando los ojos con mayor fuerza pueda lograrlo, ir y volver con prisa, listo a disfrutar la nueva vida, la que debió ser, la que extravié para siempre y que planeo vivir a manera de telenovela inédita, a tus espaldas, engañándote contigo misma en mi cabeza, el lugar inexpugnable de tantos dramas, enemigos y escenarios, fantasmas y demonios que la seguridad de tu amor redujo a solamente un mal recuerdo y que, pataleando con desesperación, estos intentan salir. Esta noche luce perfecta, las vísperas son mi especialidad.
sábado, 11 de agosto de 2012
El Oni del Azadón (fe de erratas de un piñón)
De vuelta en el mundo onírico, donde mi búsqueda de descanso logra verse extrañamente interrumpida por la invasión constante de aquellos rezagos de conciencia que por más que las neuronas se agoten hasta el dolor, siempre guardan espacio para recordar, alejándome de la calma que deberían traer mis sueños e impiden que el cerebro descanse adecuadamente; quizás aquello podría explicar la desubicación temporal que sufro al retomar una conversación, pues mi cuerpo siempre cree estar en un día siguiente al real.
Fue en piñón el anuncio, ciertamente. Supe, desde luego, que se trataría de algo meramente referencial, un marco de aproximación. Lo curioso es que estuve presente en cada segundo, mas no recordaba que fuera físicamente en azadón cuando transcurrieron los hechos. Conozco bien los límites de la sensatez, sé cuál es el lugar que me corresponde y las acciones que debo omitir para mantener la paz interna, a la par que lucho por construir mayor paz social.
No recuerdo las emociones que embargaron mi mente ajetreada al redactar estas primeras líneas hace ya varios días atrás, pero dado el título creo poder retomar el hilo original que mereció la atención de mis amigas eternas. Sí, una falla humana que debía enmendarse en nombre de todo lo que es justo; hasta la perturbación mental relativa causa cierta ternura por lo tan humano de su desenvolvimiento.
Calendarios de un pasado sangriento que escapan a las mentes inadvertidas, referencia que blinda los capítulos acaecidos en momentos en que mi participación no fue exigida. Todo lo he hecho muy bien, soy brillante. El orgullo soberbio de burlar la comprensión ajena me ha acompañado sin el mínimo remordimiento siempre. Llegará el inevitable momento, cada vez las distancias se acortan y el camino al encuentro está llegando al fin. Las coincidencias son demasiadas y sé que no soy ineludible al tiempo implacable. Guardo la compostura de la paciencia exigida y espero atento.
Una vez más fui víctima de mi testimonio propio, de aquella esmerada atención a cada paso recorrido y que produce un inexplicable 'no sé qué, qué sé yo' mientras tejo la enorme red de la casuística a mi alrededor. No halla descanso mi mente proactiva, pues la he acostumbrado a ser explotada hasta el límite de las energías y, alejado de cualquier remordimiento, disfruto exprimirla hasta desafiar su temple. ¿Qué es lo distinto entonces? Mirando el techo me lo pregunto varias veces y llego a la unívoca respuesta: nada. Mantengo el tejido construido sobre nada a la espera de alguna mosca inadvertida que se vea seducida por el malvado encanto.
¡Qué carajo importa si piñón o azadón! Esa es la verdad y debo confesarlo, o continuar al borde de la sorpresa eventual, cada vez más parecida al viejo Secret of Mana, generando escenarios aleatorios para obtener recompensas mejores. Desde luego no he olvidado mi palabra y soy fiel a la misma. ¿Podrás disculpar mi perturbación, amada? Empeño mis mejores anhelos en que así sea y poder volver a expresar a sobreseguro: "Eriza, eriza, muéstrame tu sonrisa...".
Fue en piñón el anuncio, ciertamente. Supe, desde luego, que se trataría de algo meramente referencial, un marco de aproximación. Lo curioso es que estuve presente en cada segundo, mas no recordaba que fuera físicamente en azadón cuando transcurrieron los hechos. Conozco bien los límites de la sensatez, sé cuál es el lugar que me corresponde y las acciones que debo omitir para mantener la paz interna, a la par que lucho por construir mayor paz social.
No recuerdo las emociones que embargaron mi mente ajetreada al redactar estas primeras líneas hace ya varios días atrás, pero dado el título creo poder retomar el hilo original que mereció la atención de mis amigas eternas. Sí, una falla humana que debía enmendarse en nombre de todo lo que es justo; hasta la perturbación mental relativa causa cierta ternura por lo tan humano de su desenvolvimiento.
Calendarios de un pasado sangriento que escapan a las mentes inadvertidas, referencia que blinda los capítulos acaecidos en momentos en que mi participación no fue exigida. Todo lo he hecho muy bien, soy brillante. El orgullo soberbio de burlar la comprensión ajena me ha acompañado sin el mínimo remordimiento siempre. Llegará el inevitable momento, cada vez las distancias se acortan y el camino al encuentro está llegando al fin. Las coincidencias son demasiadas y sé que no soy ineludible al tiempo implacable. Guardo la compostura de la paciencia exigida y espero atento.
Una vez más fui víctima de mi testimonio propio, de aquella esmerada atención a cada paso recorrido y que produce un inexplicable 'no sé qué, qué sé yo' mientras tejo la enorme red de la casuística a mi alrededor. No halla descanso mi mente proactiva, pues la he acostumbrado a ser explotada hasta el límite de las energías y, alejado de cualquier remordimiento, disfruto exprimirla hasta desafiar su temple. ¿Qué es lo distinto entonces? Mirando el techo me lo pregunto varias veces y llego a la unívoca respuesta: nada. Mantengo el tejido construido sobre nada a la espera de alguna mosca inadvertida que se vea seducida por el malvado encanto.
¡Qué carajo importa si piñón o azadón! Esa es la verdad y debo confesarlo, o continuar al borde de la sorpresa eventual, cada vez más parecida al viejo Secret of Mana, generando escenarios aleatorios para obtener recompensas mejores. Desde luego no he olvidado mi palabra y soy fiel a la misma. ¿Podrás disculpar mi perturbación, amada? Empeño mis mejores anhelos en que así sea y poder volver a expresar a sobreseguro: "Eriza, eriza, muéstrame tu sonrisa...".
lunes, 16 de julio de 2012
El Pignon pasado
Y fue una inocentada, un acto ajeno a cualquiera de mis acostumbradas manifestaciones de locura. Solamente lo hice por petición expresa, dado el sentimiento embellecedor que me estuvo guardado y cuya existencia yo desconocía.
Como debía esperarse, no pude estar quieto y limitado a la escena que me estuvo reservada, pues ante la novedad del escenario, la obra completa me era imperativa, necesitaba yo adentrarme en las representaciones cuyo curso me perdí por desconocimiento, desubicación o simplemente por haber llegado tarde.
Y lo conseguí una vez más: con la determinación característica de un celoso, pasé revista a todo cuanto el guion ofreció, esmerándome en la acuciosidad que estos menesteres ya familiares me exigen. Infalible como es mi instinto voraz de saber, di en el blanco tal como esperé. ¿Acaso me he equivocado alguna vez entratándose de temas similares? jamás...
Fue en piñón. Confieso que siempre me interesó -morbosamente- todo lo referente a lugares, horas y circunstancias. Dudo que la precisión sea la idónea, pero la referencia basta para un parámetro marcado. ¿Por qué ahora? Sé que no guarda sentido ya y que únicamente responde a locura clandestina, de esa que nos gusta dejar pasar para sentirnos siempre en guardia, prestos a recibir la muerte de frente y poder alardear que nada nos sorprende en este mundo de vertiginosas y confusas experiencias. Solamente se lo atributo al deseo de ellas, mis amadas, que no dejan pasar una noche sin turbarme e insistir en que no me detenga, recordándome la inmortal frase de Apeles: "Nulla dies sine linea", que me fue inculcada cuando niño, para forjar en mí un carácter de dedicación casi clerical.
¿Será la sangre que me llama? Aquel relato en tres tiempos que mis lágrimas buscan para sentir orgullo me incitan a continuar, pero... quizás sea la aporía a la que he llegado cuando pienso en el pasado y que han sido el motor de interminables noches entre las cuartillas regadas sobre mi escritorio, muchas de ellas inconclusas. Al final, el aplauso de un criterio inferior no es motivo de orgullo, de aquella hinchazón del ego que sólo se encuentra en los similares. Nada más llena de entusiasmo a una joven mente promedio que no entiende el significado profundo, el amor o desdicha en cada línea, que leer algún término desonocido, o el contraste perfecto de una metáfora poco esmerada. Sí, hablo en generalidades para la masa, no porque me agrade, sino porque así expreso, y a la vez no, aquello que ciento cuarenta caracteres me niegan.
Sigo generando ideas mientras los cigarrillos van colmando el cenicero improvisado, plasmando sin dificultad estas líneas, como tantas otras en momentos anteriores. ¿Nuevamente embarcarnos en una etapa superada? no, ya no. No estaré a merced de mis pasiones de macho vernáculo. La locura se irá con el humo y la noche y el piñón será reemplazado por uno nuevo, cuando toque y si es que sobrevivimos a su encuentro.
Como debía esperarse, no pude estar quieto y limitado a la escena que me estuvo reservada, pues ante la novedad del escenario, la obra completa me era imperativa, necesitaba yo adentrarme en las representaciones cuyo curso me perdí por desconocimiento, desubicación o simplemente por haber llegado tarde.
Y lo conseguí una vez más: con la determinación característica de un celoso, pasé revista a todo cuanto el guion ofreció, esmerándome en la acuciosidad que estos menesteres ya familiares me exigen. Infalible como es mi instinto voraz de saber, di en el blanco tal como esperé. ¿Acaso me he equivocado alguna vez entratándose de temas similares? jamás...
Fue en piñón. Confieso que siempre me interesó -morbosamente- todo lo referente a lugares, horas y circunstancias. Dudo que la precisión sea la idónea, pero la referencia basta para un parámetro marcado. ¿Por qué ahora? Sé que no guarda sentido ya y que únicamente responde a locura clandestina, de esa que nos gusta dejar pasar para sentirnos siempre en guardia, prestos a recibir la muerte de frente y poder alardear que nada nos sorprende en este mundo de vertiginosas y confusas experiencias. Solamente se lo atributo al deseo de ellas, mis amadas, que no dejan pasar una noche sin turbarme e insistir en que no me detenga, recordándome la inmortal frase de Apeles: "Nulla dies sine linea", que me fue inculcada cuando niño, para forjar en mí un carácter de dedicación casi clerical.
¿Será la sangre que me llama? Aquel relato en tres tiempos que mis lágrimas buscan para sentir orgullo me incitan a continuar, pero... quizás sea la aporía a la que he llegado cuando pienso en el pasado y que han sido el motor de interminables noches entre las cuartillas regadas sobre mi escritorio, muchas de ellas inconclusas. Al final, el aplauso de un criterio inferior no es motivo de orgullo, de aquella hinchazón del ego que sólo se encuentra en los similares. Nada más llena de entusiasmo a una joven mente promedio que no entiende el significado profundo, el amor o desdicha en cada línea, que leer algún término desonocido, o el contraste perfecto de una metáfora poco esmerada. Sí, hablo en generalidades para la masa, no porque me agrade, sino porque así expreso, y a la vez no, aquello que ciento cuarenta caracteres me niegan.
Sigo generando ideas mientras los cigarrillos van colmando el cenicero improvisado, plasmando sin dificultad estas líneas, como tantas otras en momentos anteriores. ¿Nuevamente embarcarnos en una etapa superada? no, ya no. No estaré a merced de mis pasiones de macho vernáculo. La locura se irá con el humo y la noche y el piñón será reemplazado por uno nuevo, cuando toque y si es que sobrevivimos a su encuentro.
Desangelado I
Mírate... patético espectáculo solitario el que das. No sé a quién pretendes convencer con tu sollozo, nadie puede verte ni escucharte; incluso los cristales están blindados contra el sol y las balas, como protección adicional a algún intento suicida eventual por parte de alguien aún más imbécil que tú, que llegase a despreciar el valor de la vida.
No me veas, de mí no obtendrás compasión. Tú te lo buscaste, ¿es que no te has dado cuenta? ¿en serio eres tan tonto? Tu conducta reiterada ha causado el estado actual. No es a mí a quien debes mostrarle tus lágrimas que hace ya tiempo dejaron de ser vanidosas: son humanas, son de dolor, como le brotan a cualquier ser de tu especie, aunque hayas pretendido revestirlas de ironía.
¿Qué has dicho? ¿Has vuelto a caer en desprecio? No sé por qué aún te sorprende aquello. Un hombre de tu inteligencia debería anticipar estas situaciones y no sumirse en depresión inexplicable (aunque tú y yo sabemos el origen de cada brote). Sí, tu maldita inteligencia que mantiene despiertos los sentidos e invade tu cabeza con miles de pensamientos diarios, diversas y complejas ideas que te alejan de la plenitud mientras más las buscas y ahondas en sus repercusiones presentes y futuras.
A lo hecho, pecho. Puedes presionar y exigir y obtendrás la misma respuesta: tiempo. Solamente el tiempo hará que vuelvan los días felices, aquellos momentos a los que estuviste demasiado acostumbrado por su sencillez, por la comodidad que te brindó cada muestra de afecto abnegado y que no supiste apreciar completamente. Jamás te bastó la entrega absoluta, ni te convenció el amor expresado pública y notoriamente, no. Siempre quisiste más, esperaste su corazón latente sobre una bandeja. Eres tan perdedor, que no puedes ver cuando ya has ganado.
Yo no te voy a ayudar, esta vez te encuentras solo, es hora de que completes esa esquina vacía y alcances el último peldaño de tu madurez. Ve por todo, ve por ella. Sé lo que sientes y cómo lo sientes; es igual a lo que siente ella. Sacúdete, ponte en pie y marcha hacia su encuentro, muchacho.
No me veas, de mí no obtendrás compasión. Tú te lo buscaste, ¿es que no te has dado cuenta? ¿en serio eres tan tonto? Tu conducta reiterada ha causado el estado actual. No es a mí a quien debes mostrarle tus lágrimas que hace ya tiempo dejaron de ser vanidosas: son humanas, son de dolor, como le brotan a cualquier ser de tu especie, aunque hayas pretendido revestirlas de ironía.
¿Qué has dicho? ¿Has vuelto a caer en desprecio? No sé por qué aún te sorprende aquello. Un hombre de tu inteligencia debería anticipar estas situaciones y no sumirse en depresión inexplicable (aunque tú y yo sabemos el origen de cada brote). Sí, tu maldita inteligencia que mantiene despiertos los sentidos e invade tu cabeza con miles de pensamientos diarios, diversas y complejas ideas que te alejan de la plenitud mientras más las buscas y ahondas en sus repercusiones presentes y futuras.
A lo hecho, pecho. Puedes presionar y exigir y obtendrás la misma respuesta: tiempo. Solamente el tiempo hará que vuelvan los días felices, aquellos momentos a los que estuviste demasiado acostumbrado por su sencillez, por la comodidad que te brindó cada muestra de afecto abnegado y que no supiste apreciar completamente. Jamás te bastó la entrega absoluta, ni te convenció el amor expresado pública y notoriamente, no. Siempre quisiste más, esperaste su corazón latente sobre una bandeja. Eres tan perdedor, que no puedes ver cuando ya has ganado.
Yo no te voy a ayudar, esta vez te encuentras solo, es hora de que completes esa esquina vacía y alcances el último peldaño de tu madurez. Ve por todo, ve por ella. Sé lo que sientes y cómo lo sientes; es igual a lo que siente ella. Sacúdete, ponte en pie y marcha hacia su encuentro, muchacho.
jueves, 12 de julio de 2012
Detalles I
No los de Roberto Carlos, no se esos que realzan la virilidad y el orgullo de saberse único en la mente de una mujer, no. Nada así de sencillo, complaciente y memorable.
Estos pequeños detalles que uno a uno se van sumando hasta formar una espiral de emociones diversas y mantienen mi mente en constante estado de vigilia son, a la larga, organizadores de los más coloridos espectáculos que la imaginación puede generar. ¿Cuál fue la génesis de tanta parafernalia de la cual he hablado durante algún tiempo y cuya insistencia aburre al lector? He aquí la historia:
Corría el año 2012, aún inmaduro, cuando decidí que no debía esperar un minuto más, que el tiempo se tornaba enemigo feroz y en cualquier momento recibiría una amarga noticia por parte de ella, haciéndome saber que la habría perdido quizás para siempre. De por sí ya resultaba escandalosamente alarmante cualquier gesto que me hiciera pensar en felicidades ajenas, que me recordara la situación acaecida y de la cual no supe sino hasta que fui víctima de un intento fallido de homicidio emocional. ¡Cómo olvidar tan descarada tentativa!
No obstante las dudas y a pesar de la rabia acumulada, corrí la suerte de los valientes, aquellos que se diferencian de los irresponsables en enfrentarse al riesgo a pesar del temor. Incluso antes de pasar al plano del romanticismo anunciado, reviví el pasado por una presencia inesperada que me motivó a indagar masoquistamente en recuerdos lacerantes. Pasó el momento y fui correspondido. No ahondaré en lo descrito prolijamente en "Angustia, el gato montés y un amor de café", pues es historia ya sabida y ha quedado perfecta como fue concebida.
La intención del autor es mostrar el "escenario B", el subterfugio de acontecimientos y emociones no descritos, el lado sumergido del gran témpano que fue la mente y que trabajó a toda máquina entre la cortesía comprensiva y el amor que clamaba a gritos ser expulsado; todo cuanto ha sido dicho es cierto, es sincero, mas los intereses difieren a veces de la postura, por ello una explicación es necesaria.
Una vez logrado el objetivo, la llaga necesitaba cerrarse. No puede una curación nacer a raíz de una herida abierta; debe desinfectarse y suturarse antes de proceder a sanar. Así lo entendí desde el principio y procuré que cerrase, pero el latir de los nervios desangraba la incisión, recordando aquella vieja leyenda japonesa que rodaba entre los guerreros samuráis: "Una herida hecha con malicia no desaparece hasta que el deseo que la causó ha desaparecido...". Comprobé lo cierto de la máxima citada, incluso hoy sangra la vieja herida y es por causa de ellos, los detalles.
Con la crueldad de Torquemada, la sometí a duras y extenuantes sesiones de inquisición, resquebrajando -sin proponérmelo, lo confieso- su determinación de amar cada vez más, agotando lo que creí inagotable: su imperecedera fuente de abnegación para conmigo.
Estos pequeños detalles que uno a uno se van sumando hasta formar una espiral de emociones diversas y mantienen mi mente en constante estado de vigilia son, a la larga, organizadores de los más coloridos espectáculos que la imaginación puede generar. ¿Cuál fue la génesis de tanta parafernalia de la cual he hablado durante algún tiempo y cuya insistencia aburre al lector? He aquí la historia:
Corría el año 2012, aún inmaduro, cuando decidí que no debía esperar un minuto más, que el tiempo se tornaba enemigo feroz y en cualquier momento recibiría una amarga noticia por parte de ella, haciéndome saber que la habría perdido quizás para siempre. De por sí ya resultaba escandalosamente alarmante cualquier gesto que me hiciera pensar en felicidades ajenas, que me recordara la situación acaecida y de la cual no supe sino hasta que fui víctima de un intento fallido de homicidio emocional. ¡Cómo olvidar tan descarada tentativa!
No obstante las dudas y a pesar de la rabia acumulada, corrí la suerte de los valientes, aquellos que se diferencian de los irresponsables en enfrentarse al riesgo a pesar del temor. Incluso antes de pasar al plano del romanticismo anunciado, reviví el pasado por una presencia inesperada que me motivó a indagar masoquistamente en recuerdos lacerantes. Pasó el momento y fui correspondido. No ahondaré en lo descrito prolijamente en "Angustia, el gato montés y un amor de café", pues es historia ya sabida y ha quedado perfecta como fue concebida.
La intención del autor es mostrar el "escenario B", el subterfugio de acontecimientos y emociones no descritos, el lado sumergido del gran témpano que fue la mente y que trabajó a toda máquina entre la cortesía comprensiva y el amor que clamaba a gritos ser expulsado; todo cuanto ha sido dicho es cierto, es sincero, mas los intereses difieren a veces de la postura, por ello una explicación es necesaria.
Una vez logrado el objetivo, la llaga necesitaba cerrarse. No puede una curación nacer a raíz de una herida abierta; debe desinfectarse y suturarse antes de proceder a sanar. Así lo entendí desde el principio y procuré que cerrase, pero el latir de los nervios desangraba la incisión, recordando aquella vieja leyenda japonesa que rodaba entre los guerreros samuráis: "Una herida hecha con malicia no desaparece hasta que el deseo que la causó ha desaparecido...". Comprobé lo cierto de la máxima citada, incluso hoy sangra la vieja herida y es por causa de ellos, los detalles.
Con la crueldad de Torquemada, la sometí a duras y extenuantes sesiones de inquisición, resquebrajando -sin proponérmelo, lo confieso- su determinación de amar cada vez más, agotando lo que creí inagotable: su imperecedera fuente de abnegación para conmigo.
Revelaciones demoniacas y otras historias ya superadas II
Quise soportarlo solitariamente, pues aún no lograba asimilar completamente la fase de contra cara que me mantenía postrado al borde del colapso y que hará mella durante largo tiempo, quizás para siempre. Juro que lo intenté, mas las letras que tanto amo perforaron mi tímpanos hasta alojarse en el cerebro y no dar descanso a mi espíritu. Intenté tomarlo con gracia, con cierta ironía, evitando así verme envuelto en similar y patética historia que traería solamente humillación silente, no cediendo un sólo centímetro a comentario posterior de algún tercero que pudiera reírse de mi desgracia. Sé lo que me correponde hacer para salvaguardar mi propia dignidad y, a modo de incomprensible cortesía caballerosa, mantener también la imagen femenina a salvo.
La víctima tiene mejor memoria que el victimario, es lo que suelo decir cuando quiero evidenciar una injusticia y al parecer podría caber en la circunstancia actual. ¿Que si la odio? Mi respuesta inmediata es no, no podría jamás. ¿Qué es entonces aquello que percibo y produce fastidio? ¿Cómo explicar lo que invade mi ser cuando al tipear estas líneas mantengo una mueca desagradable? Tonterías, seguramente. Analogías extensivas a un presente limpio que no guarda relación con las decepciones del ayer y que en enfermiza obsesión necesito para sentirme vivo, presionar y presionar hasta hartarla, mandar todo al diablo y buscarme otra lesionadora profesional.
La víctima tiene mejor memoria que el victimario, es lo que suelo decir cuando quiero evidenciar una injusticia y al parecer podría caber en la circunstancia actual. ¿Que si la odio? Mi respuesta inmediata es no, no podría jamás. ¿Qué es entonces aquello que percibo y produce fastidio? ¿Cómo explicar lo que invade mi ser cuando al tipear estas líneas mantengo una mueca desagradable? Tonterías, seguramente. Analogías extensivas a un presente limpio que no guarda relación con las decepciones del ayer y que en enfermiza obsesión necesito para sentirme vivo, presionar y presionar hasta hartarla, mandar todo al diablo y buscarme otra lesionadora profesional.
jueves, 28 de junio de 2012
Ella
Arranqué el auto y encendí un cigarrillo para que sea éste mi compañero de viaje en el trayecto corto que emprendería. No tardaría mucho, así que el cálculo de ocho minutos fue acertado.
Llegué al lugar y aparqué a un costado, como cada vez que debía recogerla. Había transcurrido ya más de un cuarto de hora desde que supe de ella por última vez. No ocultaré mi molestia, pocas cosas me enojan tanto como el retraso de los tiempos pactados, sobre todo cuando se trata de ella.
Me cansé de esperar y mis nervios se encontraban ya al borde de un colapso seguro al no recibir ni un pequeño mensaje de paciencia, algo que justifique su ausencia. Decidí cortar el desperdicio de combustible e ingresar hacia aquel lugar al cual solamente una vez me he permitido visitar, justamente para realizar un favor a ella, lugar que desprecio sobremanera por lo que representa, por constituirse en monumento a la hipocresía institucionalizada, al engaño malicioso y la corrupción disfrazada.
Saludé a quien se encontraba en la puerta y me miró con desconcierto, jamás perdiendo la cortesía aunque me produjera comezón respirar el mismo aire que aquellos seres ruines. Parece que mi fama había crecido, no es para menos; no es muy común encontrarse con un enemigo de mi talla ante sus mismísimas puertas. De pronto sentí que se había dado la voz de alerta, pues lo primero que divisé mientras me acercaba al gran lugar fue la silueta de tres fornidos jóvenes que salieron a mi encuentro. En actitud hostil se colocaron frente a mí, notoriamente impidiendo mi paso y con mirada desafiante.
- Paso, vengo por ella- les dije en tono adulto, esperando inyectar en sus mentes el temor reverencial que me deben.
- Ella no está para ti- replicó el más alto con una sonrisa sardónica, mientras su paso se estrechaba y reducía la distancia de nuestros pechos masculinos que se inflamaban primitivamente, tentando a un encontrón más brusco.
- Hazte a un lado, muchacho, no tengo tiempo qué perder contigo-
- Ya lo oíste, no está para ti- me dijo el más bajo mientras asía de mi brazo, frenando mis intenciones de proseguir.
- Afortunadamente no es decisión vuestra- insistí mientras recogía mi mano con rapidez, adivirtiéndoles con la mirada que no deseaba yo causarles daño alguno, pues mis prerrogativas y fueros resguardan mi paso diario por el mundo, protegiéndome de los malandrines que pretendieren mancillar la dignidad que me fue investida hacía ya varios meses y así les hice saber.
-Eso no es de hombres, no seas cobarde- fue lo último que escuché antes de recibir el golpe del tercer tipo, quien muy sigilosamente me derribó sobre el suelo y pidió a sus compinches ayuda para removerme del lugar.
Les hice saber que de cristianos no guardaban más que una forma nominal, al atacar a un similar por la espalda y, en pandilla, deshacerse de mí como si se tratase de un animal muerto. Solicitaron auxilio de la aparentemente dulce mujer que hasta hace escasos dos minutos me había devuelto el saludo en forma poco amigable y ésta apareció regocijada en el hecho de haber recibido yo "mi merecido" por ser el corruptor del cual tanto se decía en los cuchicheos masivos que ella conocía, pero que jamás se han atrevido a pronunciar mirándola al rostro.
- Vete y no te atrevas a pisar estos sacros cimientos nuevamente- insistieron mientras concluían la alevosa tarea de golpearme en superioridad numérica, incapacitándome de cualquier intento de defensa que pudiese yo oponer y echándome hacia la acera ante el estupor de los transeúntes. No quebraron mi determinación, aunque lo habían conseguido con dos de mis costillas, pues volví a subir las escaleras del lugar en búsqueda de ella, mi amada quien ignoraba lo acontecido en la retaguardia de su profesión de fe.
No haré alardes de macho, pues admito que la perforación producida por las costillas rotas dolía como solamente un boxeador podría comprender. Debí ignorar el malestar ante la misión incumplida que tenía delante e insistí una vez más, con la tos sanguínea que dificultaba aún más mi respiración agitada de fumador.
Aquella mujer que custodia la entrada se apresuró a cerrar las rejas de ingreso, parecía que todo se encontraba planeado con frialdad: procurarían mi desaparición física ante la necedad mostrada y no podían permitirse testigo alguno. Los candados oxidados chillaban al cerrarse uno tras otro mientras sonreían los tres perversos, vaticinando mi próximo final perfectamente cubierto por el ruido incesante del tráfico vehicular externo.
Supe que me encontraba ante la seriedad del peligro y confieso que sentí temor, por primera vez veía a lo lejos la guadaña ensangrentada que apuntaba hacia mi cabeza, indicándome que Las Moiras tenían preparado el corte definitivo. No vacilé ni por un segundo y me abalancé sobre el más alto con la ira desesperada de verla a ella, tocar sus cabellos por última vez y decirle cuánto la amaba. La ira rampante que me producía el saber que tendría un final tan estúpido a manos de aquel trío de fanáticos fue el combustible necesario, me dio el hálito final de vida para gritar su nombre con voz casi ahogada antes de desplomarme al pie de la cruz. Pensé en la ironía que el momento de mi extinción brindada: la sombra de aquella cristiana cruz poco me protegía de morir como musulmán, de cara al sol, en una horrible y dolorosa peregrinación hacia la obscuridad, tal como los judíos condenan a sus criminales más atroces. ¡Cuánto los combatí! En el último de los suspiros, ecuménicamente se vengarían de mí...
Un grito femenino alertó a la comunidad, al verme casualmente allí, sobre mi propia sangre y rodeado de los canallas, quienes escondieron los puñales ya listos para rematarme. Y entonces la vi, primera entre todos corriendo hasta el lugar de lo que era ya mi deceso casi confirmado. -Tarde como siempre- fueron mis últimos esbozos de coherencia y sátira ante la borrosa silueta de su rostro juvenil que desaparecía al ritmo de mis ojos cerrándose... había conseguido llegar hasta ella.
Llegué al lugar y aparqué a un costado, como cada vez que debía recogerla. Había transcurrido ya más de un cuarto de hora desde que supe de ella por última vez. No ocultaré mi molestia, pocas cosas me enojan tanto como el retraso de los tiempos pactados, sobre todo cuando se trata de ella.
Me cansé de esperar y mis nervios se encontraban ya al borde de un colapso seguro al no recibir ni un pequeño mensaje de paciencia, algo que justifique su ausencia. Decidí cortar el desperdicio de combustible e ingresar hacia aquel lugar al cual solamente una vez me he permitido visitar, justamente para realizar un favor a ella, lugar que desprecio sobremanera por lo que representa, por constituirse en monumento a la hipocresía institucionalizada, al engaño malicioso y la corrupción disfrazada.
Saludé a quien se encontraba en la puerta y me miró con desconcierto, jamás perdiendo la cortesía aunque me produjera comezón respirar el mismo aire que aquellos seres ruines. Parece que mi fama había crecido, no es para menos; no es muy común encontrarse con un enemigo de mi talla ante sus mismísimas puertas. De pronto sentí que se había dado la voz de alerta, pues lo primero que divisé mientras me acercaba al gran lugar fue la silueta de tres fornidos jóvenes que salieron a mi encuentro. En actitud hostil se colocaron frente a mí, notoriamente impidiendo mi paso y con mirada desafiante.
- Paso, vengo por ella- les dije en tono adulto, esperando inyectar en sus mentes el temor reverencial que me deben.
- Ella no está para ti- replicó el más alto con una sonrisa sardónica, mientras su paso se estrechaba y reducía la distancia de nuestros pechos masculinos que se inflamaban primitivamente, tentando a un encontrón más brusco.
- Hazte a un lado, muchacho, no tengo tiempo qué perder contigo-
- Ya lo oíste, no está para ti- me dijo el más bajo mientras asía de mi brazo, frenando mis intenciones de proseguir.
- Afortunadamente no es decisión vuestra- insistí mientras recogía mi mano con rapidez, adivirtiéndoles con la mirada que no deseaba yo causarles daño alguno, pues mis prerrogativas y fueros resguardan mi paso diario por el mundo, protegiéndome de los malandrines que pretendieren mancillar la dignidad que me fue investida hacía ya varios meses y así les hice saber.
-Eso no es de hombres, no seas cobarde- fue lo último que escuché antes de recibir el golpe del tercer tipo, quien muy sigilosamente me derribó sobre el suelo y pidió a sus compinches ayuda para removerme del lugar.
Les hice saber que de cristianos no guardaban más que una forma nominal, al atacar a un similar por la espalda y, en pandilla, deshacerse de mí como si se tratase de un animal muerto. Solicitaron auxilio de la aparentemente dulce mujer que hasta hace escasos dos minutos me había devuelto el saludo en forma poco amigable y ésta apareció regocijada en el hecho de haber recibido yo "mi merecido" por ser el corruptor del cual tanto se decía en los cuchicheos masivos que ella conocía, pero que jamás se han atrevido a pronunciar mirándola al rostro.
- Vete y no te atrevas a pisar estos sacros cimientos nuevamente- insistieron mientras concluían la alevosa tarea de golpearme en superioridad numérica, incapacitándome de cualquier intento de defensa que pudiese yo oponer y echándome hacia la acera ante el estupor de los transeúntes. No quebraron mi determinación, aunque lo habían conseguido con dos de mis costillas, pues volví a subir las escaleras del lugar en búsqueda de ella, mi amada quien ignoraba lo acontecido en la retaguardia de su profesión de fe.
No haré alardes de macho, pues admito que la perforación producida por las costillas rotas dolía como solamente un boxeador podría comprender. Debí ignorar el malestar ante la misión incumplida que tenía delante e insistí una vez más, con la tos sanguínea que dificultaba aún más mi respiración agitada de fumador.
Aquella mujer que custodia la entrada se apresuró a cerrar las rejas de ingreso, parecía que todo se encontraba planeado con frialdad: procurarían mi desaparición física ante la necedad mostrada y no podían permitirse testigo alguno. Los candados oxidados chillaban al cerrarse uno tras otro mientras sonreían los tres perversos, vaticinando mi próximo final perfectamente cubierto por el ruido incesante del tráfico vehicular externo.
Supe que me encontraba ante la seriedad del peligro y confieso que sentí temor, por primera vez veía a lo lejos la guadaña ensangrentada que apuntaba hacia mi cabeza, indicándome que Las Moiras tenían preparado el corte definitivo. No vacilé ni por un segundo y me abalancé sobre el más alto con la ira desesperada de verla a ella, tocar sus cabellos por última vez y decirle cuánto la amaba. La ira rampante que me producía el saber que tendría un final tan estúpido a manos de aquel trío de fanáticos fue el combustible necesario, me dio el hálito final de vida para gritar su nombre con voz casi ahogada antes de desplomarme al pie de la cruz. Pensé en la ironía que el momento de mi extinción brindada: la sombra de aquella cristiana cruz poco me protegía de morir como musulmán, de cara al sol, en una horrible y dolorosa peregrinación hacia la obscuridad, tal como los judíos condenan a sus criminales más atroces. ¡Cuánto los combatí! En el último de los suspiros, ecuménicamente se vengarían de mí...
Un grito femenino alertó a la comunidad, al verme casualmente allí, sobre mi propia sangre y rodeado de los canallas, quienes escondieron los puñales ya listos para rematarme. Y entonces la vi, primera entre todos corriendo hasta el lugar de lo que era ya mi deceso casi confirmado. -Tarde como siempre- fueron mis últimos esbozos de coherencia y sátira ante la borrosa silueta de su rostro juvenil que desaparecía al ritmo de mis ojos cerrándose... había conseguido llegar hasta ella.
viernes, 22 de junio de 2012
Hallazgo
No tengo cómo librarme de aquello, sobre todo al poseer acceso libre e inmediato cada vez que la curiosidad morbosa y desconfiada me invita a echar un vistazo. Es algo horrible que intranquiliza y degenera los sentimientos, una ola de celos rabiosos que invaden mi cuerpo y mi mente, llevándose toda mi calma en un chasquido malévolo.
¿Qué hago contigo, pequeño tesoro? No puedo devolverte al hoyo del cual te saqué, el precio es muy elevado. Tampoco puedo entregarte a otro, no después de haberme sido útil todo este tiempo. ¿Cómo evito la malicia que tu existencia revuelve dentro de mí? Seguramente debería nada más ignorarte, dejar de darte mayor importancia que la de tu fin: comunicación con otros seres de tecnología similar.
Me has servido bien, ya lo he dicho, no es menos cierto que jamás pensé en ti como un arma de desafío, una fuente de angustia, un manantial de veneno. Horas interminables paso contemplándote, como en tiempos pasados hice con un primo tuyo, acechando cada paso de mi presa quien, inadvertida y descarada, alardeaba de su malhadada virtud femenina para conjugar perfectamente los celos y la necesidad en los hombres. Tú no existías aún y sin embargo te has vuelto más peligroso que cualquiera de tus análogos, tú marcas las horas y los amigos, eres el demonio en carne viva.
Veo avanzar las huellas de tus minutos que queman mis retinas con cada confirmación, así como un pasaporte al que sellan por sus movimientos migratorios. Intento que queme menos, pero las llagas se abren cuando decido observar aquella vieja imagen que conservé como un recuerdo cariñoso.
Una vez más... ¿qué carajo hago contigo...?
¿Qué hago contigo, pequeño tesoro? No puedo devolverte al hoyo del cual te saqué, el precio es muy elevado. Tampoco puedo entregarte a otro, no después de haberme sido útil todo este tiempo. ¿Cómo evito la malicia que tu existencia revuelve dentro de mí? Seguramente debería nada más ignorarte, dejar de darte mayor importancia que la de tu fin: comunicación con otros seres de tecnología similar.
Me has servido bien, ya lo he dicho, no es menos cierto que jamás pensé en ti como un arma de desafío, una fuente de angustia, un manantial de veneno. Horas interminables paso contemplándote, como en tiempos pasados hice con un primo tuyo, acechando cada paso de mi presa quien, inadvertida y descarada, alardeaba de su malhadada virtud femenina para conjugar perfectamente los celos y la necesidad en los hombres. Tú no existías aún y sin embargo te has vuelto más peligroso que cualquiera de tus análogos, tú marcas las horas y los amigos, eres el demonio en carne viva.
Veo avanzar las huellas de tus minutos que queman mis retinas con cada confirmación, así como un pasaporte al que sellan por sus movimientos migratorios. Intento que queme menos, pero las llagas se abren cuando decido observar aquella vieja imagen que conservé como un recuerdo cariñoso.
Una vez más... ¿qué carajo hago contigo...?
martes, 19 de junio de 2012
Demonio onírico
Una larga siesta terminaba, nos dispusimos a salir como era costumbre, atravesar la ciudad en búsqueda de alguna actividad divertida mientras caía la noche. Fue entonces que se me ocurrió ir hasta el lugar de mis orígenes, mostrarle a ella mi procedencia, a sabiendas de que un demonio del pasado rondaría el lugar en una de sus interminables noches de alcohol y mujeres a las que se ha encontrado siempre ligado.
El reloj marcaba las diecisiete horas treinta cuando tomé su mano y la conduje hasta el vehículo. A media marcha noté cierta intranquilidad en ella, de esa que hace que me mire de reojo mientras responde a su móvil. A pesar de lo perturbador, continué el camino y llegamos hasta el destino señalado. El paisaje no le era familiar, jamás ella había pisado aquel barrio popular en el cual aprendí el juego de las canicas hacía ya más de veinte años y al cual volvía una vez más, solamente para compartir los íntimos sentimientos de mi pasado.
Caminamos unos cuantos metros y allí, tras la casa que aún conservaba su pintura amarilla, nos vimos frente a la villa nueve de la manzana doscientos seis efe, la pequeña morada que hasta hoy sigue siendo la única que mi familia ha tenido como propia. Le conté con nostalgia cómo jugaba yo en aquella peatonal, trepando el árbol de mango que hoy no existe más y que era la primera imagen que uno recibía al abrir la puerta de entrada. Le hice saber de mis travesuras de pequeño, corriendo de un lado a otro y de cómo ir a la tienda me producía pereza, a pesar de encontrarse exactamente junto a mi antiguo hogar.
Ella quiso conocer más el lugar y así, con una sonrisa y entrelazando sus dedos con los míos, la llevé hacia el parque, el cual todavía alberga a decenas de niños diariamente entre sus juegos... Pero algo inesperado sucedió. No me refiero al demonio del pasado, a quien efectivamente logré distinguir entre una pequeña multitud adulta que se encontraba a un costado del terreno infantil, bebiendo alcohol entre música y risas, sino al demonio de letras anteriores, cuya existencia revuelve mis pensamientos e inyecta celos rabiosos en mi alma, mermando mis ratos de tranquilidad. ¿Qué hacía él allí? No me atrevería a suponer alguna respuesta, pues ellos dos no se conocen y la diferencia de edades podría convertirlos en padre e hijo. Lo cierto es que compartían la misma algarabía en el mismo extraño lugar.
Mi humor cambió rotundamente e intenté que nos marcháramos, pero ella discrepó al reconocerlo a la distancia. Inmediatamente soltó mi mano y sacó su móvil del bolsillo, para empezar a escribir a esa velocidad que la caracteriza. Ante ello, centré mi mirada en el demonio y éste también desenfundó su teléfono, un mensaje de texto le había llegado e instantáneamente levantó su mirada hacia nosotros. Aquellos ojos de calma encantadora parecieron iluminarse cuando la vio, sin importar siquiera mi presencia en el lugar.
- ¿A quién escribes?- pregunté esperando la sinceridad acostumbrada de su respuesta.
- Ya te digo- fue lo único que recibí.
- ¿Le estás escribiendo a él, cierto? - Repliqué indignado mientras mi ceño se fruncía con odio incalculable.
- Sí, le estoy escribiendo a él. Es de mala educación no saludar- me afirmó con descaro.
- Simplemente no puedes evitarlo, ¿verdad? Sientes aquella necesidad, ese no sé qué de saber sobre su vida día y noche, de buscar que te arranque una sonrisa cada vez que crees necesitarlo. ¿Sabes algo? ¡Me harté! Me cansé de esperar a que respondas adecuadamente a tu rol para conmigo y dejaré de sentir este ardor en mi pecho todo el tiempo por causa tuya. ¡Me largo! - fueron mis palabras cargadas de decepción y tortura mientras caminé de vuelta hacia el carro, olvidando todo el entorno...
Una fuerte carga de adrenalina recorrió mi cuerpo, de esas que solamente me producen las pesadillas y que inmediatamente alertan a mi cuerpo sobre la urgencia de despertar... y abrí los ojos... me encontraba en la misma posición que cuando caí en mi sueño profundo y realista. Nuestras manos no se habían soltado ni un minuto durante las dos horas que duró la siesta.
- Amor, mira qué hora es- fue lo primero que escuché de ella y yo, sin un sólo rezago de pereza por la adrenalina que aún recorría mis venas, le respondí: -son las seis y veintitrés-
-Vámonos- me dijo y así hicimos.
El reloj marcaba las diecisiete horas treinta cuando tomé su mano y la conduje hasta el vehículo. A media marcha noté cierta intranquilidad en ella, de esa que hace que me mire de reojo mientras responde a su móvil. A pesar de lo perturbador, continué el camino y llegamos hasta el destino señalado. El paisaje no le era familiar, jamás ella había pisado aquel barrio popular en el cual aprendí el juego de las canicas hacía ya más de veinte años y al cual volvía una vez más, solamente para compartir los íntimos sentimientos de mi pasado.
Caminamos unos cuantos metros y allí, tras la casa que aún conservaba su pintura amarilla, nos vimos frente a la villa nueve de la manzana doscientos seis efe, la pequeña morada que hasta hoy sigue siendo la única que mi familia ha tenido como propia. Le conté con nostalgia cómo jugaba yo en aquella peatonal, trepando el árbol de mango que hoy no existe más y que era la primera imagen que uno recibía al abrir la puerta de entrada. Le hice saber de mis travesuras de pequeño, corriendo de un lado a otro y de cómo ir a la tienda me producía pereza, a pesar de encontrarse exactamente junto a mi antiguo hogar.
Ella quiso conocer más el lugar y así, con una sonrisa y entrelazando sus dedos con los míos, la llevé hacia el parque, el cual todavía alberga a decenas de niños diariamente entre sus juegos... Pero algo inesperado sucedió. No me refiero al demonio del pasado, a quien efectivamente logré distinguir entre una pequeña multitud adulta que se encontraba a un costado del terreno infantil, bebiendo alcohol entre música y risas, sino al demonio de letras anteriores, cuya existencia revuelve mis pensamientos e inyecta celos rabiosos en mi alma, mermando mis ratos de tranquilidad. ¿Qué hacía él allí? No me atrevería a suponer alguna respuesta, pues ellos dos no se conocen y la diferencia de edades podría convertirlos en padre e hijo. Lo cierto es que compartían la misma algarabía en el mismo extraño lugar.
Mi humor cambió rotundamente e intenté que nos marcháramos, pero ella discrepó al reconocerlo a la distancia. Inmediatamente soltó mi mano y sacó su móvil del bolsillo, para empezar a escribir a esa velocidad que la caracteriza. Ante ello, centré mi mirada en el demonio y éste también desenfundó su teléfono, un mensaje de texto le había llegado e instantáneamente levantó su mirada hacia nosotros. Aquellos ojos de calma encantadora parecieron iluminarse cuando la vio, sin importar siquiera mi presencia en el lugar.
- ¿A quién escribes?- pregunté esperando la sinceridad acostumbrada de su respuesta.
- Ya te digo- fue lo único que recibí.
- ¿Le estás escribiendo a él, cierto? - Repliqué indignado mientras mi ceño se fruncía con odio incalculable.
- Sí, le estoy escribiendo a él. Es de mala educación no saludar- me afirmó con descaro.
- Simplemente no puedes evitarlo, ¿verdad? Sientes aquella necesidad, ese no sé qué de saber sobre su vida día y noche, de buscar que te arranque una sonrisa cada vez que crees necesitarlo. ¿Sabes algo? ¡Me harté! Me cansé de esperar a que respondas adecuadamente a tu rol para conmigo y dejaré de sentir este ardor en mi pecho todo el tiempo por causa tuya. ¡Me largo! - fueron mis palabras cargadas de decepción y tortura mientras caminé de vuelta hacia el carro, olvidando todo el entorno...
Una fuerte carga de adrenalina recorrió mi cuerpo, de esas que solamente me producen las pesadillas y que inmediatamente alertan a mi cuerpo sobre la urgencia de despertar... y abrí los ojos... me encontraba en la misma posición que cuando caí en mi sueño profundo y realista. Nuestras manos no se habían soltado ni un minuto durante las dos horas que duró la siesta.
- Amor, mira qué hora es- fue lo primero que escuché de ella y yo, sin un sólo rezago de pereza por la adrenalina que aún recorría mis venas, le respondí: -son las seis y veintitrés-
-Vámonos- me dijo y así hicimos.
Un te amo cuatripartito
La noche fue perfecta, hacía mucho que no huíamos sigilosamente de la rutina para enrumbarnos hacia la simpleza de un paseo perfecto: tomados de la mano en dirección de la marea que recordaba aquel baile inmortalizado en nuestras mentes y con la lluvia como cobija.
El plan original resultó frustrado por fuerza mayor y el pesimismo anidó esta vez no en su corazón, sino en el mío. Ella, con la dulzura propia de los tiernos años que lleva encima, logró calmarme al entralazar nuestros dedos y besarme, haciéndome sentir hondamente la presencia amorosa de su ser. Accedió a la proposición adolescente de un par de batidos en los escalones del cerro, como si fuéramos unos neófitos en la conquista que buscaban los más transparentes deseos de sus corazones.
-Te amaré toda la vida- fueron sus palabras revestidas de calidez, la misma que acompaña sus oraciones de amor desde hace ya varias lunas. No existe literatura conocida que pueda plasmar la amalgama de sensaciones que recorre mi cuerpo al momento de corresponderle, haciéndole saber mi voluntad perpetua de amarla, de llegar a creer que existen eternidades más allá de mi entendimiento en las cuales poder hacerla feliz hasta que el universo llegue a su fin.
Cada paso de descenso se convirtió en medra de mis anhelos, reconociendo que jamás antes había conocido yo amor tan puro como el ofrecido por la eriza, amor que congela la rabia y estremece mis entrañas; de aquellos que uno sabe, son verdaderos. Elegí de escenario un paisaje que nos era familiar, el aroma del sedimento fluvial se impregnó en nuestras camisetas sonrientes mientras su cintura desaparecía entre mis brazos y, al oído pude confesarle que toda mi vida había esperado por ella. Así como en mis sueños la sostuve contra mi pecho mientras la fragancia de sus cabellos era absorbida disimuladamente por mis sentidos.
Otras noches contadas por miles nos aguardan, lo sé. Estoy listo a enfrentar el fin del mundo para ganar el privilegio de su sonrisa amante, de compartir mis días en dicha sin fin junto a ella, mi compañera, la elegida por mi corazón. Finalmente puedo amar sin temor al mañana, emprender la ruta trazada y ostentar el título tan deseado por los hombres del mundo: feliz.
El plan original resultó frustrado por fuerza mayor y el pesimismo anidó esta vez no en su corazón, sino en el mío. Ella, con la dulzura propia de los tiernos años que lleva encima, logró calmarme al entralazar nuestros dedos y besarme, haciéndome sentir hondamente la presencia amorosa de su ser. Accedió a la proposición adolescente de un par de batidos en los escalones del cerro, como si fuéramos unos neófitos en la conquista que buscaban los más transparentes deseos de sus corazones.
-Te amaré toda la vida- fueron sus palabras revestidas de calidez, la misma que acompaña sus oraciones de amor desde hace ya varias lunas. No existe literatura conocida que pueda plasmar la amalgama de sensaciones que recorre mi cuerpo al momento de corresponderle, haciéndole saber mi voluntad perpetua de amarla, de llegar a creer que existen eternidades más allá de mi entendimiento en las cuales poder hacerla feliz hasta que el universo llegue a su fin.
Cada paso de descenso se convirtió en medra de mis anhelos, reconociendo que jamás antes había conocido yo amor tan puro como el ofrecido por la eriza, amor que congela la rabia y estremece mis entrañas; de aquellos que uno sabe, son verdaderos. Elegí de escenario un paisaje que nos era familiar, el aroma del sedimento fluvial se impregnó en nuestras camisetas sonrientes mientras su cintura desaparecía entre mis brazos y, al oído pude confesarle que toda mi vida había esperado por ella. Así como en mis sueños la sostuve contra mi pecho mientras la fragancia de sus cabellos era absorbida disimuladamente por mis sentidos.
Otras noches contadas por miles nos aguardan, lo sé. Estoy listo a enfrentar el fin del mundo para ganar el privilegio de su sonrisa amante, de compartir mis días en dicha sin fin junto a ella, mi compañera, la elegida por mi corazón. Finalmente puedo amar sin temor al mañana, emprender la ruta trazada y ostentar el título tan deseado por los hombres del mundo: feliz.
sábado, 9 de junio de 2012
El viaje
Habíamos resuelto darnos unas vacaciones y a ella se le ocurrió inmediatamente la idea de una corta estadía en Estados Unidos. Yo accedí sin pensar en mis recelos del pasado sobre el país del norte, pues nada era tan importante para mí como su felicidad en mi compañía; sea donde fuere, el sólo permanecer a su lado motivaba mis más impulsivos arranques.
Acordamos partir ese mismo fin de semana, con apenas unas cortas mudas de ropa, ya que volveríamos en no más de tres días. Así hicimos y todo se encontraba ya listo, dos pequeñas maletas de viajero y nuestro inmenso amor fue el único patrimonio para levantar el vuelo hacia la tierra de Jefferson.
Ciertamente fue lo único que llevé conmigo, pues encontrándonos ya sobre la alfombra azul del pasillo, ella caminando delante de mí abrió su bolso para exhibir sus documentos, ante lo cual mis ojos incrédulos miraron horrorizados. ¡Había yo olvidado el pasaporte en casa...!
Ella se adelantó e ingresó a la sala de preembarque y, al grito de 'apúrate', me mandó corriendo a casa. ¡Cómo pude olvidar lo principal! Llegué en pocos minutos pese a la distancia y salté los escalones de a cuatro hasta llegar a la habitación y empezar la búsqueda.
El teléfono sonó, era ella, ya debíamos hacer el registro del equipaje y yo revolvía el cajón del velador hasta que lo encontré y lo levanté por encima de mi cabeza a manera de trofeo...
- ¡Lo encontré, amor, calma!
- Perfecto. ¿Y la visa?
- ¡OH, DIOS MÍO! ¡Requiero visa para ingresar!
- .........
Acordamos partir ese mismo fin de semana, con apenas unas cortas mudas de ropa, ya que volveríamos en no más de tres días. Así hicimos y todo se encontraba ya listo, dos pequeñas maletas de viajero y nuestro inmenso amor fue el único patrimonio para levantar el vuelo hacia la tierra de Jefferson.
Ciertamente fue lo único que llevé conmigo, pues encontrándonos ya sobre la alfombra azul del pasillo, ella caminando delante de mí abrió su bolso para exhibir sus documentos, ante lo cual mis ojos incrédulos miraron horrorizados. ¡Había yo olvidado el pasaporte en casa...!
Ella se adelantó e ingresó a la sala de preembarque y, al grito de 'apúrate', me mandó corriendo a casa. ¡Cómo pude olvidar lo principal! Llegué en pocos minutos pese a la distancia y salté los escalones de a cuatro hasta llegar a la habitación y empezar la búsqueda.
El teléfono sonó, era ella, ya debíamos hacer el registro del equipaje y yo revolvía el cajón del velador hasta que lo encontré y lo levanté por encima de mi cabeza a manera de trofeo...
- ¡Lo encontré, amor, calma!
- Perfecto. ¿Y la visa?
- ¡OH, DIOS MÍO! ¡Requiero visa para ingresar!
- .........
martes, 5 de junio de 2012
Revelaciones demoniacas y otras historias ya superadas I
Las confesiones tienen como fin buscar la redención. No lo entendí sino hasta que releyendo sus viejas notas pude abrir los ojos y entonces, sólo entonces lo supe: había sido yo un tonto, apuntando mi arma contra un enemigo invisible, cuando en mi propia retaguardia se había infiltrado ya un agente malicioso con la intención de aniquilarme.
¡Todo el tiempo estuvo allí! Ella había logrado engañarme sutilmente, o en sus propias palabras, 'omitido' el detalle.
Las conmociones volvieron como antes. Mi psiquis lo supo instantáneamente al activar sus defensas; necesitaba detener el flujo de adrenalina y mantener la presión elevada para evitar los espasmos tan conocidos y ya casi olvidados. Lo logró. Luego de tanto trajín padecido, finalmente poseía la madurez requerida para repeler el tipo de embates que se asomaba una vez más.
¡Todo el tiempo estuvo allí! Ella había logrado engañarme sutilmente, o en sus propias palabras, 'omitido' el detalle.
Las conmociones volvieron como antes. Mi psiquis lo supo instantáneamente al activar sus defensas; necesitaba detener el flujo de adrenalina y mantener la presión elevada para evitar los espasmos tan conocidos y ya casi olvidados. Lo logró. Luego de tanto trajín padecido, finalmente poseía la madurez requerida para repeler el tipo de embates que se asomaba una vez más.
sábado, 2 de junio de 2012
Contra cara
Hipocresía de ellos, hipocresía tuya...
Arremeten en tu contra, obviando toda la bondad abnegada con que has desempeñado las múltiples tareas encomendadas. Olvidando su propia prédica, se yerguen paladines de la decencia, castigando una conducta que responde probadamente a las enseñanzas que intentan -infructíferamente- inculcar a otros, seres más susceptibles que puedan acatar sin cuestionamientos la verticalidad exigida. No es suficiente el empeño, de nada sirven las horas interminables de entrega que has desplegado en su nombre: al final solamente eres buena cuando llega el día del tributo. Malvados e impíos, sí. No existe en mí una mínima consideración para quienes te ofenden de tal forma, aquellos que te repudian empleando los más bajos vituperios, despojándote de aquello que tanto amas. Jamás he confiado en ellos, ahora siento mayor repudio que antes. No tolero su existencia, los detesto.
Tristemente descubrí que no eres tan diferente de los seres a quienes desprecio. Lo he descubierto tímidamente por tu propia confesión, cuando decidiste dejar el papel enmascarado en una noche de sinceridad que no esperé, que no pedí. Al pasar los días pude constatar cómo me has mentido, cómo has intentado burlar la confianza que deposité en ti y pretender que tu charada se mantenga como hasta ahora... Siento que no soy capaz de soportar tal cosa, no me considero merecedor de otra historia escrita sin mi participación, de un guion alterado que sólo me toca seguir sin notarlo. Es ese rol de tu género al que tanto temo, el que en varias ocasiones me ha producido daño ya y que al primer esbozo de su presencia, prefiero huirle, pues mi corazón ya ha cargado suficiente con cuentos dizque inofensivos. Lastima, ciertamente. Me lastima mucho la doble moral, aquellas verdades a medias que terminan siendo mentiras totales. Lastima y enoja, duele y enfurece. ¿Qué te hace distinta a ellos? ¿Cómo puedo mirar a la gente a los ojos y decir orgulloso que te levantas por encima de aquellos? Me enamoré de una idea diferente y es el motivo de mi molestia actual, del peso que tengo dentro del pecho, de sentirme nuevamente burlado, de haber sido un imbécil.
¿Me amas? No lo dudo. ¿Es lo menos importante? Como te comenté, comprendí por tu actitud que es ciertamente lo más importante, pero... ¿Por qué borrar con el codo lo que haces con el dedo? ¿Por qué así? Nunca confiaste en mí y por lo visto, se encuentra muy distante el momento en que lo harás.
Aún debo ordenar las ideas, lograr compaginar y enderezar nuestras historias en un intento final de felicidad. No te desprecio, no podría hacerlo. Te has ganado el lugar que hoy ostentas en mi mente y en mi alma, pero esto no lo esperé jamás, no de ti, no así. Soy un hijo de puta, siempre lo has sabido; no debe sorprenderte que la amabilidad me sea ajena, que el cariño sea para mí tan natural como la idea de un dios. Soy lo que ves, tocas y sientes; éste soy yo, nada más, pero nada menos ante nadie.
Pienso y pienso, medito y reflexiono... ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Ignoro todo y continúo por el camino de la eriza? Siento la impotencia pesada de no saber adónde conduce ya esa ruta; he perdido la confianza en el sendero que me prometiste. Puede que en el
futuro seas el combustible nuevo para alguna lágrima vanidosa, mas nunca lo sabrás.
Arremeten en tu contra, obviando toda la bondad abnegada con que has desempeñado las múltiples tareas encomendadas. Olvidando su propia prédica, se yerguen paladines de la decencia, castigando una conducta que responde probadamente a las enseñanzas que intentan -infructíferamente- inculcar a otros, seres más susceptibles que puedan acatar sin cuestionamientos la verticalidad exigida. No es suficiente el empeño, de nada sirven las horas interminables de entrega que has desplegado en su nombre: al final solamente eres buena cuando llega el día del tributo. Malvados e impíos, sí. No existe en mí una mínima consideración para quienes te ofenden de tal forma, aquellos que te repudian empleando los más bajos vituperios, despojándote de aquello que tanto amas. Jamás he confiado en ellos, ahora siento mayor repudio que antes. No tolero su existencia, los detesto.
Tristemente descubrí que no eres tan diferente de los seres a quienes desprecio. Lo he descubierto tímidamente por tu propia confesión, cuando decidiste dejar el papel enmascarado en una noche de sinceridad que no esperé, que no pedí. Al pasar los días pude constatar cómo me has mentido, cómo has intentado burlar la confianza que deposité en ti y pretender que tu charada se mantenga como hasta ahora... Siento que no soy capaz de soportar tal cosa, no me considero merecedor de otra historia escrita sin mi participación, de un guion alterado que sólo me toca seguir sin notarlo. Es ese rol de tu género al que tanto temo, el que en varias ocasiones me ha producido daño ya y que al primer esbozo de su presencia, prefiero huirle, pues mi corazón ya ha cargado suficiente con cuentos dizque inofensivos. Lastima, ciertamente. Me lastima mucho la doble moral, aquellas verdades a medias que terminan siendo mentiras totales. Lastima y enoja, duele y enfurece. ¿Qué te hace distinta a ellos? ¿Cómo puedo mirar a la gente a los ojos y decir orgulloso que te levantas por encima de aquellos? Me enamoré de una idea diferente y es el motivo de mi molestia actual, del peso que tengo dentro del pecho, de sentirme nuevamente burlado, de haber sido un imbécil.
¿Me amas? No lo dudo. ¿Es lo menos importante? Como te comenté, comprendí por tu actitud que es ciertamente lo más importante, pero... ¿Por qué borrar con el codo lo que haces con el dedo? ¿Por qué así? Nunca confiaste en mí y por lo visto, se encuentra muy distante el momento en que lo harás.
Aún debo ordenar las ideas, lograr compaginar y enderezar nuestras historias en un intento final de felicidad. No te desprecio, no podría hacerlo. Te has ganado el lugar que hoy ostentas en mi mente y en mi alma, pero esto no lo esperé jamás, no de ti, no así. Soy un hijo de puta, siempre lo has sabido; no debe sorprenderte que la amabilidad me sea ajena, que el cariño sea para mí tan natural como la idea de un dios. Soy lo que ves, tocas y sientes; éste soy yo, nada más, pero nada menos ante nadie.
Pienso y pienso, medito y reflexiono... ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Ignoro todo y continúo por el camino de la eriza? Siento la impotencia pesada de no saber adónde conduce ya esa ruta; he perdido la confianza en el sendero que me prometiste. Puede que en el
futuro seas el combustible nuevo para alguna lágrima vanidosa, mas nunca lo sabrás.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Una lágrima vanidosa
Él se sumía profundamente en el mundo de las letras, aquellas amigas que desde muy joven habían sido su distracción. No había mejor escape de la realidad que sentarse a jugar con ellas, ordenándolas como un niño que dispone a sus soldados de juguete, preparándolos para la carga contra algún monstruo malvado. Así él disfrutaba sus ratos de soledad, fueran estos de tormento o alegría. No importaba el motivo, sus amigas fieles no distinguían entre emociones; eran la compañía perfecta: se acoplaban al humor de él, siempre cambiante, siempre maleable.
A pesar de la incondicionalidad mostrada, solía buscar placer en letras ajenas, para llenarse de la sensibilidad de otro escritor o escritora que sintiese el pasar de la vida frente a sus ojos, alguien que plasmara su alma en una hoja, así como tantas veces él lo había hecho. Lograba conmoverse con ciertos retazos encontrados al azar, mas no pasaban de ser pequeñeces con fines comerciales, nada que no pudiese causar conmoción al espíritu promedio.
Él ansiaba a rabiar volver a ver sus propias lágrimas vanidosas, aquellas que únicamente el cariño recibido lograba fluir. Su egocentrismo se desmoronaba ante el amor y él lo sabía; entendía que su mente atormentada se había acostumbrado al rechazo, al maltrato y al engaño. Cuando logró saltar la gran muralla de la timidez y adentróse a la sociabilidad que alguna vez anheló, el mundo encontrado resultó más dañino que el masoquismo de sus letras. A veces cuestionó sus propias ideas, sus convicciones sobre un planeta óptimo que le habían costado tiempo, recursos y hasta su propia salud en ocasiones; su pensamiento heredado sobre indiscutible fe en la humanidad había cobrado también una que otra amistad y nada importaba: la historia debía cambiar de fase, él la montaría cual jinete en lugar de ser arrastrado por ella, ¡cuánta alegría le causaba! era su idea feliz, así retribuiría el legado de sangre que muchas veces consideró inmerecido, demasiado elevado para la sencillez infantil de su diario vivir.
Sin embargo hubo seres que deambulaban como él, entes de carbono con la capacidad de realmente conmover su exquisito paladar artístico y que no parecían pertenecer al escenario descubierto, sino al campo de batalla de sus amadas letras. Y en medio de la turbulencia disyuntiva del crecimiento obligatorio y la madurez opcional, en ocasiones asomaban sus lágrimas, aquellas que motivaban una carrera presurosa hasta el espejo, sólo para verlas caer, presenciar el momento exacto en que se unirían en un mismo trago salado sobre sus labios. Cualquier psicoanalista daría un breve prediagnóstico negativo sobre esta condición, él lo sabía y pretendía que no le importaba. De alguna forma que aún no logro entender, él disfrutaba observar la hinchazón de sus ojos mientras estallaban en llanto, adoraba ver cómo el verde empedrado se iba aclarando hasta formar dos lagunas claras que le recordaban a la ceguera representada en los animados orientales que tanto le entretenían. Aún no sé por qué, accedí al espectáculo ofrecido...
-Niño bonito- le repetía su madre mientras lo peinaba, listo para salir a una reunión de adultos (en las cuales aprendió a portarse correctamente y adquirió su seriedad marcada). Nada raro de una madre hacia su hijo y él, aún infante, sonreía algo avergonzado por la constante dedicatoria. *Recordar la escena lo tumba contra la silla, lo mantiene mirando fijamente el techo, casi paralizado... Tomo nota de cuánto añora aquellos tiempos felices*
-Te amo, hijo- Me confesó él las contadas veces en que de la boca de su padre salieron tales palabras; hasta este día le sobran dedos al ennumerarlas y basta con una sola en su cabeza para que los lagrimales comiencen el despliegue de humedad.
-Si la abuela fallece, será tu culpa- Una de sus torturas preferidas, aunque no me lo ha dicho. Se nota inmediatamente por la forma cómo su labio inferior empieza a balancearse de arriba hacia abajo, como si se tratase de un anciano. *Aprovecha la conmoción del amor para introducir los recuerdos dolorosos y bombear con mayor fuerza hacia el exterior*
Ya casi lo consigue, veo con mórbida curiosidad cómo relaja su mente escasos segundos para que el llanto se mantenga silencioso y continúa la travesía hidráulica hasta llegar al más grande de los momentos: De pie, atónito, sin voz, sin tan siquiera llorar como él desearía, se encuentra a treinta centímetros del cadáver de su abuela y aquel muchacho siente las palabras retumbar en su cabeza: 'tu culpa' 'tu culpa' 'tu culpa' que lo congelan hasta la catalepsia, horrorizado por la impresión del primer cuerpo sin vida delante de él y que debía ser precisamente aquella mujer que habíale ofrecido amor como ninguna antes ni después, con sus manos lesionadas por tantos sueros y aferradas a una pequeña cruz de madera. Él se acerca e intenta entrelazar sus dedos con los suyos -el calor que la madera produce le hace sentir que aún sigue ella a su lado- y entonces se cuestiona sin respuesta sobre cómo pudo él haber sido responsable por la desaparición de aquella casi santa, su más grande amor, su eterno vacío. *Me pide permiso para incorporarse y asegurar la puerta, no desea ser interrumpido en su mayor acto de privacidad desde hace ya más de una década*
Vuelve a sentarse y necesita hiperventilar un poco, para mantenerse lo más callado posible. Su llanto es casi patético y empieza a incomodarme, como si se tratase de un ser despreciable que se autocompadece. Toma su pañuelo para limpiar su nariz y me mira... Es realmente hermoso, tal como él dijo que sería; son como dos esmeraldas recién pulidas, un par de lagos caribeños que se desbordan ante la llegada de la marea. Comprendí entonces por qué le agrada tanto su enfermizo ritual. -Cuando peor te sientes es cuando mejor debes verte- me repite y explica que no hay mejor forma de comenzar a engalanarse que constatar en el reflejo lo distinguidos que lucen sus ojos claros, remontándolo a aquel momento de timidez en que su madre le repetía "Niño bonito", así al amor y el dolor que conviven con él, les saca provecho, así es como él produce y explota sus lágrimas vanidosas...
A pesar de la incondicionalidad mostrada, solía buscar placer en letras ajenas, para llenarse de la sensibilidad de otro escritor o escritora que sintiese el pasar de la vida frente a sus ojos, alguien que plasmara su alma en una hoja, así como tantas veces él lo había hecho. Lograba conmoverse con ciertos retazos encontrados al azar, mas no pasaban de ser pequeñeces con fines comerciales, nada que no pudiese causar conmoción al espíritu promedio.
Él ansiaba a rabiar volver a ver sus propias lágrimas vanidosas, aquellas que únicamente el cariño recibido lograba fluir. Su egocentrismo se desmoronaba ante el amor y él lo sabía; entendía que su mente atormentada se había acostumbrado al rechazo, al maltrato y al engaño. Cuando logró saltar la gran muralla de la timidez y adentróse a la sociabilidad que alguna vez anheló, el mundo encontrado resultó más dañino que el masoquismo de sus letras. A veces cuestionó sus propias ideas, sus convicciones sobre un planeta óptimo que le habían costado tiempo, recursos y hasta su propia salud en ocasiones; su pensamiento heredado sobre indiscutible fe en la humanidad había cobrado también una que otra amistad y nada importaba: la historia debía cambiar de fase, él la montaría cual jinete en lugar de ser arrastrado por ella, ¡cuánta alegría le causaba! era su idea feliz, así retribuiría el legado de sangre que muchas veces consideró inmerecido, demasiado elevado para la sencillez infantil de su diario vivir.
Sin embargo hubo seres que deambulaban como él, entes de carbono con la capacidad de realmente conmover su exquisito paladar artístico y que no parecían pertenecer al escenario descubierto, sino al campo de batalla de sus amadas letras. Y en medio de la turbulencia disyuntiva del crecimiento obligatorio y la madurez opcional, en ocasiones asomaban sus lágrimas, aquellas que motivaban una carrera presurosa hasta el espejo, sólo para verlas caer, presenciar el momento exacto en que se unirían en un mismo trago salado sobre sus labios. Cualquier psicoanalista daría un breve prediagnóstico negativo sobre esta condición, él lo sabía y pretendía que no le importaba. De alguna forma que aún no logro entender, él disfrutaba observar la hinchazón de sus ojos mientras estallaban en llanto, adoraba ver cómo el verde empedrado se iba aclarando hasta formar dos lagunas claras que le recordaban a la ceguera representada en los animados orientales que tanto le entretenían. Aún no sé por qué, accedí al espectáculo ofrecido...
-Niño bonito- le repetía su madre mientras lo peinaba, listo para salir a una reunión de adultos (en las cuales aprendió a portarse correctamente y adquirió su seriedad marcada). Nada raro de una madre hacia su hijo y él, aún infante, sonreía algo avergonzado por la constante dedicatoria. *Recordar la escena lo tumba contra la silla, lo mantiene mirando fijamente el techo, casi paralizado... Tomo nota de cuánto añora aquellos tiempos felices*
-Te amo, hijo- Me confesó él las contadas veces en que de la boca de su padre salieron tales palabras; hasta este día le sobran dedos al ennumerarlas y basta con una sola en su cabeza para que los lagrimales comiencen el despliegue de humedad.
-Si la abuela fallece, será tu culpa- Una de sus torturas preferidas, aunque no me lo ha dicho. Se nota inmediatamente por la forma cómo su labio inferior empieza a balancearse de arriba hacia abajo, como si se tratase de un anciano. *Aprovecha la conmoción del amor para introducir los recuerdos dolorosos y bombear con mayor fuerza hacia el exterior*
Ya casi lo consigue, veo con mórbida curiosidad cómo relaja su mente escasos segundos para que el llanto se mantenga silencioso y continúa la travesía hidráulica hasta llegar al más grande de los momentos: De pie, atónito, sin voz, sin tan siquiera llorar como él desearía, se encuentra a treinta centímetros del cadáver de su abuela y aquel muchacho siente las palabras retumbar en su cabeza: 'tu culpa' 'tu culpa' 'tu culpa' que lo congelan hasta la catalepsia, horrorizado por la impresión del primer cuerpo sin vida delante de él y que debía ser precisamente aquella mujer que habíale ofrecido amor como ninguna antes ni después, con sus manos lesionadas por tantos sueros y aferradas a una pequeña cruz de madera. Él se acerca e intenta entrelazar sus dedos con los suyos -el calor que la madera produce le hace sentir que aún sigue ella a su lado- y entonces se cuestiona sin respuesta sobre cómo pudo él haber sido responsable por la desaparición de aquella casi santa, su más grande amor, su eterno vacío. *Me pide permiso para incorporarse y asegurar la puerta, no desea ser interrumpido en su mayor acto de privacidad desde hace ya más de una década*
Vuelve a sentarse y necesita hiperventilar un poco, para mantenerse lo más callado posible. Su llanto es casi patético y empieza a incomodarme, como si se tratase de un ser despreciable que se autocompadece. Toma su pañuelo para limpiar su nariz y me mira... Es realmente hermoso, tal como él dijo que sería; son como dos esmeraldas recién pulidas, un par de lagos caribeños que se desbordan ante la llegada de la marea. Comprendí entonces por qué le agrada tanto su enfermizo ritual. -Cuando peor te sientes es cuando mejor debes verte- me repite y explica que no hay mejor forma de comenzar a engalanarse que constatar en el reflejo lo distinguidos que lucen sus ojos claros, remontándolo a aquel momento de timidez en que su madre le repetía "Niño bonito", así al amor y el dolor que conviven con él, les saca provecho, así es como él produce y explota sus lágrimas vanidosas...
Ualap
Observando la hermosa fotografía grupal que decora mi despacho ministerial, recordé a Modigliani. Fue inevitable pensar en las palabras del maestro previas a la presentación de su obra magna: "Cuando logre ver tu alma, entonces pintaré tus ojos". Todos los rostros son visibles en nuestra foto, excepto uno...
Mis amigos entrañables y yo en amplia algarabía; celebrábamos juntos y ajenos a todos los defectos que el mundo nos tuvo preparados en lo posterior, sin embargo existía una sonrisa muerta, un alivio que no penetró: habitaba entre nosotros el dolor. No quise comprenderlo, fui egoísta... Mi tan cacareada sensibilidad no alcanzó a notar en ningún momento que mi amigo y hermano clamaba por todo nuestro cariño y compañía.
Su expresión vacía desde ya delataba lo que no comprenderíamos sino hasta el futuro, cuando su atormentado espíritu no pudo soportar más la carga de la soledad, peso que se resiste estoicamente si se posee el equilibrio suficiente y la calma necesaria; nuestro compañero no pasó la prueba de entereza y fue consumido al unísono por todos sus dolores pasados y presentes. Inolvidable fue para nosotros aquella noche de peligro en que sentimos que lo habíamos perdido, entregado totalmente al temor y el tardío arrepentimiento, nada más pudimos hacer que no fuera consolar a su madre consumida en llanto.Maldita sea la hora en que accedí a ayudarlo; no quise enfrentamientos que consideré inútiles y lo acompañé en su aventura. Hube de lamentarlo luego, cuando me tocó estar al mando del grupo para evitar los abusos de una corrompida fuerza. Cada minuto parecía infinito mientras el calor se incrementaba ante la cantidad -esperada, desde luego- de curiosos que abarrotaron las calles aledañas. La partida nos dejó perplejos, sabíamos dónde debía ir, pero perdimos su rastro... Fue al día siguiente cuando todos nuestros rostros se encendieron de felicidad al escuchar la absolución divina, lo que parecía el final de su vida desprolija y el punto de partida de una nueva oportunidad para alejarse del dolor, de tantas tonterías que rondan su cabeza e impiden que se luzca como cuando lo hace ante nosotros, sus compinches, quienes aprendemos tanto de él y su sabiduría.
Vuelvo a observar la fotografía y el reflejo del sol que entra por la ventana, recae justo sobre él, como indicándome el cielo que por fin mi amigo halló paz.
Mis amigos entrañables y yo en amplia algarabía; celebrábamos juntos y ajenos a todos los defectos que el mundo nos tuvo preparados en lo posterior, sin embargo existía una sonrisa muerta, un alivio que no penetró: habitaba entre nosotros el dolor. No quise comprenderlo, fui egoísta... Mi tan cacareada sensibilidad no alcanzó a notar en ningún momento que mi amigo y hermano clamaba por todo nuestro cariño y compañía.
Su expresión vacía desde ya delataba lo que no comprenderíamos sino hasta el futuro, cuando su atormentado espíritu no pudo soportar más la carga de la soledad, peso que se resiste estoicamente si se posee el equilibrio suficiente y la calma necesaria; nuestro compañero no pasó la prueba de entereza y fue consumido al unísono por todos sus dolores pasados y presentes. Inolvidable fue para nosotros aquella noche de peligro en que sentimos que lo habíamos perdido, entregado totalmente al temor y el tardío arrepentimiento, nada más pudimos hacer que no fuera consolar a su madre consumida en llanto.Maldita sea la hora en que accedí a ayudarlo; no quise enfrentamientos que consideré inútiles y lo acompañé en su aventura. Hube de lamentarlo luego, cuando me tocó estar al mando del grupo para evitar los abusos de una corrompida fuerza. Cada minuto parecía infinito mientras el calor se incrementaba ante la cantidad -esperada, desde luego- de curiosos que abarrotaron las calles aledañas. La partida nos dejó perplejos, sabíamos dónde debía ir, pero perdimos su rastro... Fue al día siguiente cuando todos nuestros rostros se encendieron de felicidad al escuchar la absolución divina, lo que parecía el final de su vida desprolija y el punto de partida de una nueva oportunidad para alejarse del dolor, de tantas tonterías que rondan su cabeza e impiden que se luzca como cuando lo hace ante nosotros, sus compinches, quienes aprendemos tanto de él y su sabiduría.
Vuelvo a observar la fotografía y el reflejo del sol que entra por la ventana, recae justo sobre él, como indicándome el cielo que por fin mi amigo halló paz.
lunes, 21 de mayo de 2012
Oni III
Oni, oni, oni... Vergüenza y dolor; esperanza y desilusión; rabia celosa y sueño incómodo. No merecerás una sola línea más de mi intelecto.
viernes, 18 de mayo de 2012
El último bocado
¡Qué costumbre amorosa la tuya! A lo mejor crees que no lo he notado, así como esperé que no notaras en forma particular mis besos súbitos que desde la lejanía chocan contra tus labios. No ha pasado un sólo día sin que la muestra de afecto haga su presencia.¿Sabes a qué me refiero? A lo mejor la ambigüedad de muchas de mis palabras te confundan y no logre establecer con claridad este pequeño y natural tributo de amor que cada día recibo.
Cualquiera se habría dado cuenta desde los tiempos del lugar divertido, a mí me tomó hasta el primer beso para entenderlo, lo admito. La noche jamás termina sin que la ingesta nos degenere un poquito, sin que nuestros corazones desaceleren su ritmo por la sensación de haber devorado más de lo permitido. Entonces y sólo entonces exhibes el diminuto presente, muy significativo a pesar de su tamaño; tuerces los labios y clavas en mí tu mirada de seriedad fingida, como una madre reprendiendo silenciosamente al niño que se niega a comer. Sigo mi papel de girar la cabeza, rechazando aquel último bocado que has guardado para mí; tu mano se extiende aún más hasta casi alcanzar mis labios y entonces sonrío por la ternura que la escena me produce -remontándome a tiempos felices- y accedo... Tus ojos regresan a su gran tamaño natural y complacidos observan hasta que la glotis empuja lo último. La postura erguida se mantiene en tu cuerpo, como si estuviésemos en una clase de etiqueta, para regalarme una inesperada risa completa y en ese momento, relajar los músculos y tomar mi mano, acercarme hasta ti para depositar un beso y descansar sobre mi hombro. Sencillo pero hermoso ritual que mi mente ha grabado, parte esencial de aquellas pequeñas cosas que nutren mi espíritu y confirman la devoción de una mujer que me ama.
Cualquiera se habría dado cuenta desde los tiempos del lugar divertido, a mí me tomó hasta el primer beso para entenderlo, lo admito. La noche jamás termina sin que la ingesta nos degenere un poquito, sin que nuestros corazones desaceleren su ritmo por la sensación de haber devorado más de lo permitido. Entonces y sólo entonces exhibes el diminuto presente, muy significativo a pesar de su tamaño; tuerces los labios y clavas en mí tu mirada de seriedad fingida, como una madre reprendiendo silenciosamente al niño que se niega a comer. Sigo mi papel de girar la cabeza, rechazando aquel último bocado que has guardado para mí; tu mano se extiende aún más hasta casi alcanzar mis labios y entonces sonrío por la ternura que la escena me produce -remontándome a tiempos felices- y accedo... Tus ojos regresan a su gran tamaño natural y complacidos observan hasta que la glotis empuja lo último. La postura erguida se mantiene en tu cuerpo, como si estuviésemos en una clase de etiqueta, para regalarme una inesperada risa completa y en ese momento, relajar los músculos y tomar mi mano, acercarme hasta ti para depositar un beso y descansar sobre mi hombro. Sencillo pero hermoso ritual que mi mente ha grabado, parte esencial de aquellas pequeñas cosas que nutren mi espíritu y confirman la devoción de una mujer que me ama.
Footloose
La noche se avecinaba y debía alistarme elegantemente para el evento que esperaba por nosotros, un ritual social y religioso tan antiguo como la mismísima institución civil. Sería una buena noche, uno de mis más antiguos amigos entraría al riguroso mundo del matrimonio y estaría yo acompañándolo en su feliz ocasión.
Resulta del todo raro acudir a una ceremonia de boda y no contar con licor para celebrar el momento, siendo las bebidas espirituosas igual de viejas que los motivos para ser consumidas. Fue entonces cuando el temor invadió mi cabeza al recordar mi gran tara: no podría siquiera pisar la pista de baile sin el suficiente nivel de embriaguez en mi torrente sanguíneo. ¿Qué hacer? En ningún momento cruzó por mi cabeza el aburrir a mi compañera con una larga noche sentados observando a los demás, o en el mejor de los casos, fijando la atención en nuestros sendos teléfonos móviles. No, no podía obrar yo de tal manera.
Nunca la había visto tan hermosa como en aquella noche, explotando la belleza sensual de su juventud naciente, tomada de mi brazo mientras arreglaba sus cabellos de vez en cuando. Cualquier inacción se traduciría en bochornoso desplante. Ella me lo pedía -con la mirada- sin reclamos, con la comprensión devota que la caracteriza, esperando mi respuesta varonil y la decisión final de extender mi mano delante de ella para convertirla en mi pareja de danza. Ocurrió. La música no me era del todo conocida, pero no importaba ya; la sesanción de que todas las miradas se clavan sobre mí cuando piso un salón de baile y que solamente el alcohol mitiga, fue desapareciendo de a poco...Guié con sobriedad, como la sociedad occidental espera por parte de un varón adulto; guié los pasos a través de los diversos ritmos que fueron entonados.
No terminaba yo de creer lo que estaba haciendo cuando la música perdió todo su ritmo y mis sentidos sólo percibían la alegría de ella; su sonrisa fue el mejor reproductor musical que recuerde mi mente necia; los abrazos firmes que me acercaban a su cuerpo fueron melodías superiores a las escuchadas en la misma Viena imperial. ¡Dios mío! Me encontraba disfrutándolo realmente, con nada más que agua dentro de mí y correspondiendo las miradas de hastío con que ella adornaba el escenario.
No guardo recuerdo alguno de haber sido tan feliz en un baile como en aquella noche. Fui libre, la vergüenza fue algo ajeno a mi entorno... Sólo existió ella para mí durante toda la noche. Se lo comenté al finalizar: "Jamás hube bailado tan sobrio... ¿Y sabes qué? Lo disfruté al máximo". Ella me besó complacida, había otorgado una alegría más a mi vida, de aquellas que creí negadas.
Ericismo patológico
Tuviste razón al afirmar que sería por mi propia conducta. Siempre has sabido dar en el punto exacto de mi psiquis, aquel vértice en que solamente basta una ligera presión para que sobrevenga una hemorragia.
¿Tenía que ser ella? Aún no lo aceptaba como cierto, no creo en los anuncios proféticos. No obstante la negativa prejuiciosa, fue innegable para cualquiera que me conoce más allá de lo formal, que los perdidos sentimientos de amor y preocupación habían retornado a mí para volcarse sobre ella con la fuerza renovada que su correspondencia me había otorgado.
Entonces supe que era cierto. Cada mañana sin sus cabellos fue la primera señal, me había vuelto adicto a la dulzura que sus besos entregaban. Con el pasar de los días mi espíritu quieto -cauto- fue cediendo lugar, rindiéndose ante la aparente seguridad que el joven y casi intacto corazón de ella transmitía; caí... caí profundamente y ya sin mayor resistencia, confiado en que aquella niña a la que amaba no permitiría una nueva desgarradura.
¿Será que tanto tiempo fue el fatalismo mi compañero de caminata? Yo esperé la huida de ella, sus reproches y abandono, pues la galantería de este caballero no conduce a sentimientos tan profundos y complejos, acostumbrado sólo a agradable compañía y conquistas informales, era lo único que desde hace algún tiempo conocía. Pero ella fue muy distinta y debo admitir que por ratos me asustaba. Me resistí a la idea de que pudiese amarme así, como yo a ella.
Los recuerdos tan alarmantes que mantenían mis defensas elevadas empezaron a retornar, mi psiquis resquebrajada forzaba comparaciones circunstanciales y me ubicaba en escenarios parecidos del pasado; estaba advirtiéndome de los peligros ya conocidos que debía enfrentar y que conducirían, una vez más, a noches interminables de alcohol y frío, bajos rendimientos laborales y amistades insanas que viven de mi derroche.
Pero ella, con sus inevitables dotes: mitad niña y mitad mujer, dama sobria y arpía desquiciada, elementos paradójicos que conjugan su personalidad, no tentó a mi cordura, ni presionó los límites de mi generosidad. El despilfarro no le llamaba la atención como sí lo hacía un café en mi compañía; las joyas no brillaban más que el rocío abandonado en el pétalo de una rosa que le obsequiara yo. Pensar en todo ello aún me conmueve, había yo hallado a una buena mujer, prototipo ideal de compañera, lo que los esotéricos llaman "alma gemela".
No existieron dudas en ningún momento, ella fue la elegida por mi mente y corazón. Lo supe desde los tiempos del lugar divertido, el que fuera en verdad un entorno especial en que se cultivó a fuego lento nuestro interés, desnudó nuestra clara empatía y entre un inesperado "Feliz Navidad" y un secuestro celoso, descubrí mi profundo amor por ella.
¿Por qué entonces esto? Por la misma razón de siempre: no existe en mí aún aquella voluntad de liberación; sigo atado al pasado cada vez más distante y alejado de todo el dolor experimentado. Decidí adelantarme a la historia y procurar mi liberación inmediata, sacudir todo el rencor que mi alma conserva y perdonar las ofensas. Sólo así podría continuar seguro por el camino que la eriza me ha trazado.
Mi eriza, cuyas púas el tiempo juntos logró ablandar, pasó a ser la musa de carne y hueso; casi divina inspiración que había llegado a mí como nunca antes. Así la huida terminó para ambos, acostumbrados a torrentes de soledad placentera, cuando ésta no era amarga y áspera por la rutina. La noche distante de noviembre que recuerdo y bendigo fue el inicio para ambos, noche de salvación y renacimiento en que un crisol de sentimientos tuvo lugar y que ambos negaríamos hasta el inevitable momento en que mi pecho ansió tranquilidad y derramó toda su expresión sobre una mesa de café.
Hoy poseo todo cuanto he deseado. Al fin puedo ostentar socialmente el título de feliz. Nada podría arruinar este momento ¿cierto? Siento el agotamiento de mis neuronas, ideando formas jamás pensadas de amar, de sorprender, de brindar lo mejor de mi esencia para retribuir la pureza de su amor. El amar nunca ha sido suficiente y lo comprendo bien, hay que racionalizar y enrumbar adecuadamente los sentimientos para asegurar el mayor bienestar posible.
Por eso, más allá de mi corazón, es mi cerebro quien también afirma hoy, luego del tiempo transcurrido y a viva voz: "¡Te amo!"
¿Tenía que ser ella? Aún no lo aceptaba como cierto, no creo en los anuncios proféticos. No obstante la negativa prejuiciosa, fue innegable para cualquiera que me conoce más allá de lo formal, que los perdidos sentimientos de amor y preocupación habían retornado a mí para volcarse sobre ella con la fuerza renovada que su correspondencia me había otorgado.
Entonces supe que era cierto. Cada mañana sin sus cabellos fue la primera señal, me había vuelto adicto a la dulzura que sus besos entregaban. Con el pasar de los días mi espíritu quieto -cauto- fue cediendo lugar, rindiéndose ante la aparente seguridad que el joven y casi intacto corazón de ella transmitía; caí... caí profundamente y ya sin mayor resistencia, confiado en que aquella niña a la que amaba no permitiría una nueva desgarradura.
¿Será que tanto tiempo fue el fatalismo mi compañero de caminata? Yo esperé la huida de ella, sus reproches y abandono, pues la galantería de este caballero no conduce a sentimientos tan profundos y complejos, acostumbrado sólo a agradable compañía y conquistas informales, era lo único que desde hace algún tiempo conocía. Pero ella fue muy distinta y debo admitir que por ratos me asustaba. Me resistí a la idea de que pudiese amarme así, como yo a ella.
Los recuerdos tan alarmantes que mantenían mis defensas elevadas empezaron a retornar, mi psiquis resquebrajada forzaba comparaciones circunstanciales y me ubicaba en escenarios parecidos del pasado; estaba advirtiéndome de los peligros ya conocidos que debía enfrentar y que conducirían, una vez más, a noches interminables de alcohol y frío, bajos rendimientos laborales y amistades insanas que viven de mi derroche.
Pero ella, con sus inevitables dotes: mitad niña y mitad mujer, dama sobria y arpía desquiciada, elementos paradójicos que conjugan su personalidad, no tentó a mi cordura, ni presionó los límites de mi generosidad. El despilfarro no le llamaba la atención como sí lo hacía un café en mi compañía; las joyas no brillaban más que el rocío abandonado en el pétalo de una rosa que le obsequiara yo. Pensar en todo ello aún me conmueve, había yo hallado a una buena mujer, prototipo ideal de compañera, lo que los esotéricos llaman "alma gemela".
No existieron dudas en ningún momento, ella fue la elegida por mi mente y corazón. Lo supe desde los tiempos del lugar divertido, el que fuera en verdad un entorno especial en que se cultivó a fuego lento nuestro interés, desnudó nuestra clara empatía y entre un inesperado "Feliz Navidad" y un secuestro celoso, descubrí mi profundo amor por ella.
¿Por qué entonces esto? Por la misma razón de siempre: no existe en mí aún aquella voluntad de liberación; sigo atado al pasado cada vez más distante y alejado de todo el dolor experimentado. Decidí adelantarme a la historia y procurar mi liberación inmediata, sacudir todo el rencor que mi alma conserva y perdonar las ofensas. Sólo así podría continuar seguro por el camino que la eriza me ha trazado.
Mi eriza, cuyas púas el tiempo juntos logró ablandar, pasó a ser la musa de carne y hueso; casi divina inspiración que había llegado a mí como nunca antes. Así la huida terminó para ambos, acostumbrados a torrentes de soledad placentera, cuando ésta no era amarga y áspera por la rutina. La noche distante de noviembre que recuerdo y bendigo fue el inicio para ambos, noche de salvación y renacimiento en que un crisol de sentimientos tuvo lugar y que ambos negaríamos hasta el inevitable momento en que mi pecho ansió tranquilidad y derramó toda su expresión sobre una mesa de café.
Hoy poseo todo cuanto he deseado. Al fin puedo ostentar socialmente el título de feliz. Nada podría arruinar este momento ¿cierto? Siento el agotamiento de mis neuronas, ideando formas jamás pensadas de amar, de sorprender, de brindar lo mejor de mi esencia para retribuir la pureza de su amor. El amar nunca ha sido suficiente y lo comprendo bien, hay que racionalizar y enrumbar adecuadamente los sentimientos para asegurar el mayor bienestar posible.
Por eso, más allá de mi corazón, es mi cerebro quien también afirma hoy, luego del tiempo transcurrido y a viva voz: "¡Te amo!"
jueves, 17 de mayo de 2012
Locura
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viernes, 20 de abril de 2012
Oni II
Recuerdo el momento exacto: noche de fiesta en que la casualidad me permitió disfrutar de su compañía por escasos minutos. Admito que la alegría de su presencia fue a la vez un apéndice de temor; no me encontraba listo para afrontar una cercanía tan personal, pese a la empatía bárbara que nos mantenía tan unidos desde hacía ya varias semanas.
La noche transcurría pasivamente. Ambos en compañía de nuestras amistades respectivas, sin descuidar el que nuestras miradas puedan encontrarse de vez en cuando para un saludo informal de mí levantando una ceja y de ella, regalándome una mueca.
Aún se venga la mente de mí, atormentando mis sueños con aquella mirada de desamparo que ella me clavó a través del cristal mientras yo me alejaba terminando el cigarrillo y sin ver atrás. No era mi responsabilidad entonces, pero me fascina cargar acontecimientos pasados a mi haber.
Sus ojos me siguieron con cierta nostalgia por la calle hasta que desaparecí de su radar; sentí en todo momento la necesidad de su alma, pero me encontraba inhabilitado -social y materialmente- de socorrerla...
La noche transcurría pasivamente. Ambos en compañía de nuestras amistades respectivas, sin descuidar el que nuestras miradas puedan encontrarse de vez en cuando para un saludo informal de mí levantando una ceja y de ella, regalándome una mueca.
Aún se venga la mente de mí, atormentando mis sueños con aquella mirada de desamparo que ella me clavó a través del cristal mientras yo me alejaba terminando el cigarrillo y sin ver atrás. No era mi responsabilidad entonces, pero me fascina cargar acontecimientos pasados a mi haber.
Sus ojos me siguieron con cierta nostalgia por la calle hasta que desaparecí de su radar; sentí en todo momento la necesidad de su alma, pero me encontraba inhabilitado -social y materialmente- de socorrerla...
miércoles, 18 de abril de 2012
Mother is the first other
**Texto del 22 de noviembre de 2011**
En medio de un ligero lagrimeo recordé esta mañana las dulces palabras del amor pasado y enjugando mis ojos comencé a transportar ideas alrededor de mi cabeza, sacudiendo más de dos décadas de silencio sin una sola línea dedicada a la mujer que más he amado en este mundo.
Has sido tú la única, siempre dispuesta a asumir el dolor que cualquier situación produjere. Me negué constantemente a comprender la extraña naturaleza de lo que significa tu amor maternal, únicamente enfoqué mis sentimientos en las vivencias amargas, en los despechos que tu ausencia produjo en mí y que se ven reflejados en mi accionar presente.
Sí, te culpé por todos mis males, angustias y fracasos. Las traiciones y abandonos no fueron sino la consecuencia de tu irresponsable cuidado, de la inexistente importancia que prestaste a mis asuntos siempre... ¿Cómo entonces puedo hoy mirarte y decirte que te amo? Nunca estuve allí para demostrarlo, te dediqué un trato recíproco y siempre aguardando la ruptura de la armonía para embestir, hasta físicamente, si hacía falta.
¡Cuán equivocados estuvimos tú y yo todo este tiempo! Debí atravesar los duros momentos de la vida lo suficiente para sentir tu regazo otra vez y percatarme, en ratos de angustia máxima, cómo volvías posible aquello en lo que yo ya no creía realizable y entre lágrimas ahogadas por tu siempre presente vanidad, me obsequiabas la seguridad que en absoluto y digno silencio siempre reclamé.
Mi mente convulsiona ante la idea de adorarte como debió ser siempre, como lo vi en las películas cliché y atestigüé entre mis círculos sociales, estupefacto y murmurando al viento: "así es como se ama a una madre...". Se revuelven mis ideas e intentan sacudir años de rencor y odio; perdonar y olvidar para salud de nuestros congéneres.
¿Estoy emocionalmente preparado para ello? Hago una pausa para contemplar las cicatrices que mis manos ocultan y recurro al masoquismo acostumbrado: me transporto a cada uno de esos momentos y el pulso se acelera, mi piel desgarrándose y el ardor en medio del cobrizo aroma a sangre retumban en mis recuerdos, inyectan odio y más odio cada vez; la respiración se agita y el buen humor con que desperté esta mañana se disipa hasta erosionar mi temperamento... !@!@!@
Maldita sea la hora en que mi arrebato produjo el primer golpe... No pensé adecuadamente, ni medí las consecuencias. Paz social, paz social es lo que debe primar, aquel letargo malvado dominador de masas debió aplicarse para no resquebrajar el hogar. Vuelvo a formular la pregunta y río patéticamente al constatar que han pasado ya más de diez años; es aún más patético pensar en que todavía me lleva al llanto escuchar "Cleaning out my closet". Asco y pena.
Debo dar muerte a este fantasma de una buena vez. No puedo seguir sucumbiendo ante su presencia corruptora que diezma mi salud y espanta a la poca bondad que ha quedado en mí. Tú y yo sabemos cómo acabarlo, pero nos resistimos a las novedades, tememos a lo desconocido... Siendo así, daré el primer paso: te amo, madre.
En medio de un ligero lagrimeo recordé esta mañana las dulces palabras del amor pasado y enjugando mis ojos comencé a transportar ideas alrededor de mi cabeza, sacudiendo más de dos décadas de silencio sin una sola línea dedicada a la mujer que más he amado en este mundo.
Has sido tú la única, siempre dispuesta a asumir el dolor que cualquier situación produjere. Me negué constantemente a comprender la extraña naturaleza de lo que significa tu amor maternal, únicamente enfoqué mis sentimientos en las vivencias amargas, en los despechos que tu ausencia produjo en mí y que se ven reflejados en mi accionar presente.
Sí, te culpé por todos mis males, angustias y fracasos. Las traiciones y abandonos no fueron sino la consecuencia de tu irresponsable cuidado, de la inexistente importancia que prestaste a mis asuntos siempre... ¿Cómo entonces puedo hoy mirarte y decirte que te amo? Nunca estuve allí para demostrarlo, te dediqué un trato recíproco y siempre aguardando la ruptura de la armonía para embestir, hasta físicamente, si hacía falta.
¡Cuán equivocados estuvimos tú y yo todo este tiempo! Debí atravesar los duros momentos de la vida lo suficiente para sentir tu regazo otra vez y percatarme, en ratos de angustia máxima, cómo volvías posible aquello en lo que yo ya no creía realizable y entre lágrimas ahogadas por tu siempre presente vanidad, me obsequiabas la seguridad que en absoluto y digno silencio siempre reclamé.
Mi mente convulsiona ante la idea de adorarte como debió ser siempre, como lo vi en las películas cliché y atestigüé entre mis círculos sociales, estupefacto y murmurando al viento: "así es como se ama a una madre...". Se revuelven mis ideas e intentan sacudir años de rencor y odio; perdonar y olvidar para salud de nuestros congéneres.
¿Estoy emocionalmente preparado para ello? Hago una pausa para contemplar las cicatrices que mis manos ocultan y recurro al masoquismo acostumbrado: me transporto a cada uno de esos momentos y el pulso se acelera, mi piel desgarrándose y el ardor en medio del cobrizo aroma a sangre retumban en mis recuerdos, inyectan odio y más odio cada vez; la respiración se agita y el buen humor con que desperté esta mañana se disipa hasta erosionar mi temperamento... !@!@!@
Maldita sea la hora en que mi arrebato produjo el primer golpe... No pensé adecuadamente, ni medí las consecuencias. Paz social, paz social es lo que debe primar, aquel letargo malvado dominador de masas debió aplicarse para no resquebrajar el hogar. Vuelvo a formular la pregunta y río patéticamente al constatar que han pasado ya más de diez años; es aún más patético pensar en que todavía me lleva al llanto escuchar "Cleaning out my closet". Asco y pena.
Debo dar muerte a este fantasma de una buena vez. No puedo seguir sucumbiendo ante su presencia corruptora que diezma mi salud y espanta a la poca bondad que ha quedado en mí. Tú y yo sabemos cómo acabarlo, pero nos resistimos a las novedades, tememos a lo desconocido... Siendo así, daré el primer paso: te amo, madre.
Separation anxiety
**Texto del 28 de octubre de 2011**
Mi fortaleza y pilar, mi persona favorita: todo cuanto he sido en mi vida adulta; la representación de mis anhelos de hombre, el impulso a conquistar lo mejor del mundo y el aliento eterno de mi concienca... Nadie como tú jamás, el amor eterno que nos unió no ha hallado símil en ningún lado: "Dudo que existan en el mundo dos personas que se hayan amado como nosotros", nuestro juramento perpetuo.
¿Cómo hemos terminado así, amor mío? Debía durar para siempre, así lo decidieron nuestros corazones desde el primer beso, desde que aceptaste unir tus empeños de vida conmigo y atestiguar cada hora juntos. La vida toma rumbos sinuosos y complejos que escapan a nuestro control, que logran escabullirse de los más profundos deseos de nuestros entrelazados espíritus. ¿Así y ahora? ¿Realmente es el fin? Me lo pregunté varias veces antes de iniciar estas líneas y sé ahora que no hay retorno... Duele menos cada vez, pero duele. No obstante el remordimiento que pudiese sentir, la alegría es inmediata al saberte feliz, segura y amada nuevamente. Basta imaginar tu sonrisa de complacencia por un segundo para sentirme completo: el bienestar tuyo se traduce en mi realización, como siempre has sabido.
Te amo, compañera, es indudable; tus infatigables gracias no lograrán jamás ausentarse de mi mente... Las palabras de cariño son sólo superadas por tus gestos amorosos, aquellos que jamás faltaron en los momentos de mis profundos dolores. Sonrío, sí... Suspiro cuando volteo y clausuro definitivamente el Reino de Estambre, los hermosos y mágicos jardines que mi mente extasiada creó para tu descanso y que hoy, luego de largo funcionamiento, conocerán su jubilación.
Siento que cumplí fielmente los deseos de mi corazón, todo lo que mi conciencia dictó siempre en pro de tu felicidad. No reprocho nada más que el haber mostrado cobardía ante las exigencias sociales. Llegó la hora finalmente. Libertad y felicidad.
Como rúbrica perpetua, una lágrima y un beso.
Mi fortaleza y pilar, mi persona favorita: todo cuanto he sido en mi vida adulta; la representación de mis anhelos de hombre, el impulso a conquistar lo mejor del mundo y el aliento eterno de mi concienca... Nadie como tú jamás, el amor eterno que nos unió no ha hallado símil en ningún lado: "Dudo que existan en el mundo dos personas que se hayan amado como nosotros", nuestro juramento perpetuo.
¿Cómo hemos terminado así, amor mío? Debía durar para siempre, así lo decidieron nuestros corazones desde el primer beso, desde que aceptaste unir tus empeños de vida conmigo y atestiguar cada hora juntos. La vida toma rumbos sinuosos y complejos que escapan a nuestro control, que logran escabullirse de los más profundos deseos de nuestros entrelazados espíritus. ¿Así y ahora? ¿Realmente es el fin? Me lo pregunté varias veces antes de iniciar estas líneas y sé ahora que no hay retorno... Duele menos cada vez, pero duele. No obstante el remordimiento que pudiese sentir, la alegría es inmediata al saberte feliz, segura y amada nuevamente. Basta imaginar tu sonrisa de complacencia por un segundo para sentirme completo: el bienestar tuyo se traduce en mi realización, como siempre has sabido.
Te amo, compañera, es indudable; tus infatigables gracias no lograrán jamás ausentarse de mi mente... Las palabras de cariño son sólo superadas por tus gestos amorosos, aquellos que jamás faltaron en los momentos de mis profundos dolores. Sonrío, sí... Suspiro cuando volteo y clausuro definitivamente el Reino de Estambre, los hermosos y mágicos jardines que mi mente extasiada creó para tu descanso y que hoy, luego de largo funcionamiento, conocerán su jubilación.
Siento que cumplí fielmente los deseos de mi corazón, todo lo que mi conciencia dictó siempre en pro de tu felicidad. No reprocho nada más que el haber mostrado cobardía ante las exigencias sociales. Llegó la hora finalmente. Libertad y felicidad.
Como rúbrica perpetua, una lágrima y un beso.
Oni I
No lo he permitido, no lo haré. El ardor que cauteriza mis costillas y produce náuseas de ira no asomará, no en esta ocasión.
¿Por qué debo experimentar estas sensaciones nuevamente? No es correcto, no es sano. Conozco perfectamente hacia dónde conducen tales emociones y cuál es el desenlace final: condena total a la confianza que debe mantenerse siempre en toda interacción social.
Estas líneas aguardaron mucho tiempo, congeladas ya desde enero, mes culpable de mis sentimientos actuales y primer motivador del presente escrito. Esta noche parece ideal, la soledad que solamente las estrellas interrumpen no me acurrucará ahora; encontraré una vez más, en el placer del ostracismo, la inspiración que necesito...
¿Por qué debo experimentar estas sensaciones nuevamente? No es correcto, no es sano. Conozco perfectamente hacia dónde conducen tales emociones y cuál es el desenlace final: condena total a la confianza que debe mantenerse siempre en toda interacción social.
Estas líneas aguardaron mucho tiempo, congeladas ya desde enero, mes culpable de mis sentimientos actuales y primer motivador del presente escrito. Esta noche parece ideal, la soledad que solamente las estrellas interrumpen no me acurrucará ahora; encontraré una vez más, en el placer del ostracismo, la inspiración que necesito...
martes, 10 de abril de 2012
Verdades impiadosas
Aún me reprocho un poco el haberle mentido. Soy bueno haciéndolo, indudablemente; para momentos así fui formando mi carácter con cada decepción vivida. ¿Arrepentimiento? No de su compañía, de su amor o su existencia. Solamente resiento tonterías que no hallan lugar en nuestro presente... Maldito fetiche, marca insana que me persigue eternamente, privándome de toda calma y tentando a mis sentidos a dejar todo y retrotraerme hasta la soledad conocida y casi olvidada. Te detesto, no sé por qué te sigo considerando un fetiche. No eres más que el reflejo de mis inseguridades y el recordatorio perpetuo de que aquel niño tímido aún no ha muerto.
Una frase, una pequeña oración bastó para exacerbar mi tranquilidad y recordar la resistencia original de mi voluntad. Comprendo por fin la sensación del amor pasado y su reproche, cuando en forma casi desquiciada torturaba su alma y la mía con citas de mi autoría. La admiración y el orgullo son reales, demasiado reales para disimular el desgarre que produce en mí cada detalle de cariño, cada "te amo", cada vez que redescubro la profética anunciación de que aquella historia no ha llegado a su fin.
Pero, ¿guarda sentido lo que siento? ¿debo seguir permitiendo que ideas absurdas, aún más que las suyas, gobiernen mi estado de ánimo? Sé que no, no es racional y viola los principios que tan públicamente enarbolo; sería una inconsecuencia con lo que siempre he profesado al respecto.
Mantener la paz social a toda costa, es la misión a cumplir. A la final, no tengo hechos ni derechos qué reclamar...
Una frase, una pequeña oración bastó para exacerbar mi tranquilidad y recordar la resistencia original de mi voluntad. Comprendo por fin la sensación del amor pasado y su reproche, cuando en forma casi desquiciada torturaba su alma y la mía con citas de mi autoría. La admiración y el orgullo son reales, demasiado reales para disimular el desgarre que produce en mí cada detalle de cariño, cada "te amo", cada vez que redescubro la profética anunciación de que aquella historia no ha llegado a su fin.
Pero, ¿guarda sentido lo que siento? ¿debo seguir permitiendo que ideas absurdas, aún más que las suyas, gobiernen mi estado de ánimo? Sé que no, no es racional y viola los principios que tan públicamente enarbolo; sería una inconsecuencia con lo que siempre he profesado al respecto.
Mantener la paz social a toda costa, es la misión a cumplir. A la final, no tengo hechos ni derechos qué reclamar...
viernes, 16 de marzo de 2012
Namida
No he olvidado mi palabra empeñada en el amor que claramente le he profesado hasta este momento; ella jamás ha renunciado a su juramento sagrado, voto eterno que simboliza la convicción en un mundo mejor que le aguarda y al cual no acudiré por elección propia.
Maldigo a cada instante el fin del día, tarde que llenó de complaciente alegría mi corazón al recibir sus caricias sinceras (sí, sinceras totalmente, como hace mucho no percibían mis sentidos y mi literatura no declaraba) y la noche que culminó alejada de nuestra acostumbrada tristeza por la partida ya sabida.
Hubo lágrimas, verdadera exteriorización de la angustia que me produce el llanto de una mujer, el corazón afligido de mi compañera latía velozmente mientras la estupidez cargaba sobre mí el yugo de la culpa, el pesar de mis acciones reprochables (palabra empeñada, hombría a prueba) que recordaba a mi mente los pasajes de amor que sin temor ella expone al mundo... únicamente amor alberga la pureza de su espíritu y que ostento orgulloso cada día. No bastó tanta emoción recibida, el egoísmo rampante borró en un chasquido todo cuanto su aún inocente forma de amar me ha brindado; anhelé más, mucho más de lo usual.
¿Abusé de mi mayoría distante? ¿Fui acaso el dictador de su conducta? Posiblemente así revestí el tiempo en la obscuridad que nos envolvió como en ocasiones pasadas. Un atisbo de razón previo al desenlace irremediable fue lo que me contuvo, el sentirla ya mía en la cúspide del deseo desbordante me alejó de su virginidad; la romántica naturaleza de mi decisión pasada me impedía continuar hacia la profanación de su juventud enclaustrada en ideas absurdas que, sin embargo, juré defender como propias.
Bochorno femenino, humillación y desdén, el momento de la partida, repudio eterno y difamación futura: los hombres conocemos bien el destino que aguarda semejante decisión. No ocurrió, ella permaneció junto a mí. No obstante, todas sus dudas, lejos de disiparse, invadieron su mente hasta paralizarla de terror. Finalmente tomó sus cosas para marcharse del lugar acongojada, en un contraste de sensaciones que no logro dilucidar completamente.
"El único demonio amado", categoría atribuida por ella y que no deja de conmoverme cuando releo sus notas, como señal de lo que estuve a punto de perder en tres minutos de conversación. Siento que fui consecuente a la etiqueta amorosa, pero carezco de la gentileza suficiente que demanda su íntima convicción. No puedo producirle daño alguno, no lo merece.
He pensado devolverle la calma cotidiana que interrumpí con mi mezquindad durante las dieciocho lunas del mes fenecido, pero ¿no sería tal conducta aún más macabra? Un buen güisqui me dará le respuesta, sin duda. Hasta entonces.
Maldigo a cada instante el fin del día, tarde que llenó de complaciente alegría mi corazón al recibir sus caricias sinceras (sí, sinceras totalmente, como hace mucho no percibían mis sentidos y mi literatura no declaraba) y la noche que culminó alejada de nuestra acostumbrada tristeza por la partida ya sabida.
Hubo lágrimas, verdadera exteriorización de la angustia que me produce el llanto de una mujer, el corazón afligido de mi compañera latía velozmente mientras la estupidez cargaba sobre mí el yugo de la culpa, el pesar de mis acciones reprochables (palabra empeñada, hombría a prueba) que recordaba a mi mente los pasajes de amor que sin temor ella expone al mundo... únicamente amor alberga la pureza de su espíritu y que ostento orgulloso cada día. No bastó tanta emoción recibida, el egoísmo rampante borró en un chasquido todo cuanto su aún inocente forma de amar me ha brindado; anhelé más, mucho más de lo usual.
¿Abusé de mi mayoría distante? ¿Fui acaso el dictador de su conducta? Posiblemente así revestí el tiempo en la obscuridad que nos envolvió como en ocasiones pasadas. Un atisbo de razón previo al desenlace irremediable fue lo que me contuvo, el sentirla ya mía en la cúspide del deseo desbordante me alejó de su virginidad; la romántica naturaleza de mi decisión pasada me impedía continuar hacia la profanación de su juventud enclaustrada en ideas absurdas que, sin embargo, juré defender como propias.
Bochorno femenino, humillación y desdén, el momento de la partida, repudio eterno y difamación futura: los hombres conocemos bien el destino que aguarda semejante decisión. No ocurrió, ella permaneció junto a mí. No obstante, todas sus dudas, lejos de disiparse, invadieron su mente hasta paralizarla de terror. Finalmente tomó sus cosas para marcharse del lugar acongojada, en un contraste de sensaciones que no logro dilucidar completamente.
"El único demonio amado", categoría atribuida por ella y que no deja de conmoverme cuando releo sus notas, como señal de lo que estuve a punto de perder en tres minutos de conversación. Siento que fui consecuente a la etiqueta amorosa, pero carezco de la gentileza suficiente que demanda su íntima convicción. No puedo producirle daño alguno, no lo merece.
He pensado devolverle la calma cotidiana que interrumpí con mi mezquindad durante las dieciocho lunas del mes fenecido, pero ¿no sería tal conducta aún más macabra? Un buen güisqui me dará le respuesta, sin duda. Hasta entonces.
martes, 21 de febrero de 2012
Angustia, el gato montés y el amor de un café
¡Estúpido! ¡Mil veces estúpido! ¿No podía yo acaso simplemente vivir? La ausencia de levedad ha sido nuevamente causante de mi propia decepción. ¿Culpa? Solamente mía; la delgada línea entre sinceridad e imprudencia desapareció antes que mi café mientras tomé su mano para confesar las más íntimas reservas de mi ser. Lo que hasta entonces fue un coqueteo indirecto que ambos entendíamos, disfrutábamos y cuyos límites conocíamos, dejó de ser suficiente para mi conciencia egoísta que aspiraba a mayores emociones. Mostrando la osadía de un galán y el cuidado de un caballero, le hice saber de mi atracción por ella. Sé por experiencias acumuladas que su reacción fue sincera: no hubo colores en su rostro ni sonrisa sardónica de sorpresa, no... Había tocado su corazón en una forma especial y anhelada.
No tomó más de dos minutos el desviar nuestra atención a temas de menor importancia, restando cierta relevancia a lo que socialmente resultaba incómodo dada la concurrencia de los comensales. Fue durante el paseo posterior a la sobredosis de cafeína cuando ella decidió, en una rápida y espontánea sucesión de hechos adornados con música urbana en el interior de su vehículo, tomar mi mano contra la suya y sólo entonces subsanar la incomodidad de mi anterior atrevimiento con palabras similares, regocijándome en satisfacción. Nada empañó nuestra noche.
Sin la guía que Érato solía ofrecerme, la felicidad se volvió cuestión mía únicamente, apartado de cualquier expectativa más allá de la que mis propias acciones pudieran generar, aposté por la muchacha cuya compañía complacía todas mis horas. Lejos de cualquier intento de rectificación, el naciente lazo merecía la fortaleza de nuestras voluntades y ya caída la noche, apenas veinticuatro horas después, ella se sobrepuso a todo cálculo posible y esbozando el más dulce de los "te quiero", me besó en la obscuridad de la habitación, sellando lo que parecía el final de su vida erizada. Toda mi fortaleza tambalea y toda duda se disipa al escuchar aquellas dos palabras que conmueven al sollozante niño que habita en mi interior. Sus negros y largos cabellos reposaban sobre mis manos, las que los acariciaban casi criminalmente, robándose hasta el más pequeño hálito de fragancia, acaparando lo que serían futuros recuerdos y nada más.
Retribuí a su querer, tan esperado y que al fin podía contar orgulloso como mío; el calor de nuestro amor lo atestiguó y solamente ella le daría fin cuando llegase el momento definitivo (la cobardía de un adiós me sobrepasa)...
Malpómene, ¡cómo te maldigo, desgraciada! -Punto de quiebre literario, la tragedia anida en mi mente e inyecta mis manos con desengaño- Amor, amor, amor... así llaman los románticos a sus amantes. Así me llamó ella únicamente en el ocaso de nuestro idilio fugaz, al guardar la última pizca de energía solamente para iterar cuánto me quería. Acordamos olvidarnos uno al otro, despojar cualquier cariño que aún mantengan impregnados nuestros sentidos en pro de no causar daño. Se lo aclaré en forma lúcida: no tengo alma de mártir, pero gustoso llevaría la carga de su odio si así recuperase ella la tranquilidad que mi mezquindad arrebató a su inocencia. No accedió a mi petición, aquella mi última ofrenda, el más puro de los valores contados entre los occidentales cristianos: el sacrificio por amor.
Mi propia tara dramática corroe el espíritu de la muchacha clara mientras concluyo estas líneas en mi teclado, remojado en ya escasas lágrimas. ¿Qué será de ella? Cualquier posteridad es mejor que la ofrecida por mí. Un corazón de tan elevado enternecimiento requiere otro, joven y sano, que corresponda a sus anhelos de virtud.
¿Amor mío? Confieso que he faltado a mi palabra, pues aún te llaman así mis labios hoy, siendo este solamente otro martes casual y siendo yo no más que otro demonio a repudiar...
No tomó más de dos minutos el desviar nuestra atención a temas de menor importancia, restando cierta relevancia a lo que socialmente resultaba incómodo dada la concurrencia de los comensales. Fue durante el paseo posterior a la sobredosis de cafeína cuando ella decidió, en una rápida y espontánea sucesión de hechos adornados con música urbana en el interior de su vehículo, tomar mi mano contra la suya y sólo entonces subsanar la incomodidad de mi anterior atrevimiento con palabras similares, regocijándome en satisfacción. Nada empañó nuestra noche.
Sin la guía que Érato solía ofrecerme, la felicidad se volvió cuestión mía únicamente, apartado de cualquier expectativa más allá de la que mis propias acciones pudieran generar, aposté por la muchacha cuya compañía complacía todas mis horas. Lejos de cualquier intento de rectificación, el naciente lazo merecía la fortaleza de nuestras voluntades y ya caída la noche, apenas veinticuatro horas después, ella se sobrepuso a todo cálculo posible y esbozando el más dulce de los "te quiero", me besó en la obscuridad de la habitación, sellando lo que parecía el final de su vida erizada. Toda mi fortaleza tambalea y toda duda se disipa al escuchar aquellas dos palabras que conmueven al sollozante niño que habita en mi interior. Sus negros y largos cabellos reposaban sobre mis manos, las que los acariciaban casi criminalmente, robándose hasta el más pequeño hálito de fragancia, acaparando lo que serían futuros recuerdos y nada más.
Retribuí a su querer, tan esperado y que al fin podía contar orgulloso como mío; el calor de nuestro amor lo atestiguó y solamente ella le daría fin cuando llegase el momento definitivo (la cobardía de un adiós me sobrepasa)...
Malpómene, ¡cómo te maldigo, desgraciada! -Punto de quiebre literario, la tragedia anida en mi mente e inyecta mis manos con desengaño- Amor, amor, amor... así llaman los románticos a sus amantes. Así me llamó ella únicamente en el ocaso de nuestro idilio fugaz, al guardar la última pizca de energía solamente para iterar cuánto me quería. Acordamos olvidarnos uno al otro, despojar cualquier cariño que aún mantengan impregnados nuestros sentidos en pro de no causar daño. Se lo aclaré en forma lúcida: no tengo alma de mártir, pero gustoso llevaría la carga de su odio si así recuperase ella la tranquilidad que mi mezquindad arrebató a su inocencia. No accedió a mi petición, aquella mi última ofrenda, el más puro de los valores contados entre los occidentales cristianos: el sacrificio por amor.
Mi propia tara dramática corroe el espíritu de la muchacha clara mientras concluyo estas líneas en mi teclado, remojado en ya escasas lágrimas. ¿Qué será de ella? Cualquier posteridad es mejor que la ofrecida por mí. Un corazón de tan elevado enternecimiento requiere otro, joven y sano, que corresponda a sus anhelos de virtud.
¿Amor mío? Confieso que he faltado a mi palabra, pues aún te llaman así mis labios hoy, siendo este solamente otro martes casual y siendo yo no más que otro demonio a repudiar...
miércoles, 15 de febrero de 2012
Realm first (o la historia de cómo se interrumpió una vida erizada)
Esperé su llegada. Aun cuando las noticias de la tarde fueron una sorpresa desagradable que irritó y atemorizó en cierto grado mi mente, esperé... Ante el anuncio de la llegada, salí al recibimiento con la consigna de concluir rápidamente el día; el fastidio de la tragedia me impediría disfrutar de su grata presencia.
Chocolates y rosas... la ofrenda ablandó mi semblante y el ceño retomó su lugar de descanso. Agradecido entré al hogar, dispuesto a terminar la tarea planificada. Dispuse los materiales con prisa y empecé la larga lectura hasta verme interrumpido por sus pueriles gracias. Sentenció ella enérgicamente la imposibilidad de proseguir sin un incentivo azucarado que devuelva las energías notoriamente fugadas de mi organismo. Me negué rotundamente, recordando la promesa de temple necesario ante las venideras exigencias académicas. Finalmente accedí a sus insistencias de niña; un helado bastaría.
Resulta irónico colocarse detrás del volante con una ruta fijada de antemano y el tiempo medido, para que sea la noche y no la voluntad quien determine el destino. Atravesando el adoquinado en busca del postre recordé un capítulo desagradable y se lo hice saber al instante, produciendo ligera pero profunda discusión que llamó a unas inesperadas lágrimas. Ella intentó ocultar en silencio su llanto, mas el daño había sido muy obvio; toda mi dureza se desvanece ante una lágrima femenina.
La indulgencia requería compensación acorde y una fruta seca fue la excusa. Tomé su mano y le imprimí un beso, solicitando la aceptación de mis disculpas. Con la indiferencia característica de las mujeres, fingió que todo marchaba bien y prometió autocensura en el futuro. Sólo la materialización del día celebrado lograría salvarme de su taladrante indiferencia.
Llegados al lugar simulé desconocimiento para su tranquilidad y la consecusión de mi ya conocido direccionamiento de voluntades: escenario apropiado, veredicto favorable. Lo conseguí.
Christina deleitaba a los comensales con su sensual voz mientras nos disponíamos a brindar; sin proponérmelo inicialmente, había logrado encontrar a mi valentín de la noche. Supe por sus risas entrecortadas que la complacencia había despojado al pesar. Tres brindis duró el dulce licor y la satisfacción de una noche histórica se proyectó en su mirada. Opípara cena, sin duda alguna. No existió otra mesa en todo el lugar, sé que también ella así lo percibió. Una vida erizada había llegado a su fin, pero guardaba toda la emoción en su ser, no la revelaría en toda la noche.
Hubo llegado el momento de retomar las obligaciones abandonadas horas atrás. Así hicimos. El reloj avanzaba agotado y finalmente dimos por terminada la misión. Y al acogerla sobre mi regazo, la sentí segura. Las sonrisas cruzaron entre ambos... Sólo sonrisas, no más. Un instante, tan procurado anteriormente, se vislumbraba frente a mí y ante la cercanía de su rostro y con mis ojos anclados en sus labios, opté por recular.
Una vida erizada concluyó aquella noche, es verdad, mas otra aún persistía...
Chocolates y rosas... la ofrenda ablandó mi semblante y el ceño retomó su lugar de descanso. Agradecido entré al hogar, dispuesto a terminar la tarea planificada. Dispuse los materiales con prisa y empecé la larga lectura hasta verme interrumpido por sus pueriles gracias. Sentenció ella enérgicamente la imposibilidad de proseguir sin un incentivo azucarado que devuelva las energías notoriamente fugadas de mi organismo. Me negué rotundamente, recordando la promesa de temple necesario ante las venideras exigencias académicas. Finalmente accedí a sus insistencias de niña; un helado bastaría.
Resulta irónico colocarse detrás del volante con una ruta fijada de antemano y el tiempo medido, para que sea la noche y no la voluntad quien determine el destino. Atravesando el adoquinado en busca del postre recordé un capítulo desagradable y se lo hice saber al instante, produciendo ligera pero profunda discusión que llamó a unas inesperadas lágrimas. Ella intentó ocultar en silencio su llanto, mas el daño había sido muy obvio; toda mi dureza se desvanece ante una lágrima femenina.
La indulgencia requería compensación acorde y una fruta seca fue la excusa. Tomé su mano y le imprimí un beso, solicitando la aceptación de mis disculpas. Con la indiferencia característica de las mujeres, fingió que todo marchaba bien y prometió autocensura en el futuro. Sólo la materialización del día celebrado lograría salvarme de su taladrante indiferencia.
Llegados al lugar simulé desconocimiento para su tranquilidad y la consecusión de mi ya conocido direccionamiento de voluntades: escenario apropiado, veredicto favorable. Lo conseguí.
Christina deleitaba a los comensales con su sensual voz mientras nos disponíamos a brindar; sin proponérmelo inicialmente, había logrado encontrar a mi valentín de la noche. Supe por sus risas entrecortadas que la complacencia había despojado al pesar. Tres brindis duró el dulce licor y la satisfacción de una noche histórica se proyectó en su mirada. Opípara cena, sin duda alguna. No existió otra mesa en todo el lugar, sé que también ella así lo percibió. Una vida erizada había llegado a su fin, pero guardaba toda la emoción en su ser, no la revelaría en toda la noche.
Hubo llegado el momento de retomar las obligaciones abandonadas horas atrás. Así hicimos. El reloj avanzaba agotado y finalmente dimos por terminada la misión. Y al acogerla sobre mi regazo, la sentí segura. Las sonrisas cruzaron entre ambos... Sólo sonrisas, no más. Un instante, tan procurado anteriormente, se vislumbraba frente a mí y ante la cercanía de su rostro y con mis ojos anclados en sus labios, opté por recular.
Una vida erizada concluyó aquella noche, es verdad, mas otra aún persistía...
domingo, 15 de enero de 2012
Dos heridas
**Texto del 14 de abril de 2011**
Y mis heridas latían incesantemente, ahondando la sensibilidad de mi piel expuesta. Podía soportarlo, fue un combate casi justo...
Mas no fue el dolor del desgarramiento lo que mantenía sometida mi tranquilidad e incómoda mi alma, no. La súbita partida de mi razón, de todas mis razones, producía la fuga vertiginosa de lágrimas que el pañuelo más extenso veía imposible de enjugar.
Es cierto que no te escurres de mi vida, ni hemos apostado al fracaso de la separación, pero cómo pesan los minutos estériles de tu presencia, de ti, mi persona favorita. ¿Es que el tiempo me ha convertido en frágil dependiente? Ciertamente no. El robusto sostén de nuestro amor halló en mí el más fértil de los recipientes, germinando hacia cada acto y pensamiento, trazar cada día una nueva línea de colorido horizonte. ¿Iterado? ¿Burgués? Solamente tu corazón tiene la virtud amante de redescubrir mis ideas, de hilar muy fino hasta el sentido mismo de la devoción perenne en mi literatura. No necesitarías mayor ni estrepitosa muestra, pero mi espíritu busca la oportunidad mínima para derramarse sobre el papel en forma de letras, confesando su más íntima pasión: tú.
Partes por tan poco tiempo y siento que la ausencia es milenaria. Casi puedo escuchar el zumbido lejano del ave de acero llevándote hacia el mar. Ingenuamente veo arriba, engaño a mi mente y pretendo que devuelves con tu mano la señal de despedida que arrojo a las nubes.
Te extraño desde ya, amor mío.
No importa el cielo que mires, nuestro Reino está a tu alcance...
Y mis heridas latían incesantemente, ahondando la sensibilidad de mi piel expuesta. Podía soportarlo, fue un combate casi justo...
Mas no fue el dolor del desgarramiento lo que mantenía sometida mi tranquilidad e incómoda mi alma, no. La súbita partida de mi razón, de todas mis razones, producía la fuga vertiginosa de lágrimas que el pañuelo más extenso veía imposible de enjugar.
Es cierto que no te escurres de mi vida, ni hemos apostado al fracaso de la separación, pero cómo pesan los minutos estériles de tu presencia, de ti, mi persona favorita. ¿Es que el tiempo me ha convertido en frágil dependiente? Ciertamente no. El robusto sostén de nuestro amor halló en mí el más fértil de los recipientes, germinando hacia cada acto y pensamiento, trazar cada día una nueva línea de colorido horizonte. ¿Iterado? ¿Burgués? Solamente tu corazón tiene la virtud amante de redescubrir mis ideas, de hilar muy fino hasta el sentido mismo de la devoción perenne en mi literatura. No necesitarías mayor ni estrepitosa muestra, pero mi espíritu busca la oportunidad mínima para derramarse sobre el papel en forma de letras, confesando su más íntima pasión: tú.
Partes por tan poco tiempo y siento que la ausencia es milenaria. Casi puedo escuchar el zumbido lejano del ave de acero llevándote hacia el mar. Ingenuamente veo arriba, engaño a mi mente y pretendo que devuelves con tu mano la señal de despedida que arrojo a las nubes.
Te extraño desde ya, amor mío.
No importa el cielo que mires, nuestro Reino está a tu alcance...
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