martes, 21 de febrero de 2012

Angustia, el gato montés y el amor de un café

¡Estúpido! ¡Mil veces estúpido! ¿No podía yo acaso simplemente vivir? La ausencia de levedad ha sido nuevamente causante de mi propia decepción. ¿Culpa? Solamente mía; la delgada línea entre sinceridad e imprudencia desapareció antes que mi café mientras tomé su mano para confesar las más íntimas reservas de mi ser. Lo que hasta entonces fue un coqueteo indirecto que ambos entendíamos, disfrutábamos y cuyos límites conocíamos, dejó de ser suficiente para mi conciencia egoísta que aspiraba a mayores emociones. Mostrando la osadía de un galán y el cuidado de un caballero, le hice saber de mi atracción por ella. Sé por experiencias acumuladas que su reacción fue sincera: no hubo colores en su rostro ni sonrisa sardónica de sorpresa, no... Había tocado su corazón en una forma especial y anhelada.

No tomó más de dos minutos el desviar nuestra atención a temas de menor importancia, restando cierta relevancia a lo que socialmente resultaba incómodo dada la concurrencia de los comensales. Fue durante el paseo posterior a la sobredosis de cafeína cuando ella decidió, en una rápida y espontánea sucesión de hechos adornados con música urbana en el interior de su vehículo, tomar mi mano contra la suya y sólo entonces subsanar la incomodidad de mi anterior atrevimiento con palabras similares, regocijándome en satisfacción. Nada empañó nuestra noche.

Sin la guía que Érato solía ofrecerme, la felicidad se volvió cuestión mía únicamente, apartado de cualquier expectativa más allá de la que mis propias acciones pudieran generar, aposté por la muchacha cuya compañía complacía todas mis horas. Lejos de cualquier intento de rectificación, el naciente lazo merecía la fortaleza de nuestras voluntades y ya caída la noche, apenas veinticuatro horas después, ella se sobrepuso a todo cálculo posible y esbozando el más dulce de los "te quiero", me besó en la obscuridad de la habitación, sellando lo que parecía el final de su vida erizada. Toda mi fortaleza tambalea y toda duda se disipa al escuchar aquellas dos palabras que conmueven al sollozante niño que habita en mi interior. Sus negros y largos cabellos reposaban sobre mis manos, las que los acariciaban casi criminalmente, robándose hasta el más pequeño hálito de fragancia, acaparando lo que serían futuros recuerdos y nada más.

Retribuí a su querer, tan esperado y que al fin podía contar orgulloso como mío; el calor de nuestro amor lo atestiguó y solamente ella le daría fin cuando llegase el momento definitivo (la cobardía de un adiós me sobrepasa)...

Malpómene, ¡cómo te maldigo, desgraciada! -Punto de quiebre literario, la tragedia anida en mi mente e inyecta mis manos con desengaño- Amor, amor, amor... así llaman los románticos a sus amantes. Así me llamó ella únicamente en el ocaso de nuestro idilio fugaz, al guardar la última pizca de energía solamente para iterar cuánto me quería. Acordamos olvidarnos uno al otro, despojar cualquier cariño que aún mantengan impregnados nuestros sentidos en pro de no causar daño. Se lo aclaré en forma lúcida: no tengo alma de mártir, pero gustoso llevaría la carga de su odio si así recuperase ella la tranquilidad que mi mezquindad arrebató a su inocencia. No accedió a mi petición, aquella mi última ofrenda, el más puro de los valores contados entre los occidentales cristianos: el sacrificio por amor.

Mi propia tara dramática corroe el espíritu de la muchacha clara mientras concluyo estas líneas en mi teclado, remojado en ya escasas lágrimas. ¿Qué será de ella? Cualquier posteridad es mejor que la ofrecida por mí. Un corazón de tan elevado enternecimiento requiere otro, joven y sano, que corresponda a sus anhelos de virtud.

¿Amor mío? Confieso que he faltado a mi palabra, pues aún te llaman así mis labios hoy, siendo este solamente otro martes casual y siendo yo no más que otro demonio a repudiar...

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