martes, 19 de junio de 2012

Un te amo cuatripartito

La noche fue perfecta, hacía mucho que no huíamos sigilosamente de la rutina para enrumbarnos hacia la simpleza de un paseo perfecto: tomados de la mano en dirección de la marea que recordaba aquel baile inmortalizado en nuestras mentes y con la lluvia como cobija.

El plan original resultó frustrado por fuerza mayor y el pesimismo anidó esta vez no en su corazón, sino en el mío. Ella, con la dulzura propia de los tiernos años que lleva encima, logró calmarme al entralazar nuestros dedos y besarme, haciéndome sentir hondamente la presencia amorosa de su ser. Accedió a la proposición adolescente de un par de batidos en los escalones del cerro, como si fuéramos unos neófitos en la conquista que buscaban los más transparentes deseos de sus corazones.

-Te amaré toda la vida- fueron sus palabras revestidas de calidez, la misma que acompaña sus oraciones de amor desde hace ya varias lunas. No existe literatura conocida que pueda plasmar la amalgama de sensaciones que recorre mi cuerpo al momento de corresponderle, haciéndole saber mi voluntad perpetua de amarla, de llegar a creer que existen eternidades más allá de mi entendimiento en las cuales poder hacerla feliz hasta que el universo llegue a su fin.

Cada paso de descenso se convirtió en medra de mis anhelos, reconociendo que jamás antes había conocido yo amor tan puro como el ofrecido por la eriza, amor que congela la rabia y estremece mis entrañas; de aquellos que uno sabe, son verdaderos. Elegí de escenario un paisaje que nos era familiar, el aroma del sedimento fluvial se impregnó en nuestras camisetas sonrientes mientras su cintura desaparecía entre mis brazos y, al oído pude confesarle que toda mi vida había esperado por ella. Así como en mis sueños la sostuve contra mi pecho mientras la fragancia de sus cabellos era absorbida disimuladamente por mis sentidos.

Otras noches contadas por miles nos aguardan, lo sé. Estoy listo a enfrentar el fin del mundo para ganar el privilegio de su sonrisa amante, de compartir mis días en dicha sin fin junto a ella, mi compañera, la elegida por mi corazón. Finalmente puedo amar sin temor al mañana, emprender la ruta trazada y ostentar el título tan deseado por los hombres del mundo: feliz.

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