No tengo cómo librarme de aquello, sobre todo al poseer acceso libre e inmediato cada vez que la curiosidad morbosa y desconfiada me invita a echar un vistazo. Es algo horrible que intranquiliza y degenera los sentimientos, una ola de celos rabiosos que invaden mi cuerpo y mi mente, llevándose toda mi calma en un chasquido malévolo.
¿Qué hago contigo, pequeño tesoro? No puedo devolverte al hoyo del cual te saqué, el precio es muy elevado. Tampoco puedo entregarte a otro, no después de haberme sido útil todo este tiempo. ¿Cómo evito la malicia que tu existencia revuelve dentro de mí? Seguramente debería nada más ignorarte, dejar de darte mayor importancia que la de tu fin: comunicación con otros seres de tecnología similar.
Me has servido bien, ya lo he dicho, no es menos cierto que jamás pensé en ti como un arma de desafío, una fuente de angustia, un manantial de veneno. Horas interminables paso contemplándote, como en tiempos pasados hice con un primo tuyo, acechando cada paso de mi presa quien, inadvertida y descarada, alardeaba de su malhadada virtud femenina para conjugar perfectamente los celos y la necesidad en los hombres. Tú no existías aún y sin embargo te has vuelto más peligroso que cualquiera de tus análogos, tú marcas las horas y los amigos, eres el demonio en carne viva.
Veo avanzar las huellas de tus minutos que queman mis retinas con cada confirmación, así como un pasaporte al que sellan por sus movimientos migratorios. Intento que queme menos, pero las llagas se abren cuando decido observar aquella vieja imagen que conservé como un recuerdo cariñoso.
Una vez más... ¿qué carajo hago contigo...?
No hay comentarios:
Publicar un comentario