Cierro la puerta detrás de mí y tú volteas, ahora con la ventana encarando tu espalda y el rojo de tus labios recibiéndome a cuatro metros que parecen milímetros. Me ofreces una copa mientras cubres con ritmo sereno el pecho derecho que asoma fuera de la bata antes de tiempo. Dejo mi leva sobre el perchero y tomo la copa ofrecida mientras me siento sobre la cama de proporciones aristocráticas y tan suave como sus sábanas casi traslúcidas, tal como lo indicas. Sirves el sauvignon blanc con delicadeza y te sientas a mi izquierda, cruzando la pierna derecha que queda expuesta hasta la mitad del muslo. Me estás seduciendo rampantemente y lo sabes. Brindamos sin bajar la mirada y me quito la corbata alegando un inexistente calor que me sofoca.
Te sientes tan libre en nuestro encuentro que acercas tus labios lentamente y me besas sin vacilar, primero con timidez, luego con decisión. Tomo las copas y las arrojo hacia el inevitable rompimiento para corresponder al gesto. Paso tus cabellos por detrás de tu oreja y rozo tu mejilla izquierda con dos dedos; siento cómo tu pasión se eleva en el beso. Con la mano izquierda recorro tu muslo expuesto desde la rodilla hacia arriba, concluyendo en una elipse hacia el interior. Escucho un gemido leve surgido del encuentro de nuestras lenguas, ellas están haciendo el amor por su cuenta.
Abro los ojos y me alejo lentamente de tus labios sólo para descubrir cómo se han hinchado tus pechos perfectos, indicándome que estás lista para continuar. Sabes bien cuánto me gustan, así que los desnudas ante mi presencia, haciéndome saber que están tan ansiosos como yo, desean descansar pronto sobre mi tórax. Me tumbas sobre las sábanas delicadas mientras abres mi camisa con impaciencia y besas mi pecho agitado, jugueteando hacia mi abdomen con tu lengua. Te tomo de las caderas para colocarte totalmente sobre mí y corresponder a los gestos amantes; ese primer encuentro de nuestros sexos, uno sobre el otro, vuelve incómoda la existencia de las escasas prendas que aún los separan. De pronto te detienes sin dejar de mirarme y te acercas hasta mi oído para susurrarme en forma casi imperceptible “hazme el amor”. Es entonces cuando me incorporo parcialmente y permanezco sentado contigo sobre mí, para besarte apasionadamente, remover totalmente la bata de tu cuerpo y clamar como míos los pechos que me han sido esquivos tanto tiempo y que ahora beso, muerdo y succiono con vigor; sé que lo disfrutas, las marcas que tus uñas dejan sobre mi espalda lo corroboran. Ahora es mi turno y deposito tu cuerpo sobre la cama, librándome del pantalón y el interior que tan sólo retrasan la gloria. Con gesto muy femenino levantas tus piernas delante de mí y remuevo tu panty, la frontera final. Me acomodo sobre ti, asegurando el roce de tus pezones contra mi pecho para satisfacción mutua y mis piernas invaden sin resistencia el espacio entre las tuyas. Te miro a los ojos por última vez y pasas la lengua por tu labio superior, invitándome ansiosa a morar en tu interior. A la primera embestida me aprisionas con tus piernas; a la segunda extiendes los brazos sobre la cama y exhalas; a la tercera me abrazas y gimes con pasión; para la quincuagésima embestida mi espalda luce como un campo de guerra a raíz de los rasguños infinitos que la decoran y tus ojos han apuntado hacia arriba al punto de volverse blancos. Brindas al escenario un último alarido de placer antes de relajar las extremidades y abrirlas para refrescarte... He recorrido de memoria los secretos de tus entrañas y dejado mi marca masculina en sus paredes. Te ruborizas y me besas infantilmente. Me retiro victorioso de tu interior para colocarme a tu lado; todo el sudor producido no es impedimento para que la mitad de tu cuerpo descanse sobre la mitad del mío y agotados, seamos recogidos por el sueño, no sin antes dedicarme tu oración final: “¿Vio que fue genial, mi abogado?”.