viernes, 21 de agosto de 2015

Tradición ficta

Una amaderada y espaciosa habitación con la temperatura templada alberga mi deseo: tú. El paisaje alrededor corresponde a las montañas, pues lo seco del clima y la ausencia de sol potente indican lejanía de costa alguna. Allí estás, apoyada sobre el alféizar de la única ventana en la habitación, sosteniendo una copa de vino blanco y envuelta desde el cuello a los pies en una bata de encaje negro que muestra tus cabellos largos y deja ver, tímidamente, los tacones altos que resuenan mientras esperas de espaldas a la puerta. En ese momento ingreso al lugar y apenas giras la cabeza para sonreír y beber un sorbo final. Admito con una mirada el asombro que siento al contemplar las curvas delineadas debajo de la tela obscura; no he ocultado jamás la fascinación discreta que me causa tu contoneo al caminar, sin embargo la distancia escasa de los marcos de tu piel acelera el pulso y estimula mis nervios.

Cierro la puerta detrás de mí y tú volteas, ahora con la ventana encarando tu espalda y el rojo de tus labios recibiéndome a cuatro metros que parecen milímetros. Me ofreces una copa mientras cubres con ritmo sereno el pecho derecho que asoma fuera de la bata antes de tiempo. Dejo mi leva sobre el perchero y tomo la copa ofrecida mientras me siento sobre la cama de proporciones aristocráticas y tan suave como sus sábanas casi traslúcidas, tal como lo indicas. Sirves el sauvignon blanc con delicadeza y te sientas a mi izquierda, cruzando la pierna derecha que queda expuesta hasta la mitad del muslo. Me estás seduciendo rampantemente y lo sabes. Brindamos sin bajar la mirada y me quito la corbata alegando un inexistente calor que me sofoca.

Te sientes tan libre en nuestro encuentro que acercas tus labios lentamente y me besas sin vacilar, primero con timidez, luego con decisión. Tomo las copas y las arrojo hacia el inevitable rompimiento para corresponder al gesto. Paso tus cabellos por detrás de tu oreja y rozo tu mejilla izquierda con dos dedos; siento cómo tu pasión se eleva en el beso. Con la mano izquierda recorro tu muslo expuesto desde la rodilla hacia arriba, concluyendo en una elipse hacia el interior. Escucho un gemido leve surgido del encuentro de nuestras lenguas, ellas están haciendo el amor por su cuenta.

Abro los ojos y me alejo lentamente de tus labios sólo para descubrir cómo se han hinchado tus pechos perfectos, indicándome que estás lista para continuar. Sabes bien cuánto me gustan, así que los desnudas ante mi presencia, haciéndome saber que están tan ansiosos como yo, desean descansar pronto sobre mi tórax. Me tumbas sobre las sábanas delicadas mientras abres mi camisa con impaciencia y besas mi pecho agitado, jugueteando hacia mi abdomen con tu lengua. Te tomo de las caderas para colocarte totalmente sobre mí y corresponder a los gestos amantes; ese primer encuentro de nuestros sexos, uno sobre el otro, vuelve incómoda la existencia de las escasas prendas que aún los separan. De pronto te detienes sin dejar de mirarme y te acercas hasta mi oído para susurrarme en forma casi imperceptible “hazme el amor”. Es entonces cuando me incorporo parcialmente y permanezco sentado contigo sobre mí, para besarte apasionadamente, remover totalmente la bata de tu cuerpo y clamar como míos los pechos que me han sido esquivos tanto tiempo y que ahora beso, muerdo y succiono con vigor; sé que lo disfrutas, las marcas que tus uñas dejan sobre mi espalda lo corroboran. Ahora es mi turno y deposito tu cuerpo sobre la cama, librándome del pantalón y el interior que tan sólo retrasan la gloria. Con gesto muy femenino levantas tus piernas delante de mí y remuevo tu panty, la frontera final. Me acomodo sobre ti, asegurando el roce de tus pezones contra mi pecho para satisfacción mutua y mis piernas invaden sin resistencia el espacio entre las tuyas. Te miro a los ojos por última vez y pasas la lengua por tu labio superior, invitándome ansiosa a morar en tu interior. A la primera embestida me aprisionas con tus piernas; a la segunda extiendes los brazos sobre la cama y exhalas; a la tercera me abrazas y gimes con pasión; para la quincuagésima embestida mi espalda luce como un campo de guerra a raíz de los rasguños infinitos que la decoran y tus ojos han apuntado hacia arriba al punto de volverse blancos. Brindas al escenario un último alarido de placer antes de relajar las extremidades y abrirlas para refrescarte... He recorrido de memoria los secretos de tus entrañas y dejado mi marca masculina en sus paredes. Te ruborizas y me besas infantilmente. Me retiro victorioso de tu interior para colocarme a tu lado; todo el sudor producido no es impedimento para que la mitad de tu cuerpo descanse sobre la mitad del mío y agotados, seamos recogidos por el sueño, no sin antes dedicarme tu oración final: “¿Vio que fue genial, mi abogado?”.

jueves, 7 de mayo de 2015

La niña bella

Con cada día es menos niña y más bella. Mi tacto la reconoce ya mujer y mis ojos la confirman en su gracia radiante; su rápido ascenso hacia el altar de mis afectos se impulsó entre los lunares cautivadores y algunas copas de vino, desde una infusión humeante hasta minutos derramados en Kierkegaard y Sinatra. Fue la noche, pero no la estrellada de los cuentos infantiles ni la fría de las novelas adultas, sino la peligrosa, de la que hay que cuidarse a cuenta doble por prescripción de Carrara. Fue la obscuridad sentida como ajena, la soledad que cada ocaso conjugaba el corazón con los segunderos, la causante de nuestros arrebatos.

¿Cuántas lunas fueron nuestras? Perdí la cuenta al llegar los amaneceres sucesivos que anunciaron despedidas inquietas y sed temprana. El aroma de sus tenues filamentos negros dejó sobre la piel los recuerdos de aquella mueca singular que, sin conseguirlo, pretendí imitar para comprensión clara del origen de mis sonrisas al observarla mirándome con incredulidad o enojo. Jamás conseguí culminar con éxito la imitación de tal distintivo, sin embargo me hice con sus besos reiterados como premio al esfuerzo.

La niña bella descansa hoy en mi memoria, junto al último beso impulsado desde los tacones negros que alejándose con pesar, no he vuelto a oír ni en la más obscura de las noches. Más allá de los epítetos amorosos que podría dirigirle desde los recuerdos placenteros, entre mis brazos simplemente fue… la niña bella.