Andrey, así fui nombrado desde el momento de mi nacimiento, nombre elegido por mis padres en tributo al gran canciller de la antigua Unión Soviética. El hecho de portar tan honroso nombre parecía desde ya enrumbarme definitivamente hacia la defensa del pueblo y la clase obrera.
Viví mis primeros años en Milagro, en una pequeña casa no muy alejada del hogar de mis abuelos maternos, a quienes visitaba con frecuencia. Fue en aquella ciudad donde aprendí las primeras letras de la mano de mi tía Lídice: cada tarde me enseñaba el abecedario de principio a fin, una y otra vez. Gratos recuerdos guardo de aquellos años.
Mi familia se mudó a Guayaquil y comenzó allí mi fructífera educación. El inicio de mi instrucción primaria se dio en la preparatoria de la Escuela Jardín Presidente Alfaro, mi amada escuela, en el año de 1990. Estudié y cultivé el intelecto durante seis años en aquel gran y hermoso templo de ciencia: llegué a dominar la lectura, la palabra, oratoria y sobre todo la escritura, la cual ostento en cada línea. Ése es sin duda, el más grande legado que recibí de mi gran maestra, la Lcda. Ada Quintero Estrada de Aguirre, hoy ya en la edad provecta. El amor por la lectura y la sed de conocimiento fueron los rasgos principales de mi educación durante aquel tiempo.
Pero fue una calurosa noche de invierno la que definió en adelante mi vida. Me encontraba de vacaciones en Milagro y contaba apenas cinco años cuando mi abuela decidió llevarme a una misa nocturna en la catedral de la ciudad; como no tenía nada qué hacer a mi escasa edad, la acompañé sin vacilación. Viene siempre a mi memoria de manera muy fresca cuando, al volver ambos a casa, mi abuelo nos esperaba notoriamente molesto; reprendió fuertemente a la abuela por haberme llevado a “esa pendejada” y él decidió entonces hacerse cargo de mí durante la estadía vacacional. Y fue así como conocí los libros: el maravilloso mundo de la biblioteca de mi abuelo que a partir de ese momento no dejé de visitar, me cautivó por su tamaño, aroma y escasa iluminación natural. En cada descanso escolar volvía a Milagro a ayudar a mi abuelo con la limpieza de su amada biblioteca. Supe así de su vida, su dedicación y su imagen ante la sociedad milagreña: “don Johnny” lo llamaban, el poeta más grande nacido en la ciudad y muy querido entre los intelectuales y trabajadores.
A la par con aquello y mientras duraba el periodo escolar, solía ir con mi madre por las noches a nuestra librería ubicada en el centro de la ciudad y fue en aquel lugar donde me inicié en las revistas para niños “Misha”, de edición soviética y distribuidas en todo el mundo para el aprendizaje de los infantes en torno a las ciencias y al desarrollo social. Tuve entonces mi primer acercamiento al marxismo, tímido y escaso, pero a larga comprometedor.
En enero de 1996 falleció mi abuela materna y todavía lo recuerdo como el evento más triste de mi vida, del cual no diré nada más. Al año siguiente, a mediados de abril, muere mi abuelo materno mientras me encontraba viviendo en Quito, lo cual me impidió asistir a su funeral, muy sencillo, tal como él lo había solicitado parafraseando a Machado: “Para enterrar a un hombre, basta una sábana”.
Mi vida en Quito duró 9 meses, tiempo en el cual hice de nuevo el sexto grado debido a la diferencia de periodos académicos en relación a la Costa. Volví a Guayaquil a mediados de 1997 y empecé el primer año de secundaria en el Centro Educativo Centenario, a escasas cuadras de nuestro nuevo hogar. El paso trascendental por la secundaria se dio en al año siguiente, cuando ingresé al Colegio Cristóbal Colón. Fue desde ese momento que mi vida tuvo un giro: un muchacho de trece años, ateo y con formación filosófica marxista (aunque no desarrollada del todo) se inmiscuía en el riguroso mundo de la educación clerical, lo cual, confieso, me producía un sentimiento de orgullo y soberbia indescriptibles.
Recuerdo haber sido literalmente amenazado por las autoridades con negarme la matrícula para otro periodo en el colegio si me negaba a asistir a las convivencias religiosas, a las misas, etc. e inclusive, me vi forzado a realizar la llamada “Confirmación” como requisito para optar a la exclusiva especialización de Informática, la misma que inicié en el primer año del bachillerato, a inicios del año 2000.
Encontrándome ya en el último año de la secundaria, diariamente devoraba los libros de historia, de política y de marxismo con los que contaba en casa, lo cual despertó definitivamente mi vocación, ampliando mi conciencia y sensibilidad social. Fue así como luego de terminado el colegio, no volví a dedicarme a la informática, en su lugar me inscribí en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, bajo la idea de que la mejor forma de servir a los trabajadores, campesinos, artesanos, técnicos y profesionales sería mediante el ejercicio de la abogacía.
Mis primeros años en la Facultad de Derecho de una universidad privada se vieron marcados por las notables diferencias de pensamiento entre los compañeros provenientes de las más acomodadas clases sociales de la ciudad y yo, situación similar con los profesores de las diversas ramas, salvo excepciones inolvidables como el Dr. Ramiro Larrea Santos, gran maestro y ser humano con un pensamiento admirable y ejemplar.
Fue también en las aulas de la facultad donde conocí finalmente aquello que creía inalcanzable para mí: el amor. Me enamoré profundamente de una compañera de clase que sería en lo futuro mi amante, compañera de ideas, de lucha y de militancia: compañera de vida, mi Mónica Andrea.
Mis ideas sobre el cambio radical que requerían las estructuras del estado, con todo lo aprendido en los libros, debía ahora manifestarse como lo había indicado Lenin: “de la teoría a la política” y fue así como ingresé a las filas de la Juventud Comunista del Ecuador, dentro de la cual llegué a ser dirigente provincial y pude así ejercer la militancia en pro de las necesarias reformas sociales, económicas y políticas del país.
Milité en la JCE cerca de dos años, hasta que diferencias con la dirigencia nacional motivaron mi pasividad, mas no renuncia, en las filas. Actualmente me encuentro en militancia pasiva, lo que no me permite ejercer cargos de dirigencia más que el de la célula que dirijo en la universidad.
Llegado el año 2006, me sumé naturalmente a la corriente política del ahora compañero Presidente de la República, con lo cual reafirmé mi compromiso de servir al pueblo y a los trabajadores. Vivimos días y noches de campaña en diversos círculos hasta por fin obtener la ansiada victoria.
Este es ya mi último año en la carrera de Derecho, luego del cual pretendo realizar especialidades en el campo del Derecho Penal, Laboral, Público y Económico. Aspiro asimismo ejercer algún cargo público que me permita contribuir con la reconstrucción de la Patria en menor o mayor grado, de acuerdo a los requerimientos exigidos. Por el momento, continúo como asistente legal en el estudio jurídico de mi padre, hasta lograr el título de abogado y obtener así la tan anhelada independencia económica.
Guayaquil, enero 7 de 2008