miércoles, 15 de febrero de 2012

Realm first (o la historia de cómo se interrumpió una vida erizada)

Esperé su llegada. Aun cuando las noticias de la tarde fueron una sorpresa desagradable que irritó y atemorizó en cierto grado mi mente, esperé... Ante el anuncio de la llegada, salí al recibimiento con la consigna de concluir rápidamente el día; el fastidio de la tragedia me impediría disfrutar de su grata presencia.

Chocolates y rosas... la ofrenda ablandó mi semblante y el ceño retomó su lugar de descanso. Agradecido entré al hogar, dispuesto a terminar la tarea planificada. Dispuse los materiales con prisa y empecé la larga lectura hasta verme interrumpido por sus pueriles gracias. Sentenció ella enérgicamente la imposibilidad de proseguir sin un incentivo azucarado que devuelva las energías notoriamente fugadas de mi organismo. Me negué rotundamente, recordando la promesa de temple necesario ante las venideras exigencias académicas. Finalmente accedí a sus insistencias de niña; un helado bastaría.

Resulta irónico colocarse detrás del volante con una ruta fijada de antemano y el tiempo medido, para que sea la noche y no la voluntad quien determine el destino. Atravesando el adoquinado en busca del postre recordé un capítulo desagradable y se lo hice saber al instante, produciendo ligera pero profunda discusión que llamó a unas inesperadas lágrimas. Ella intentó ocultar en silencio su llanto, mas el daño había sido muy obvio; toda mi dureza se desvanece ante una lágrima femenina.

La indulgencia requería compensación acorde y una fruta seca fue la excusa. Tomé su mano y le imprimí un beso, solicitando la aceptación de mis disculpas. Con la indiferencia característica de las mujeres, fingió que todo marchaba bien y prometió autocensura en el futuro. Sólo la materialización del día celebrado lograría salvarme de su taladrante indiferencia.

Llegados al lugar simulé desconocimiento para su tranquilidad y la consecusión de mi ya conocido direccionamiento de voluntades: escenario apropiado, veredicto favorable. Lo conseguí.

Christina deleitaba a los comensales con su sensual voz mientras nos disponíamos a brindar; sin proponérmelo inicialmente, había logrado encontrar a mi valentín de la noche. Supe por sus risas entrecortadas que la complacencia había despojado al pesar. Tres brindis duró el dulce licor y la satisfacción de una noche histórica se proyectó en su mirada. Opípara cena, sin duda alguna. No existió otra mesa en todo el lugar, sé que también ella así lo percibió. Una vida erizada había llegado a su fin, pero guardaba toda la emoción en su ser, no la revelaría en toda la noche.

Hubo llegado el momento de retomar las obligaciones abandonadas horas atrás. Así hicimos. El reloj avanzaba agotado y finalmente dimos por terminada la misión. Y al acogerla sobre mi regazo, la sentí segura. Las sonrisas cruzaron entre ambos... Sólo sonrisas, no más. Un instante, tan procurado anteriormente, se vislumbraba frente a mí y ante la cercanía de su rostro y con mis ojos anclados en sus labios, opté por recular.

Una vida erizada concluyó aquella noche, es verdad, mas otra aún persistía...

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