martes, 19 de junio de 2012

Demonio onírico

Una larga siesta terminaba, nos dispusimos a salir como era costumbre, atravesar la ciudad en búsqueda de alguna actividad divertida mientras caía la noche. Fue entonces que se me ocurrió ir hasta el lugar de mis orígenes, mostrarle a ella mi procedencia, a sabiendas de que un demonio del pasado rondaría el lugar en una de sus interminables noches de alcohol y mujeres a las que se ha encontrado siempre ligado.

El reloj marcaba las diecisiete horas treinta cuando tomé su mano y la conduje hasta el vehículo. A media marcha noté cierta intranquilidad en ella, de esa que hace que me mire de reojo mientras responde a su móvil. A pesar de lo perturbador, continué el camino y llegamos hasta el destino señalado. El paisaje no le era familiar, jamás ella había pisado aquel barrio popular en el cual aprendí el juego de las canicas hacía ya más de veinte años y al cual volvía una vez más, solamente para compartir los íntimos sentimientos de mi pasado.

Caminamos unos cuantos metros y allí, tras la casa que aún conservaba su pintura amarilla, nos vimos frente a la villa nueve de la manzana doscientos seis efe, la pequeña morada que hasta hoy sigue siendo la única que mi familia ha tenido como propia. Le conté con nostalgia cómo jugaba yo en aquella peatonal, trepando el árbol de mango que hoy no existe más y que era la primera imagen que uno recibía al abrir la puerta de entrada. Le hice saber de mis travesuras de pequeño, corriendo de un lado a otro y de cómo ir a la tienda me producía pereza, a pesar de encontrarse exactamente junto a mi antiguo hogar.

Ella quiso conocer más el lugar y así, con una sonrisa y entrelazando sus dedos con los míos, la llevé hacia el parque, el cual todavía alberga a decenas de niños diariamente entre sus juegos... Pero algo inesperado sucedió. No me refiero al demonio del pasado, a quien efectivamente logré distinguir entre una pequeña multitud adulta que se encontraba a un costado del terreno infantil, bebiendo alcohol entre música y risas, sino al demonio de letras anteriores, cuya existencia revuelve mis pensamientos e inyecta celos rabiosos en mi alma, mermando mis ratos de tranquilidad. ¿Qué hacía él allí? No me atrevería a suponer alguna respuesta, pues ellos dos no se conocen y la diferencia de edades podría convertirlos en padre e hijo. Lo cierto es que compartían la misma algarabía en el mismo extraño lugar.

Mi humor cambió rotundamente e intenté que nos marcháramos, pero ella discrepó al reconocerlo a la distancia. Inmediatamente soltó mi mano y sacó su móvil del bolsillo, para empezar a escribir a esa velocidad que la caracteriza. Ante ello, centré mi mirada en el demonio y éste también desenfundó su teléfono, un mensaje de texto le había llegado e instantáneamente levantó su mirada hacia nosotros. Aquellos ojos de calma encantadora parecieron iluminarse cuando la vio, sin importar siquiera mi presencia en el lugar.

- ¿A quién escribes?- pregunté esperando la sinceridad acostumbrada de su respuesta.

- Ya te digo- fue lo único que recibí.

- ¿Le estás escribiendo a él, cierto? - Repliqué indignado mientras mi ceño se fruncía con odio incalculable.

- Sí, le estoy escribiendo a él. Es de mala educación no saludar- me afirmó con descaro.

- Simplemente no puedes evitarlo, ¿verdad? Sientes aquella necesidad, ese no sé qué de saber sobre su vida día y noche, de buscar que te arranque una sonrisa cada vez que crees necesitarlo. ¿Sabes algo? ¡Me harté! Me cansé de esperar a que respondas adecuadamente a tu rol para conmigo y dejaré de sentir este ardor en mi pecho todo el tiempo por causa tuya. ¡Me largo! - fueron mis palabras cargadas de decepción y tortura mientras caminé de vuelta hacia el carro, olvidando todo el entorno...

Una fuerte carga de adrenalina recorrió mi cuerpo, de esas que solamente me producen las pesadillas y que inmediatamente alertan a mi cuerpo sobre la urgencia de despertar... y abrí los ojos... me encontraba en la misma posición que cuando caí en mi sueño profundo y realista. Nuestras manos no se habían soltado ni un minuto durante las dos horas que duró la siesta.

- Amor, mira qué hora es- fue lo primero que escuché de ella y yo, sin un sólo rezago de pereza por la adrenalina que aún recorría mis venas, le respondí: -son las seis y veintitrés-

-Vámonos- me dijo y así hicimos.

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