El fulguroso verde resalta la sonrisa que nuestras manos, apretadas con fuerza, producen en el entorno. Sé por tus amistades que hacía mucho tiempo no divisaba la noche tanta felicidad en la hermosura de tu semblante. ¡Cuánto te quise en aquel momento! Y las dudas invadieron mi cabeza en un pricipio -¿cómo no ser cauto ante las dosis constantes de experiencia?-, lo acelerado del proceso de reconocimiento mutuo se volvió análogo a las vivencias pasadas, a esa historia espantosa que trato de olvidar para ya no sentir vergüenza. Costaba sin duda, costaba a la mente racionalizar sin frialdad y, al corazón, sentir sin el temor aprendido.
Fueron tus ojos cristalinos, aquellos que me miraron con desconcierto absoluto y se encontraron a punto de estallar, los que disiparon las dudas; jamás mi alma se sintió tan reconfortada y a gusto, pues tenía frente a ella a su símil. A las veintidós horas con treinta y dos minutos de un sábado once de mayo del año que discurre prometedoramemte, ante "La Mafiosa", extasiadamente llevabas los bocados mediterráneos hasta la ingesta gustosa, momento que ha sido plasmado ya en letras, en una noche de búhos y alondras.
Sin embargo no hubo mesa elegante en días anteriores, tampoco la tenuidad de cirios adornando el suelo, no. Este lugar dominaba la ciudad desde las alturas. No existió empirismo que pudiera detener los embates de adrenalina cuando oía tus pasos cada vez más sonoros mientras aguardaba yo la llegada de la sonrisa sitiada por el sensual triángulo que tus lunares forman; anhelé fantasiosamente probar los labios que custodiaban aquella sonrisa perfecta que ilumina, hasta hoy, las tardes de trabajo.
Rotaron comensales y manteles con cada día, mas nuestro lugar especial siempre fue el que nos ubicara frente al otro, ya sea con el sol potente que revelaba coqueterías disfrazadas, ya contra el frondoso helecho brindando frescura, siempre tuvimos una mirada encontrada como compañía predilecta y esquina de refugio. Fue precisamente en una de aquellas tardes cuando conocí tus rubores y me encapricharon las fronteras de tu sonrisa. Supe que te llamaría mía cuando al vestirse el espacio de inocente idilio, tu corazón empezó a emerger y nos reconocimos después de largos años de timidez coincidente.
Hoy llego al sitio, inmortalizado ya en cada caricia, no a comprobar si fue cierto lo acontecido, sino a mantenerlo intacto, escuchando todavía tus tacones anunciando la llegada, recibiéndote con la sonrisa de siempre y listo para el dulce beso de mi amante. El brillo no cambia, ni la pregunta usual "¿qué tal tu día?" que nos reconforta, nos ubica inmediatamente en el contexto, en la génesis de nuestro amor, el lugar ameno.