viernes, 18 de mayo de 2012

El último bocado

¡Qué costumbre amorosa la tuya! A lo mejor crees que no lo he notado, así como esperé que no notaras en forma particular mis besos súbitos que desde la lejanía chocan contra tus labios. No ha pasado un sólo día sin que la muestra de afecto haga su presencia.¿Sabes a qué me refiero? A lo mejor la ambigüedad de muchas de mis palabras te confundan y no logre establecer con claridad este pequeño y natural tributo de amor que cada día recibo.

Cualquiera se habría dado cuenta desde los tiempos del lugar divertido, a mí me tomó hasta el primer beso para entenderlo, lo admito. La noche jamás termina sin que la ingesta nos degenere un poquito, sin que nuestros corazones desaceleren su ritmo por la sensación de haber devorado más de lo permitido. Entonces y sólo entonces exhibes el diminuto presente, muy significativo a pesar de su tamaño; tuerces los labios y clavas en mí tu mirada de seriedad fingida, como una madre reprendiendo silenciosamente al niño que se niega a comer. Sigo mi papel de girar la cabeza, rechazando aquel último bocado que has guardado para mí; tu mano se extiende aún más hasta casi alcanzar mis labios y entonces sonrío por la ternura que la escena me produce -remontándome a tiempos felices- y accedo... Tus ojos regresan a su gran tamaño natural y complacidos observan hasta que la glotis empuja lo último. La postura erguida se mantiene en tu cuerpo, como si estuviésemos en una clase de etiqueta, para regalarme una inesperada risa completa y en ese momento, relajar los músculos y tomar mi mano, acercarme hasta ti para depositar un beso y descansar sobre mi hombro. Sencillo pero hermoso ritual que mi mente ha grabado, parte esencial de aquellas pequeñas cosas que nutren mi espíritu y confirman la devoción de una mujer que me ama.

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