**Texto del 14 de abril de 2011**
Y mis heridas latían incesantemente, ahondando la sensibilidad de mi piel expuesta. Podía soportarlo, fue un combate casi justo...
Mas no fue el dolor del desgarramiento lo que mantenía sometida mi tranquilidad e incómoda mi alma, no. La súbita partida de mi razón, de todas mis razones, producía la fuga vertiginosa de lágrimas que el pañuelo más extenso veía imposible de enjugar.
Es cierto que no te escurres de mi vida, ni hemos apostado al fracaso de la separación, pero cómo pesan los minutos estériles de tu presencia, de ti, mi persona favorita. ¿Es que el tiempo me ha convertido en frágil dependiente? Ciertamente no. El robusto sostén de nuestro amor halló en mí el más fértil de los recipientes, germinando hacia cada acto y pensamiento, trazar cada día una nueva línea de colorido horizonte. ¿Iterado? ¿Burgués? Solamente tu corazón tiene la virtud amante de redescubrir mis ideas, de hilar muy fino hasta el sentido mismo de la devoción perenne en mi literatura. No necesitarías mayor ni estrepitosa muestra, pero mi espíritu busca la oportunidad mínima para derramarse sobre el papel en forma de letras, confesando su más íntima pasión: tú.
Partes por tan poco tiempo y siento que la ausencia es milenaria. Casi puedo escuchar el zumbido lejano del ave de acero llevándote hacia el mar. Ingenuamente veo arriba, engaño a mi mente y pretendo que devuelves con tu mano la señal de despedida que arrojo a las nubes.
Te extraño desde ya, amor mío.
No importa el cielo que mires, nuestro Reino está a tu alcance...
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