**Texto del 22 de noviembre de 2011**
En medio de un ligero lagrimeo recordé esta mañana las dulces palabras del amor pasado y enjugando mis ojos comencé a transportar ideas alrededor de mi cabeza, sacudiendo más de dos décadas de silencio sin una sola línea dedicada a la mujer que más he amado en este mundo.
Has sido tú la única, siempre dispuesta a asumir el dolor que cualquier situación produjere. Me negué constantemente a comprender la extraña naturaleza de lo que significa tu amor maternal, únicamente enfoqué mis sentimientos en las vivencias amargas, en los despechos que tu ausencia produjo en mí y que se ven reflejados en mi accionar presente.
Sí, te culpé por todos mis males, angustias y fracasos. Las traiciones y abandonos no fueron sino la consecuencia de tu irresponsable cuidado, de la inexistente importancia que prestaste a mis asuntos siempre... ¿Cómo entonces puedo hoy mirarte y decirte que te amo? Nunca estuve allí para demostrarlo, te dediqué un trato recíproco y siempre aguardando la ruptura de la armonía para embestir, hasta físicamente, si hacía falta.
¡Cuán equivocados estuvimos tú y yo todo este tiempo! Debí atravesar los duros momentos de la vida lo suficiente para sentir tu regazo otra vez y percatarme, en ratos de angustia máxima, cómo volvías posible aquello en lo que yo ya no creía realizable y entre lágrimas ahogadas por tu siempre presente vanidad, me obsequiabas la seguridad que en absoluto y digno silencio siempre reclamé.
Mi mente convulsiona ante la idea de adorarte como debió ser siempre, como lo vi en las películas cliché y atestigüé entre mis círculos sociales, estupefacto y murmurando al viento: "así es como se ama a una madre...". Se revuelven mis ideas e intentan sacudir años de rencor y odio; perdonar y olvidar para salud de nuestros congéneres.
¿Estoy emocionalmente preparado para ello? Hago una pausa para contemplar las cicatrices que mis manos ocultan y recurro al masoquismo acostumbrado: me transporto a cada uno de esos momentos y el pulso se acelera, mi piel desgarrándose y el ardor en medio del cobrizo aroma a sangre retumban en mis recuerdos, inyectan odio y más odio cada vez; la respiración se agita y el buen humor con que desperté esta mañana se disipa hasta erosionar mi temperamento... !@!@!@
Maldita sea la hora en que mi arrebato produjo el primer golpe... No pensé adecuadamente, ni medí las consecuencias. Paz social, paz social es lo que debe primar, aquel letargo malvado dominador de masas debió aplicarse para no resquebrajar el hogar. Vuelvo a formular la pregunta y río patéticamente al constatar que han pasado ya más de diez años; es aún más patético pensar en que todavía me lleva al llanto escuchar "Cleaning out my closet". Asco y pena.
Debo dar muerte a este fantasma de una buena vez. No puedo seguir sucumbiendo ante su presencia corruptora que diezma mi salud y espanta a la poca bondad que ha quedado en mí. Tú y yo sabemos cómo acabarlo, pero nos resistimos a las novedades, tememos a lo desconocido... Siendo así, daré el primer paso: te amo, madre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario