miércoles, 30 de mayo de 2012

Una lágrima vanidosa

Él se sumía profundamente en el mundo de las letras, aquellas amigas que desde muy joven habían sido su distracción. No había mejor escape de la realidad que sentarse a jugar con ellas, ordenándolas como un niño que dispone a sus soldados de juguete, preparándolos para la carga contra algún monstruo malvado. Así él disfrutaba sus ratos de soledad, fueran estos de tormento o alegría. No importaba el motivo, sus amigas fieles no distinguían entre emociones; eran la compañía perfecta: se acoplaban al humor de él, siempre cambiante, siempre maleable.

A pesar de la incondicionalidad mostrada, solía buscar placer en letras ajenas, para llenarse de la sensibilidad de otro escritor o escritora que sintiese el pasar de la vida frente a sus ojos, alguien que plasmara su alma en una hoja, así como tantas veces él lo había hecho. Lograba conmoverse con ciertos retazos encontrados al azar, mas no pasaban de ser pequeñeces con fines comerciales, nada que no pudiese causar conmoción al espíritu promedio.

Él ansiaba a rabiar volver a ver sus propias lágrimas vanidosas, aquellas que únicamente el cariño recibido lograba fluir. Su egocentrismo se desmoronaba ante el amor y él lo sabía; entendía que su mente atormentada se había acostumbrado al rechazo, al maltrato y al engaño. Cuando logró saltar la gran muralla de la timidez y adentróse a la sociabilidad que alguna vez anheló, el mundo encontrado resultó más dañino que el masoquismo de sus letras. A veces cuestionó sus propias ideas, sus convicciones sobre un planeta óptimo que le habían costado tiempo, recursos y hasta su propia salud en ocasiones; su pensamiento heredado sobre indiscutible fe en la humanidad había cobrado también una que otra amistad y nada importaba: la historia debía cambiar de fase, él la montaría cual jinete en lugar de ser arrastrado por ella, ¡cuánta alegría le causaba! era su idea feliz, así retribuiría el legado de sangre que muchas veces consideró inmerecido, demasiado elevado para la sencillez infantil de su diario vivir.

Sin embargo hubo seres que deambulaban como él, entes de carbono con la capacidad de realmente conmover su exquisito paladar artístico y que no parecían pertenecer al escenario descubierto, sino al campo de batalla de sus amadas letras. Y en medio de la turbulencia disyuntiva del crecimiento obligatorio y la madurez opcional, en ocasiones asomaban sus lágrimas, aquellas que motivaban una carrera presurosa hasta el espejo, sólo para verlas caer, presenciar el momento exacto en que se unirían en un mismo trago salado sobre sus labios. Cualquier psicoanalista daría un breve prediagnóstico negativo sobre esta condición, él lo sabía y pretendía que no le importaba. De alguna forma que aún no logro entender, él disfrutaba observar la hinchazón de sus ojos mientras estallaban en llanto, adoraba ver cómo el verde empedrado se iba aclarando hasta formar dos lagunas claras que le recordaban a la ceguera representada en los animados orientales que tanto le entretenían. Aún no sé por qué, accedí al espectáculo ofrecido...

-Niño bonito- le repetía su madre mientras lo peinaba, listo para salir a una reunión de adultos (en las cuales aprendió a portarse correctamente y adquirió su seriedad marcada). Nada raro de una madre hacia su hijo y él, aún infante, sonreía algo avergonzado por la constante dedicatoria. *Recordar la escena lo tumba contra la silla, lo mantiene mirando fijamente el techo, casi paralizado... Tomo nota de cuánto añora aquellos tiempos felices*

-Te amo, hijo- Me confesó él las contadas veces en que de la boca de su padre salieron tales palabras; hasta este día le sobran dedos al ennumerarlas y basta con una sola en su cabeza para que los lagrimales comiencen el despliegue de humedad.

-Si la abuela fallece, será tu culpa- Una de sus torturas preferidas, aunque no me lo ha dicho. Se nota inmediatamente por la forma cómo su labio inferior empieza a balancearse de arriba hacia abajo, como si se tratase de un anciano. *Aprovecha la conmoción del amor para introducir los recuerdos dolorosos y bombear con mayor fuerza hacia el exterior*

Ya casi lo consigue, veo con mórbida curiosidad cómo relaja su mente escasos segundos para que el llanto se mantenga silencioso y continúa la travesía hidráulica hasta llegar al más grande de los momentos: De pie, atónito, sin voz, sin tan siquiera llorar como él desearía, se encuentra a treinta centímetros del cadáver de su abuela y aquel muchacho siente las palabras retumbar en su cabeza: 'tu culpa' 'tu culpa' 'tu culpa' que lo congelan hasta la catalepsia, horrorizado por la impresión del primer cuerpo sin vida delante de él y que debía ser precisamente aquella mujer que habíale ofrecido amor como ninguna antes ni después, con sus manos lesionadas por tantos sueros y aferradas a una pequeña cruz de madera. Él se acerca e intenta entrelazar sus dedos con los suyos -el calor que la madera produce le hace sentir que aún sigue ella a su lado- y entonces se cuestiona sin respuesta sobre cómo pudo él haber sido responsable por la desaparición de aquella casi santa, su más grande amor, su eterno vacío. *Me pide permiso para incorporarse y asegurar la puerta, no desea ser interrumpido en su mayor acto de privacidad desde hace ya más de una década*

Vuelve a sentarse y necesita hiperventilar un poco, para mantenerse lo más callado posible. Su llanto es casi patético y empieza a incomodarme, como si se tratase de un ser despreciable que se autocompadece. Toma su pañuelo para limpiar su nariz y me mira... Es realmente hermoso, tal como él dijo que sería; son como dos esmeraldas recién pulidas, un par de lagos caribeños que se desbordan ante la llegada de la marea. Comprendí entonces por qué le agrada tanto su enfermizo ritual. -Cuando peor te sientes es cuando mejor debes verte- me repite y explica que no hay mejor forma de comenzar a engalanarse que constatar en el reflejo lo distinguidos que lucen sus ojos claros, remontándolo a aquel momento de timidez en que su madre le repetía "Niño bonito", así al amor y el dolor que conviven con él, les saca provecho, así es como él produce y explota sus lágrimas vanidosas...

Ualap

Observando la hermosa fotografía grupal que decora mi despacho ministerial, recordé a Modigliani. Fue inevitable pensar en las palabras del maestro previas a la presentación de su obra magna: "Cuando logre ver tu alma, entonces pintaré tus ojos". Todos los rostros son visibles en nuestra foto, excepto uno...

Mis amigos entrañables y yo en amplia algarabía; celebrábamos juntos y ajenos a todos los defectos que el mundo nos tuvo preparados en lo posterior, sin embargo existía una sonrisa muerta, un alivio que no penetró: habitaba entre nosotros el dolor. No quise comprenderlo, fui egoísta... Mi tan cacareada sensibilidad no alcanzó a notar en ningún momento que mi amigo y hermano clamaba por todo nuestro cariño y compañía.

Su expresión vacía desde ya delataba lo que no comprenderíamos sino hasta el futuro, cuando su atormentado espíritu no pudo soportar más la carga de la soledad, peso que se resiste estoicamente si se posee el equilibrio suficiente y la calma necesaria; nuestro compañero no pasó la prueba de entereza y fue consumido al unísono por todos sus dolores pasados y presentes. Inolvidable fue para nosotros aquella noche de peligro en que sentimos que lo habíamos perdido, entregado totalmente al temor y el tardío arrepentimiento, nada más pudimos hacer que no fuera consolar a su madre consumida en llanto.Maldita sea la hora en que accedí a ayudarlo; no quise enfrentamientos que consideré inútiles y lo acompañé en su aventura. Hube de lamentarlo luego, cuando me tocó estar al mando del grupo para evitar los abusos de una corrompida fuerza. Cada minuto parecía infinito mientras el calor se incrementaba ante la cantidad -esperada, desde luego- de curiosos que abarrotaron las calles aledañas. La partida nos dejó perplejos, sabíamos dónde debía ir, pero perdimos su rastro... Fue al día siguiente cuando todos nuestros rostros se encendieron de felicidad al escuchar la absolución divina, lo que parecía el final de su vida desprolija y el punto de partida de una nueva oportunidad para alejarse del dolor, de tantas tonterías que rondan su cabeza e impiden que se luzca como cuando lo hace ante nosotros, sus compinches, quienes aprendemos tanto de él y su sabiduría.

Vuelvo a observar la fotografía y el reflejo del sol que entra por la ventana, recae justo sobre él, como indicándome el cielo que por fin mi amigo halló paz.

lunes, 21 de mayo de 2012

Oni III

Oni, oni, oni... Vergüenza y dolor; esperanza y desilusión; rabia celosa y sueño incómodo. No merecerás una sola línea más de mi intelecto.

viernes, 18 de mayo de 2012

El último bocado

¡Qué costumbre amorosa la tuya! A lo mejor crees que no lo he notado, así como esperé que no notaras en forma particular mis besos súbitos que desde la lejanía chocan contra tus labios. No ha pasado un sólo día sin que la muestra de afecto haga su presencia.¿Sabes a qué me refiero? A lo mejor la ambigüedad de muchas de mis palabras te confundan y no logre establecer con claridad este pequeño y natural tributo de amor que cada día recibo.

Cualquiera se habría dado cuenta desde los tiempos del lugar divertido, a mí me tomó hasta el primer beso para entenderlo, lo admito. La noche jamás termina sin que la ingesta nos degenere un poquito, sin que nuestros corazones desaceleren su ritmo por la sensación de haber devorado más de lo permitido. Entonces y sólo entonces exhibes el diminuto presente, muy significativo a pesar de su tamaño; tuerces los labios y clavas en mí tu mirada de seriedad fingida, como una madre reprendiendo silenciosamente al niño que se niega a comer. Sigo mi papel de girar la cabeza, rechazando aquel último bocado que has guardado para mí; tu mano se extiende aún más hasta casi alcanzar mis labios y entonces sonrío por la ternura que la escena me produce -remontándome a tiempos felices- y accedo... Tus ojos regresan a su gran tamaño natural y complacidos observan hasta que la glotis empuja lo último. La postura erguida se mantiene en tu cuerpo, como si estuviésemos en una clase de etiqueta, para regalarme una inesperada risa completa y en ese momento, relajar los músculos y tomar mi mano, acercarme hasta ti para depositar un beso y descansar sobre mi hombro. Sencillo pero hermoso ritual que mi mente ha grabado, parte esencial de aquellas pequeñas cosas que nutren mi espíritu y confirman la devoción de una mujer que me ama.

Footloose

La noche se avecinaba y debía alistarme elegantemente para el evento que esperaba por nosotros, un ritual social y religioso tan antiguo como la mismísima institución civil. Sería una buena noche, uno de mis más antiguos amigos entraría al riguroso mundo del matrimonio y estaría yo acompañándolo en su feliz ocasión. Resulta del todo raro acudir a una ceremonia de boda y no contar con licor para celebrar el momento, siendo las bebidas espirituosas igual de viejas que los motivos para ser consumidas. Fue entonces cuando el temor invadió mi cabeza al recordar mi gran tara: no podría siquiera pisar la pista de baile sin el suficiente nivel de embriaguez en mi torrente sanguíneo. ¿Qué hacer? En ningún momento cruzó por mi cabeza el aburrir a mi compañera con una larga noche sentados observando a los demás, o en el mejor de los casos, fijando la atención en nuestros sendos teléfonos móviles. No, no podía obrar yo de tal manera. Nunca la había visto tan hermosa como en aquella noche, explotando la belleza sensual de su juventud naciente, tomada de mi brazo mientras arreglaba sus cabellos de vez en cuando. Cualquier inacción se traduciría en bochornoso desplante. Ella me lo pedía -con la mirada- sin reclamos, con la comprensión devota que la caracteriza, esperando mi respuesta varonil y la decisión final de extender mi mano delante de ella para convertirla en mi pareja de danza. Ocurrió. La música no me era del todo conocida, pero no importaba ya; la sesanción de que todas las miradas se clavan sobre mí cuando piso un salón de baile y que solamente el alcohol mitiga, fue desapareciendo de a poco...Guié con sobriedad, como la sociedad occidental espera por parte de un varón adulto; guié los pasos a través de los diversos ritmos que fueron entonados. No terminaba yo de creer lo que estaba haciendo cuando la música perdió todo su ritmo y mis sentidos sólo percibían la alegría de ella; su sonrisa fue el mejor reproductor musical que recuerde mi mente necia; los abrazos firmes que me acercaban a su cuerpo fueron melodías superiores a las escuchadas en la misma Viena imperial. ¡Dios mío! Me encontraba disfrutándolo realmente, con nada más que agua dentro de mí y correspondiendo las miradas de hastío con que ella adornaba el escenario. No guardo recuerdo alguno de haber sido tan feliz en un baile como en aquella noche. Fui libre, la vergüenza fue algo ajeno a mi entorno... Sólo existió ella para mí durante toda la noche. Se lo comenté al finalizar: "Jamás hube bailado tan sobrio... ¿Y sabes qué? Lo disfruté al máximo". Ella me besó complacida, había otorgado una alegría más a mi vida, de aquellas que creí negadas.

Ericismo patológico

Tuviste razón al afirmar que sería por mi propia conducta. Siempre has sabido dar en el punto exacto de mi psiquis, aquel vértice en que solamente basta una ligera presión para que sobrevenga una hemorragia.

¿Tenía que ser ella? Aún no lo aceptaba como cierto, no creo en los anuncios proféticos. No obstante la negativa prejuiciosa, fue innegable para cualquiera que me conoce más allá de lo formal, que los perdidos sentimientos de amor y preocupación habían retornado a mí para volcarse sobre ella con la fuerza renovada que su correspondencia me había otorgado.

Entonces supe que era cierto. Cada mañana sin sus cabellos fue la primera señal, me había vuelto adicto a la dulzura que sus besos entregaban. Con el pasar de los días mi espíritu quieto -cauto- fue cediendo lugar, rindiéndose ante la aparente seguridad que el joven y casi intacto corazón de ella transmitía; caí... caí profundamente y ya sin mayor resistencia, confiado en que aquella niña a la que amaba no permitiría una nueva desgarradura.

¿Será que tanto tiempo fue el fatalismo mi compañero de caminata? Yo esperé la huida de ella, sus reproches y abandono, pues la galantería de este caballero no conduce a sentimientos tan profundos y complejos, acostumbrado sólo a agradable compañía y conquistas informales, era lo único que desde hace algún tiempo conocía. Pero ella fue muy distinta y debo admitir que por ratos me asustaba. Me resistí a la idea de que pudiese amarme así, como yo a ella.

Los recuerdos tan alarmantes que mantenían mis defensas elevadas empezaron a retornar, mi psiquis resquebrajada forzaba comparaciones circunstanciales y me ubicaba en escenarios parecidos del pasado; estaba advirtiéndome de los peligros ya conocidos que debía enfrentar y que conducirían, una vez más, a noches interminables de alcohol y frío, bajos rendimientos laborales y amistades insanas que viven de mi derroche.

Pero ella, con sus inevitables dotes: mitad niña y mitad mujer, dama sobria y arpía desquiciada, elementos paradójicos que conjugan su personalidad, no tentó a mi cordura, ni presionó los límites de mi generosidad. El despilfarro no le llamaba la atención como sí lo hacía un café en mi compañía; las joyas no brillaban más que el rocío abandonado en el pétalo de una rosa que le obsequiara yo. Pensar en todo ello aún me conmueve, había yo hallado a una buena mujer, prototipo ideal de compañera, lo que los esotéricos llaman "alma gemela".

No existieron dudas en ningún momento, ella fue la elegida por mi mente y corazón. Lo supe desde los tiempos del lugar divertido, el que fuera en verdad un entorno especial en que se cultivó a fuego lento nuestro interés, desnudó nuestra clara empatía y entre un inesperado "Feliz Navidad" y un secuestro celoso, descubrí mi profundo amor por ella.

¿Por qué entonces esto? Por la misma razón de siempre: no existe en mí aún aquella voluntad de liberación; sigo atado al pasado cada vez más distante y alejado de todo el dolor experimentado. Decidí adelantarme a la historia y procurar mi liberación inmediata, sacudir todo el rencor que mi alma conserva y perdonar las ofensas. Sólo así podría continuar seguro por el camino que la eriza me ha trazado.

Mi eriza, cuyas púas el tiempo juntos logró ablandar, pasó a ser la musa de carne y hueso; casi divina inspiración que había llegado a mí como nunca antes. Así la huida terminó para ambos, acostumbrados a torrentes de soledad placentera, cuando ésta no era amarga y áspera por la rutina. La noche distante de noviembre que recuerdo y bendigo fue el inicio para ambos, noche de salvación y renacimiento en que un crisol de sentimientos tuvo lugar y que ambos negaríamos hasta el inevitable momento en que mi pecho ansió tranquilidad y derramó toda su expresión sobre una mesa de café.

Hoy poseo todo cuanto he deseado. Al fin puedo ostentar socialmente el título de feliz. Nada podría arruinar este momento ¿cierto? Siento el agotamiento de mis neuronas, ideando formas jamás pensadas de amar, de sorprender, de brindar lo mejor de mi esencia para retribuir la pureza de su amor. El amar nunca ha sido suficiente y lo comprendo bien, hay que racionalizar y enrumbar adecuadamente los sentimientos para asegurar el mayor bienestar posible.

Por eso, más allá de mi corazón, es mi cerebro quien también afirma hoy, luego del tiempo transcurrido y a viva voz: "¡Te amo!"

jueves, 17 de mayo de 2012

Locura

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