miércoles, 1 de julio de 2009

Cambalache -Comprendiendo-

"No en la forma que tú quisieras..." ¡Qué tajante sentencia! ¿Cuál es la forma que yo quisiera? ¿No es la bella locura, la nube cabalgada en el firmamento de la cual has insistido que sea parte?

¿Qué hubo de aquel viernes, mayo 22? ¿No retumbó en tu corazón el Golfo de Sorrento? No existió más napolitano violín que aquella noche y, contemplando el óleo de mujer con sombrero, te aferraste a mi brazo con los ojos ya cristalinos y exclamaste: "Comienzo a creerte..." Me es negada la motivación de causa y únicamente he llegado a ser un rumiante de los recuerdos agradables.

Sucedió algo esta mañana... Desde luego, ya lo creo. El inclemente sol me permitió apreciar la majestuosa desmimetización de tus pupilas con el iris y obsequióme por varios minutos la visión de dos hermosas y obscuras almendras que con intriga vacilaban sobre el significado de mi mirada perpleja. Pero algo más ocurrió entre nosotros, ¿cierto? Aquello que debo callar en señal de indiferencia pretendiendo que es cotidiano pero que martilla, taladra, revuelve, penetra y retuerce mis nervios hasta desquiciar mi objetividad y mermar mis ánimos. ¿Me importa? Ciertamente, me importa demasiado; me importa aún más el hecho de que a ti no te importe. Es innegable la atención que le merezco al asunto, pero debo lograr sobrellevarlo; aprender a vivir con la balanza a tu favor mientras día a día cumplo la autorepresión de desvanecerte.

¡Todo o nada! Expuse con claridad mi consigna y espero aún la respuesta definitiva. Lo único que puedo prometer durante la espera, es seguir pensando en ti y recordarte como la muchachita risueña que brindó su sonrisa, la amiga que enjugó mis lágrimas y la mujer que me regaló sus amores.

¿Dónde has estado todo este tiempo? No olvido aquella pregunta insigne y sé que tú tampoco; rondará tu cabeza y espero, te llene de valor.

El último círculo reservó Dante para mí, eso es asunto sabido... Con lo que me importa el qué dirán; lo espero gustoso... Habrá valido la pena.

Delirio afirmativo

No tranquila mi conciencia (a pesar de haberte afirmado lo contrario), la imaginación se valió de la insatisfacción para brindarme un placebo que me permitiera sonreír en este día... Fue así como la mente me remontó al viernes y quiso darme por algunos minutos, un final alterno, una variación más feliz, más grata de aquella la que debió ser mi gran noche.

Llegamos a la mesa, tal como ocurrió. El maitre -quien fuera mi cómplice- la preparó tal como ordené; la luz tenue dejaba entrever el brillo de tus labios que resaltaban la fuerza obscura del vestido. Mis dedos únicamente pensaban en las caricias reservadas a tus cabellos que caían deslizando y conjugando circularmente con el collar plateado que descansaba cínico sobre el escote.

Sucedió exactamente igual; el recorrido de mis manos inquietas a lo largo de tu brazo te invitaba a regalarme un beso que perdurara en mis más allegados recuerdos. Las yemas de cada uno de tus dedos quedaron indefensas ante la arremetida de mi boca cuando, súbitamente, se detuvo el tiempo un instante y el repertorio de violín inundó el espacio a nuestro alrededor. Vi tus ojos volverse cristalinos mientras sostenías mi mano con fuerza; el pucherito de tu rostro resaltaba notablemente la belleza que te envolvía sin timidez alguna.

Cada melodía del rojo instrumento empeñaba el pundonoroso, pero natural, romanticismo de la noche. Con la copa levantada, brindaba al maestro y felicitaba su música, tan mediterránea, tan llena de amor; el trayecto estaba trazado y me dispuse a emerger los ocultos sentimientos...

Disfruté la pueril emoción con que, bocado a bocado, terminabas el postre. Fue entonces que arreglé tu cabello por detrás de tus orejas y rozando mi dedo sobre tus labios, me contemplaste con aquella mirada de hastío; sí, la mirada que hacía varias noches terminó de adueñarse de mi corazón. La pregunta que ronda mis pensamientos a todo momento escapó finalmente de su cautiverio y sonreíste con dulzura reprimida.

Asegurando un sueño placentero, el cerebro decidió cambiar de hemisferio el trabajo y optar por la imaginación, la que mantiene viva mi determinación; un rotundo sí salió de tu garganta femenina y me abrazaste como en tiempos de la Escuela de Derecho. Cinco besos plasmaste sobre mi rostro extasiado y ratificaste enérgicamente -¡Claro que sí, guapo tonto!-

La noche fue testigo único de la sonrisa que, dormido, dibujé gracias al engaño de mi mente. En la profundidad del sueño no daba crédito a lo que ocurría, era el momento anhelado, el que tanto esperé. Mi cómplice entendió la señal realizada y apareció frente a nosotros con la dote de amor que tanto tiempo atrás preparé; un óleo de mujer con sombrero fue el estribillo perfecto de la hermosa y victoriosa noche que se acercaba a su fin. Contemplaste el obsequio recostada sobre mi brazo, aferrada cariñosamente sin soltarme ni un momento, liberando tu corazón de dudas pasadas e invitándolo a renacer a mi lado.

Contenta y restituida, feliz y de vuelta a la dicha completa, te llevé del brazo hasta el carruaje de Cenicienta, no sin antes besarte con pasión en el centro de la obscuridad, publicitando mi amor a quienes nos rodeaban.

Una vez llegada al portal de tu casa, te despedí con un onírico beso y fue entonces que, aún sonriente, desperté...

Y me dieron las tres

Ya pasado el trance de la embriaguez y una vez consumada el ansia etílica de la depresión, la mente retorna a su descanso y envía impulsos de energía al corazón, invitándolo a congraciarse con la razón. El sentimiento y la lógica -pareja dispareja- concuerdan, como pocas veces, en el imperativo categórico de poner un alto a los masculinos rituales ofrecidos por Dionisio y que tientan al más templado espíritu...

Ya lo has conseguido -afirma una voz amiga.
Acepta como hombre los errores y las dificultades -prosigue- Ya todo es cuesta abajo...

El cariño de la amada confirma la calma exigida desde el exterior: "Yo te necesito... Eres mi razón para sonreír". Bastaron aquellas palabras para detener la cólera provocada por el alcohol y remontarme al éxtasis del primer beso. El verbo me es insuficiente y ella lo sabe; la palabra enmudece al penetrar mi mirada con sus ojos que sonrientes, me enamoran cada vez.

Aún intento descubrir el seguro sendero que lleva hasta sus agitados pensamientos, la braveza de su mente y la incólume esencia que me atrajo y me atrae todavía, loca e inexplicablemente. No me detendré; la fuerza que me llama a sus brazos es superior al ímpetu y a la conciencia misma. El anhelo es mi norte...

domingo, 12 de abril de 2009

Dos marcas



Transcurren las horas comatosamente.
La lluvia golpeando mi ventana arrulla el tacto cansado de un día entero de agitación.

Consumado por la literatura, no desvío la mente del vivo imaginar en que se
encuentra y procuro devorar la mayor cantidad de ideas antes de cerrar los
ojos.


Súbitamente se rompió mi concentración al caer de la página 168 una antigua
imagen, un recuerdo de los muchos que alberga mi corazón y que materialmente
conservo en escasez. Mis ojos se sorprendieron al borde de la desorbitación al
contemplar aquellas dos marcas que fijaron mi determinación cuando la conocí.
Las dos marcas que anhelé tener entre mis dedos y rozar con los labios...


Fueron ellas las causantes de los desvelos diarios, las alimentadoras de mi
ansia y motivadoras de cada línea; el señuelo que atrajo a Érato y produjo una
a una las oraciones que tanto alegraron sus mañanas copadas de labores de
oficina. Una vez más fui arrebatado por la contrastada sensación de dicha y
nostalgia; sendas características que revisten sus marcas.


Pude contemplarlas desde el primer momento, cautiváronme cuando la conocí
aquella calurosa mañana de mayo. Fui aproximando mis intenciones, anhelando
poseerlas; así lo conseguí. El ostracismo de la razón era evidente mientras las
acariciaba, desbordando ternura y pasión de entre mis dedos inquietos. ¡Cuánto
había esperado mi alma para besarlas! Ella lo ignora y así debe ser... Nada
debe arruinar los momentos que estremecen mi piel al recordar la furtividad del
romance.


No conoce mi boca mejor remate que el estribillo de sus labios: aquellas dos
marcas que dan forma a la grandísona sonrisa perfecta que segó las angustias y
devolvió la esperanza a mis venas... Sigo esperando por ellas, aún las reclama cada
poro insatisfecho.


He hecho un alto a la añoranza y guardé la fotografía. Página 169...

domingo, 15 de marzo de 2009

El soportable peso de no ser (Con daños a cuartos)

Insensatos, perversos e inconsecuentes... La vida nos deparó duros apelativos por nuestra locura; el señalamiento perpetuo de quienes tienen por oficio ocuparse de lo ajeno.

Fui consecuente, así lo siento en lo íntimo de mi ser, en mi fibra de hombre. Correspondí a cada caricia que de tu tacto delicado brotó hacia mi piel. Nuestros momentos, aislados huérfanos desde su concepción, fueron pequeños instantes en medio de la furtividad caprichosa que nos envolvió, a veces con romance, a veces con incomodidad; resultado de la diligente preocupación y el cariñoso altruismo de no producir dolor alguno en quienes habitan aún dentro de nuestros corazones. Pero no es aquella la consecuencia socialmente aceptada, la vertical conducta que esperó de nosotros el conjunto de curuchupas, herederos del latifundismo y la obscuridad del pensamiento. No fue la "intachable" compostura que reclaman quienes viven del pecado alardeando jactanciosamente exageradas y hasta inexistentes virtudes. El espíritu rebelde me llamó, una vez más, a no prestar atención a las lenguas ponzoñosas que, en nombre de la cautela, intentaron diezmar mi determinación diaria.

¿Insensatos? Es innegable; desterramos a la cordura muy lejos, donde no interrumpiera la dulce calma de nuestros labios que, al encontrarse, aligeraban el espíritu, produciendo aquel hormigueo que galopa de poro en poro para terminar en tus dedos entrelazados con los míos. Fuimos insensatos, sí; no me arrepiento de haber compartido horas de hastío a tu lado. ¡Cuán sencillo es olvidar que existe el mundo mientras cuento tus cabellos uno a uno! ¿Culpa acaso? Lidio con ella, como te dije desde un principio. La culpa se desvanece al acariciar tu pierna mientras duermes inocente sobre mi hombro, aferrándote a mi brazo y derramando sobre él la fragancia de tu cuello largo y femenino... Fuimos castigados por atentar contra la razón y sin duda lo merecemos, pero ¡cómo me duele tu llanto!

La buena fe, principio básico de mi accionar a lo largo de los años, ha sido objetada. ¿Acaso podría alguien asegurar con absoluta calma y sin pasiones que fuimos malvados? ¡Cuánto calor producía la obscuridad de nuestro secreto! No puede existir nada más alejado del dolo que nuestro querer. Puro desde siempre; algo viciado en su ejecución, es verdad... Sin embargo puro, esencialmente puro.

Con cada día que pasa me pregunto inconforme el por qué de esta sensación que ahora me abruma. Desconcertado recorro detalladamente las fotografías, encontrando en ellas un placebo a mi espíritu; rumiando los recuerdos mantengo tranquila a mi mente, acallándola y pidiendo que no abra mi corazón, cerrado una vez más.

Y es que simplemente no lo puedo aceptar. He accedido por considerarlo necesario para que sanen las tantas y profundas heridas... Las heridas de ella, de él; las nuestras propias. Es lo mejor por ahora, lo sé. No puedo evitar sentirme burlado, engañado, utilizado... ¿No es nuestro momento? ¡Blasfemia al amor! El momento es un lapso indeterminado e indefinible por la voluntad del ser. El patético papel que interpreté fue retribuido, en última instancia, de manera absoluta. "Sin pan ni pedazo" dice el argot popular. ¡Cuán sabio es nuestro pueblo! De vuelta a mayo, donde todo empezó... La única diferencia -te la debo a ti- es el despido intempestivo de un sincero y agradable cariño.

Hago mías las palabras de aquel grande una vez más: "La culpa fue sólo nuestra. Un botón basta de muestra, los demás... ¡A la camisa!"

sábado, 28 de febrero de 2009

Monólogo trasnochado

Tal vez exagero, es posible. Quizá no alcanzo a comprender del todo la naturaleza de lo que me has regalado. ¿Crees que me lo he tomado muy a pecho? ¿Es que la seriedad que llena mi ser no ha llovido sobre ti? En búsqueda de tranquilidad, mi mente ha preferido no complicarse atando cabos que únicamente conllevan a más y profunda depresión.

Pregunté por ti como de costumbre, te hice saber -a riesgo de comprometer mis emociones- el malestar que en mí ha producido cada embate de la semana transcurrida, dentro del cual cuento tu ausencia, por supuesto. Supiste brindarme calma y, relatando lo agitada que ha estado tu vida, esperaste de mí comprensión. La obtuviste. ¡Qué buena eres para aquello!

Sacudiste el lado más amplio y menos conocido de mi personalidad, lo exhibiste. Lo colocaste delante de mis ojos demostrando cuánto me conoces y afirmando que tanto así me quieres. Lo creí... Siempre lo he creído...

¿Recuerdas que existo? Existo, sí; vivo, pienso y siento. ¿Pretendes que lo oculte? Sería lo mejor. Evitaría de tal modo ser presa fácil de vertiginosas oleadas de ánimo. Me acostumbré desde siempre al ostracismo, pero cuando éste se vuelve involuntario, impuesto e indeseado, la belleza de la soledad se transforma en un horroroso peso a sufrir, imposible de sobrellevar.

¿Qué harás al respecto? No lo sé. Desconozco la orientación que tome tu voluntad, no imagino siquiera algún gesto relativo. Espero estar equivocado...

Relato triple

Una vez más y luego de tantos años, decidí recordarlos a través de las letras. Ésta es la ocasión, no puede haber una mejor. Falta poco ya para lograr la victoria final, el momento que esperé vivir a vuestro lado y que sé, anhelaron.

Tres años consecutivos me castigó la vida, como probando resistencia y tentando a mi cordura. Logré sepultar sus recuerdos en la profundidad del ayer para así, indiferentemente, continuar adelante y cosechar éxitos. Los he conseguido... Cada uno de ellos me remontó por instantes a los años tiernos. Los recordé colmándome de besos y abrazos, prediciendo que estos días llegarían. Como de costumbre, dediqué cada conquista a su amor por mí. Nunca fue mi intención apartarlos del día a día, pero la mente así lo exigió: Elemental profilaxis.

Mientras más me acerco a la hora definitiva, mayor es la evocación a la memoria. Sus rostros de alegría se mantienen latentes en mi conciencia, afirmando que aún sirvo de algo.

Esta noche, como muchas, esperé la visita de Érato mas nunca llegó. En su lugar apareció delante de mí la maza cruel de Melpómene que golpeó mi frente hasta quebrar mi espíritu y exprimir negras y amargas lágrimas, las mismas que derramé hace once, doce y trece años. ¿Por qué ahora? ¿Porque no me permitiste llegar hasta el día ansiado, malvada enmascarada? No me da respuesta, sólo sigue arremetiendo violentamente...

Inmediatamente descienden sobre mí y espantan a la inesperada musa; rodean mi cuerpo y toman mis manos para que no detenga mi homenaje. ¡No los recordaba tan vanidosos! Es justo, supongo. La vanidad es la piel de los intelectuales. Sí, intelectuales de indiscutible talla; tres recordados maestros y que tuve la dicha de escuchar, únicamente escuchar... Cuando hube dominado el verbo y la lectura se convirtió en pilar de mi soledad, ya no se encontraban presentes para escuchar lo que yo tenía que decir a ustedes. ¡Cómo maldigo aquello a cada minuto!

Aún pienso en el instante en que deba levantar orgulloso el fruto del esfuerzo, en lo que deberé decir a quienes me acompañen llegada la noche. Las primeras palabras serán suyas, será enteramente nuestro momento juntos. Sin duda alguna me será imposible ocultar el llanto, pero será secreto compartido entre nosotros. Sólo en ese fugaz abrir y cerrar de ojos, podré expresarles lo que nunca antes:

A ti, mi dulce y amada María Antonieta: Gracias por el café que encontré cada mañana acompañado de tu nota de "pórtate bien". No he perdido la costumbre de beberlo, pero indudablemente extraño la advertencia por escrito.

A ti, venerado y respetado Víctor Hugo: De no ser por tu sangre, estas líneas serían imposibles. Ni una sola falta ortográfica, viejo. Enorgullécete de mí, genial bate.

A ti, recordado y cariñoso Víctor Olmedo: La sensibilidad y ternura que siempre guardaste a la humanidad es ahora el motor inextinguible que me permite despertar cada día.

Los amo todavía...

Esperaré por ustedes en la noche de graduación.

viernes, 27 de febrero de 2009

Tú y yo

¿Es posible acaso que dos seres se parezcan tanto? Así como tú, me lo pregunto a diario. El magnífico detalle de terminar una idea por ti empezada es motivo de la más pueril y emotiva sonrisa; arrollado por la mirada amorosa que me regalas, mis brazos te reciben calurosamente, mi pecho se torna la segura almohada sobre la cual descansa tu mente agotada por el trajín del día a día. Es entonces cuando me interrogas con voz tímida y casi dormida sobre aquellos puntos de convergencia, jamás antes observados por ninguno de los dos.

Tú y yo nacimos para conocernos, es lo que siente mi conciencia. La razón, a quien he servido sin cuestionamiento, me hace saber que el destino no existe. ¿De qué manera podría explicar aquello sin caer en el repudiado esoterismo? Aún busco la respuesta...

No es justo el parecido, así me has hecho saber. ¿Por qué consideras injusto lo más simbólico, lo medular, lo que nos ha unido? No temas, chiquilla. No reniegues de la maravilla producida por esta sensación que cada día sorprende más. La necedad únicamente conlleva al sufrimiento solitario. ¡Quién mejor que yo para dar fe al respecto!

Bastó un jueves para acordarlo y qué decir de aquel viernes: Para recordarlo. Los dos sutiles momentos en que abriste tu corazón y, tomada de mi brazo, me besaste al son de un "te quiero" casi silente. Guiado por el radiante futuro que vislumbro, me he puesto en marcha; he logrado sacudir la torpeza que contiene y frena mi brillo, para así brillar a tu lado.

Espero ansioso el momento en que, finalmente, sea digno del aprecio de mis queridos y amados seres. Me has pedido paciencia y calma y he sabido combinar ambas virtudes estoicamente. Pido yo a ti, una vez más, la confianza que siempre depositaste para esta vez, sin fronteras de ninguna especie, completar el anhelo que tanto tiempo me mantuvo en cobarde silencio.

Tú y yo, así debe ser. Lo has sabido desde siempre y hoy te desconcierta la pregunta que te formulé: ¿Dónde has estado todo este tiempo? Ambos conocemos la respuesta y preferimos no recordarla. Así supiste expresarlo mientras recogías tu cabello y con satisfactoria decisión afirmaste "Qué feliz soy".

martes, 24 de febrero de 2009

Día del Padre 2008

**Texto leído el Día del Padre 2008 ante mi padre y hermanos**

Jamás he sido muy expresivo y esta característica la conocen bien mis más allegados seres, particularmente mi familia. No es menos cierto que mi marcado hermetismo reviste diversos y contrastados sentimientos que hoy, finalmente, expondré resumidamente y a todos vosotros a manera de tardío tributo al autor de mis días.

Tendría demasiado qué contar luego de 19 años de uso de razón y tímido silencio, pero he optado recorrer suscintamente el cúmulo de emociones que menos lágrimas me arranque. Entendido este propósito egoísta y en oposición a mi exigente corazón, la mente se remonta a la edad pueril; las revistas Misha, los fines de semana de lavandería en casa de la abuela y de cuando mi enseñanza fue encomendada al ala maternal de mi querida aya. ¿Y cómo podría olvidar la primera vista panorámica que tuve de Guayaquil, contemplándola desde la oficina en el FÓRUM? Pero aquellos años también plasmaron en mí la idea de que papá era un ser indestructible, incapaz de quebrarse ante las adversidades. No fue sino hasta el funeral de un amigo que vi en él por primera vez una lágrima. Yo contaba cinco o seis años entonces y supe que papá era de carne y hueso. ¿Decepción? Por el contrario, comprendí la belleza de la sensibilidad y así, ya de adolescente, aprender de él los elevados ejemplos de solidaridad y humanismo que intento practicar a diario y que despertaron en mí la vocación hacia el Derecho, linaje profesional y moral que aspiro sostener altivamente.

Recuerdo en cierta ocasión lamentarte por considerar no habernos brindado suficiente cariño cuando niños. Afirmo, sin temor a equivocarme, que mis cuatro hermanos coincidirán conmigo que no ha existido mayor muestra de afecto que la incansable disposición de tiempo y recursos, de tus múltiples enseñanzas; el conocimiento y ciencia que colocaste en nuestras manos y que esta noche he tratado, informal y verbalmente, retribuir.

Si con los años venideros logro ser la mitad de ser humano que eres tú, sabré entonces que mi vida ha sido fructífera y podré sentirme realizado.

¡Feliz día, papá!

miércoles, 18 de febrero de 2009

Escrúpulos

¿Así retribuyes la agencia oficiosa emprendida en tu nombre? ¿Es lo que merezco luego de tantos años?

Es verdad, soy manantial de inexplicables e injustificables defectos, de taras sin razón, de deficiencia infundada. No puedo ocultarlo, me hace daño. Me hace daño saberlo de ti y de tal forma; aprovechando mi ausencia y con el único fin de hinchar tu ya agigantado ego. ¿Es que tanto me temes? ¿Has perdido la confianza en ti? Tienes razón, desde luego; me allano a tu pensamiento, pero ¿por qué con tal saña? ¿por qué no con tu tranquila mirada clavada en mis ojos? Creo haberme forjado con lealtad el derecho a ser confrontado al respecto.

Has logrado exacerbar lo amarillo de mi ser, aquello que he intentado remover de la conciencia poco a poco y que cada día, hasta el último sol, continúo realizando en nombre de los por mí amados. ¿No lo deseas, verdad? Es precisamente a ello que temes. Muy confidentemente te lo hice saber en tertulias pasadas, ¿recuerdas? Claro que sí; sabías que empezaba a nacer aquel nuevo yo y ahora que resulta, súbitamente coartas su desarrollo... Yo también tendría demasiado qué exponer al mundo, pero jamás lo diré; nunca verás en mí tal conducta. Seguirás temiendo, eso sí.

Recibirás de mí el trato casual... La generosidad que alguna vez te brindé desmedidamente ya no te sonreirá. No después de esto. Es la primera y, te aseguro la única, ocasión en que mis palabras van cargadas de lágrimas causadas por tu comportamiento. Seré más cauto contigo en lo posterior...

Finita la comedia

Y así, casi sin memoria desapareciste... Se desvaneció tu imagen frente a mis ojos y sólo escuché en la profundidad de mi mente el eco ya gastado de tu adiós. Las palabras del "Monstruo de América" llegan hasta mi conciencia y logran en mí aquel sentimiento de resignación: "¿Que si lo dictó la vida? ¿Que si fue nuestro destino? Solamente es el camino de aquel... De aquel que siempre camina..."

Duele, sí. Indudablemente se ha desgarrado una parte de mi ser; he debido reconciliarme con el único que no me pregunta ni me juzga y que dejé en el olvido cuando ya no lo necesité: mi buen Havana Club, quien en noches como ésta me brindó su inefable compañía y que, una vez más, me recibió sonriente.

¿Dormir? Se requiere ligereza de espíritu y no sólo cansancio para tal acto. El privilegio de los justos no me cobija, pues de obrar injustamente he sido recriminado.

¿Fui culpable? Ciertamente. Que todo recaiga sobre mí, estoy acostumbrado... Sólo será otro embate a mi corazón.

De vuelta al principio, retrotraído por la fuerza de las circunstancias. No lo deseo y sé que tú tampoco, pero así debe ser para salvaguardar lo que sutilmente llaman "dignidad" las voces conspicuas cargadas de prejuicio.

Siento que aún tengo algo de fuerza para sobrellevar los días venideros, pero ¿de qué sirve mi intelecto si debo reprimir el canto de Érato? Espero tengas la respuesta... Tú eres la sensata.

Testigo no idóneo

¿Por qué debo permanecer en silencio? ¿Por qué no me permites alegrarte como en tiempos pasados? ¿Es que acaso ahora soy menos relevante en tu existencia? Quiero creer que no...

Escucho hoy como escuché siempre tu dolor; pañuelo infinito que enjuga tus lágrimas y reconforta tu rostro hinchado. Mi hombro jamás se ha agotado con el peso de tu pena... ¡jamás! Pero esta noche me has pedido que no. Debo ignorar el tajo que causa en mi espíritu tu llanto y acomodarme a la fugaz sutileza con la que me dices adiós.

El amigo, el hombre, el caballero... Todos ellos desconcertados ante tu determinación. ¿Lo he hecho mal? Creo haber sido consecuente hasta este momento. No es justo. No puede ser justo lo que en este momento me corresponde. Mas todo cuanto he pasado en tu ausencia en muchas noches no son causa de reproches, porque sabes que te quiero.

No puede descansar mi mente, no logra calmarse mi corazón... Así no debía ser; jamás imaginé tal dolor. Lamento que sea así. Guardaré la compostura necesaria, mientras el espíritu lo soporte... No puedo permanecer impávido ante tanta calumnia humillante.

Salud a ti.

lunes, 16 de febrero de 2009

Era todo un abogado

-Horacio Marcovich

Salí de la facultad,
me compré un traje cruzado,
y fui para tribunales,
era todo un abogado.

Y llegué a Plaza Lavalle,
a conocer los juzgados,
y me sentía importante,
entre todos los letrados.

Después me compré una agenda,
un cuadernillo de oficio,
carbónicos, lapicera,
y comencé el sacrificio.

Como no tenía estudio,
me prestaron un lugar,
eso sí, en un estudio,
para empezar a pleitear.

Me senté en el escritorio,
y me puse a pensar,
me agarró una gran nostalgia,
recordé la Facultad.

Era tiempo de empezar,
a buscar algún cliente,
no aparecía ninguno,
excepto algún pariente.

No obstante no cobrar nada,
estaba gratificado,
evacuaba las consultas,
era todo un abogado.

Noche de alegría y dolor

Asistí, tal como prometí a mi conciencia; mi espíritu reclamaba incansablemente ser partícipe del glorioso momento, aquel que me fue negado por defectos propios...

Uno a uno escuché sus nombres, todos ellos mis amigos entrañables que se dirigían a recibir la constancia material de su esfuerzo; finalmente el fruto de tan pundonorosa construcción se volvía real. ¿Cómo negarme a celebrar con ellos? ¿De qué forma podía yo ignorar la importancia de su compañía a lo largo de estos años? Fue además el merecido castigo moral al ego por mis acciones y omisiones: observar sus tan alegres sonrisas y no formar parte entre ellas.

El mejor de nosotros tomó la posta y confirmó por parte del resto el compromiso de incansable lucha por una sociedad más justa. Vino el turno del más puro entre quienes convivimos en las aulas y, como era previsible, sus palabras calaron en el corazón de todos los vencedores: fue ovacionado masivamente, de pie, recibido con el mismo cariño que ha merecido a lo largo del tiempo. Sonreí entre disimuladas lágrimas, pues mi mente se apropió de aquel momento y lo convirtió en suyo, brindóme felicidad por los sendos éxitos y plasmó en mi ser el evidente resultado de la negligencia.

Y allí estaba ella, claro que sí. Su deslumbrante belleza y el desborde incontenible de algarabía me hizo añorarla una vez más. ¡Lo había conseguido! Los tres ajenos supimos desde un primer momento que sería la primera: Siempre la primera entre iguales. Cuánta dicha sentí al verla ya completa, libre por fin de las cargas pasadas. Y fue la sinceridad de sus amorosas palabras lo que me desconcertó hasta trasladarme hacia la profunda reflexión: Seguía yo vinculado a la complejidad de sus emociones... Debí morder mi lengua para no estallar en llanto; la voz se me tornó frágil cuando fue mi turno de felicitarla. Tuve tanto qué decir, pero la vanidad me llamó a ocultar las lágrimas públicas y únicamente acerté, en oposición a mi corazón, a colmarla de los mejores deseos y augurar para su futuro la mayor de mis aspiraciones.

Ya entrada la noche nos despedimos. Un leve y cariñoso beso fue el sello final de tan contrastado cúmulo de sentimientos, anhelos y tristezas...

Pronto estaré junto a ustedes, compañeros de mi vida. Esperadme en el oficio, que no os defraudaré.

¡SALUD A TODOS MIS AMIGOS! ¡SALUD A ELLA!

Relato de un sueño

El frío de la noche que calaba en mi piel te regresó a donde perteneces: mi mente. Me dirigí hacia la puerta al escuchar los repetidos golpes que retumbaban en la soledad de la madrugada y mis ojos no daban crédito a lo que percibían; con tu ancha sonrisa y la ternura tan característica de aquella voz que me enamoró, me saludaste. Solicitaste mi venia para ingresar, ¡como si esta no fuera ya tu casa! Desde luego accedí a la inesperada alegría que me habías otorgado. Tus cabellos de profundo y frondoso negro ahora rozaban tu espalda, los tacones, otrora nada gratos, eran la base de tu andar; te observé distinta y radiante, bella y renacida. El aroma que únicamente guarda mi cerebro invadió la extensa sala, llenando cada mueble de tu añorada fragancia y tornando opaco todo el ornamento a nuestro alrededor. Temeroso me senté a tu lado y con el corazón palpitante emprendí la ya fallida misión de brindarte comodidad, de conocer tus pensamientos, saber qué ha sido de ti en este tiempo; sonreías dulcemente, regalándome maternal tranquilidad y regocijo; sólo en tu espíritu habita la calma que puede frenar mis más desesperadas emociones. ¿Cómo lo haces? Nunca lo sabré...

Te escuchaba desde el suelo, postrado ante tu recostada figura que me obsequiaba, de vez en cuando, una mirada coqueta, como esperando una vez más aquel oculto valor que de mí siempre reclamaste. No me atreví a interrumpir lo que se había vuelto tu monólogo, pues el éxtasis de tan anhelada cercanía superaba con creces las falencias de mi intolerante ego. Dispuesto a realizar finalmente la pregunta que cada día ronda mis pensamientos y me instiga constantemente a huir hacia tu hogar y echarme a llorar en búsqueda de indulgencia, me levanté, apoyé mi cuerpo contra el tuyo y te tomé de las manos, tan suaves y cariñosas chispas de profundo amor, te miré a los ojos y correspondiste a la seriedad del momento. Tragué saliva y los poros de mi cuerpo se humedecieron rápidamente, mi corazón incrementaba su trabajo a la par con mis labios, que temblaban buscando las idóneas palabras, infalibles oraciones que permitieran asegurar tu retorno. Fue entonces cuando la emoción superó la tolerancia de mi inconsciencia y súbitamente, desperté. Sendas lágrimas rodaron por mis ojos cuando logré diseminar la realidad y me encontré observando el techo, maldiciendo a la imaginación por tan cruel momento. ¿Lo merecí? Probablemente. Al enjugar las lágrimas con mis dedos, sólo produje aún más cuando, casi extinto, reconocí tu perfume sobre mi mano. La infinita necesidad de tu presencia había traspasado la frontera de los sentidos y materializó, por un instante, tan femenino distintivo. Maldije una vez más la profundidad de mi imaginación y me puse en pie, secando las tan puras lágrimas que de mi anhelo brotaron. Total, fue solamente un sueño…