Con cada día es menos niña y más bella. Mi tacto la reconoce ya mujer y mis ojos la confirman en su gracia radiante; su rápido ascenso hacia el altar de mis afectos se impulsó entre los lunares cautivadores y algunas copas de vino, desde una infusión humeante hasta minutos derramados en Kierkegaard y Sinatra. Fue la noche, pero no la estrellada de los cuentos infantiles ni la fría de las novelas adultas, sino la peligrosa, de la que hay que cuidarse a cuenta doble por prescripción de Carrara. Fue la obscuridad sentida como ajena, la soledad que cada ocaso conjugaba el corazón con los segunderos, la causante de nuestros arrebatos.
¿Cuántas lunas fueron nuestras? Perdí la cuenta al llegar los amaneceres sucesivos que anunciaron despedidas inquietas y sed temprana. El aroma de sus tenues filamentos negros dejó sobre la piel los recuerdos de aquella mueca singular que, sin conseguirlo, pretendí imitar para comprensión clara del origen de mis sonrisas al observarla mirándome con incredulidad o enojo. Jamás conseguí culminar con éxito la imitación de tal distintivo, sin embargo me hice con sus besos reiterados como premio al esfuerzo.
La niña bella descansa hoy en mi memoria, junto al último beso impulsado desde los tacones negros que alejándose con pesar, no he vuelto a oír ni en la más obscura de las noches. Más allá de los epítetos amorosos que podría dirigirle desde los recuerdos placenteros, entre mis brazos simplemente fue… la niña bella.