viernes, 18 de mayo de 2012
Footloose
La noche se avecinaba y debía alistarme elegantemente para el evento que esperaba por nosotros, un ritual social y religioso tan antiguo como la mismísima institución civil. Sería una buena noche, uno de mis más antiguos amigos entraría al riguroso mundo del matrimonio y estaría yo acompañándolo en su feliz ocasión.
Resulta del todo raro acudir a una ceremonia de boda y no contar con licor para celebrar el momento, siendo las bebidas espirituosas igual de viejas que los motivos para ser consumidas. Fue entonces cuando el temor invadió mi cabeza al recordar mi gran tara: no podría siquiera pisar la pista de baile sin el suficiente nivel de embriaguez en mi torrente sanguíneo. ¿Qué hacer? En ningún momento cruzó por mi cabeza el aburrir a mi compañera con una larga noche sentados observando a los demás, o en el mejor de los casos, fijando la atención en nuestros sendos teléfonos móviles. No, no podía obrar yo de tal manera.
Nunca la había visto tan hermosa como en aquella noche, explotando la belleza sensual de su juventud naciente, tomada de mi brazo mientras arreglaba sus cabellos de vez en cuando. Cualquier inacción se traduciría en bochornoso desplante. Ella me lo pedía -con la mirada- sin reclamos, con la comprensión devota que la caracteriza, esperando mi respuesta varonil y la decisión final de extender mi mano delante de ella para convertirla en mi pareja de danza. Ocurrió. La música no me era del todo conocida, pero no importaba ya; la sesanción de que todas las miradas se clavan sobre mí cuando piso un salón de baile y que solamente el alcohol mitiga, fue desapareciendo de a poco...Guié con sobriedad, como la sociedad occidental espera por parte de un varón adulto; guié los pasos a través de los diversos ritmos que fueron entonados.
No terminaba yo de creer lo que estaba haciendo cuando la música perdió todo su ritmo y mis sentidos sólo percibían la alegría de ella; su sonrisa fue el mejor reproductor musical que recuerde mi mente necia; los abrazos firmes que me acercaban a su cuerpo fueron melodías superiores a las escuchadas en la misma Viena imperial. ¡Dios mío! Me encontraba disfrutándolo realmente, con nada más que agua dentro de mí y correspondiendo las miradas de hastío con que ella adornaba el escenario.
No guardo recuerdo alguno de haber sido tan feliz en un baile como en aquella noche. Fui libre, la vergüenza fue algo ajeno a mi entorno... Sólo existió ella para mí durante toda la noche. Se lo comenté al finalizar: "Jamás hube bailado tan sobrio... ¿Y sabes qué? Lo disfruté al máximo". Ella me besó complacida, había otorgado una alegría más a mi vida, de aquellas que creí negadas.
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