Y fue una inocentada, un acto ajeno a cualquiera de mis acostumbradas manifestaciones de locura. Solamente lo hice por petición expresa, dado el sentimiento embellecedor que me estuvo guardado y cuya existencia yo desconocía.
Como debía esperarse, no pude estar quieto y limitado a la escena que me estuvo reservada, pues ante la novedad del escenario, la obra completa me era imperativa, necesitaba yo adentrarme en las representaciones cuyo curso me perdí por desconocimiento, desubicación o simplemente por haber llegado tarde.
Y lo conseguí una vez más: con la determinación característica de un celoso, pasé revista a todo cuanto el guion ofreció, esmerándome en la acuciosidad que estos menesteres ya familiares me exigen. Infalible como es mi instinto voraz de saber, di en el blanco tal como esperé. ¿Acaso me he equivocado alguna vez entratándose de temas similares? jamás...
Fue en piñón. Confieso que siempre me interesó -morbosamente- todo lo referente a lugares, horas y circunstancias. Dudo que la precisión sea la idónea, pero la referencia basta para un parámetro marcado. ¿Por qué ahora? Sé que no guarda sentido ya y que únicamente responde a locura clandestina, de esa que nos gusta dejar pasar para sentirnos siempre en guardia, prestos a recibir la muerte de frente y poder alardear que nada nos sorprende en este mundo de vertiginosas y confusas experiencias. Solamente se lo atributo al deseo de ellas, mis amadas, que no dejan pasar una noche sin turbarme e insistir en que no me detenga, recordándome la inmortal frase de Apeles: "Nulla dies sine linea", que me fue inculcada cuando niño, para forjar en mí un carácter de dedicación casi clerical.
¿Será la sangre que me llama? Aquel relato en tres tiempos que mis lágrimas buscan para sentir orgullo me incitan a continuar, pero... quizás sea la aporía a la que he llegado cuando pienso en el pasado y que han sido el motor de interminables noches entre las cuartillas regadas sobre mi escritorio, muchas de ellas inconclusas. Al final, el aplauso de un criterio inferior no es motivo de orgullo, de aquella hinchazón del ego que sólo se encuentra en los similares. Nada más llena de entusiasmo a una joven mente promedio que no entiende el significado profundo, el amor o desdicha en cada línea, que leer algún término desonocido, o el contraste perfecto de una metáfora poco esmerada. Sí, hablo en generalidades para la masa, no porque me agrade, sino porque así expreso, y a la vez no, aquello que ciento cuarenta caracteres me niegan.
Sigo generando ideas mientras los cigarrillos van colmando el cenicero improvisado, plasmando sin dificultad estas líneas, como tantas otras en momentos anteriores. ¿Nuevamente embarcarnos en una etapa superada? no, ya no. No estaré a merced de mis pasiones de macho vernáculo. La locura se irá con el humo y la noche y el piñón será reemplazado por uno nuevo, cuando toque y si es que sobrevivimos a su encuentro.
lunes, 16 de julio de 2012
Desangelado I
Mírate... patético espectáculo solitario el que das. No sé a quién pretendes convencer con tu sollozo, nadie puede verte ni escucharte; incluso los cristales están blindados contra el sol y las balas, como protección adicional a algún intento suicida eventual por parte de alguien aún más imbécil que tú, que llegase a despreciar el valor de la vida.
No me veas, de mí no obtendrás compasión. Tú te lo buscaste, ¿es que no te has dado cuenta? ¿en serio eres tan tonto? Tu conducta reiterada ha causado el estado actual. No es a mí a quien debes mostrarle tus lágrimas que hace ya tiempo dejaron de ser vanidosas: son humanas, son de dolor, como le brotan a cualquier ser de tu especie, aunque hayas pretendido revestirlas de ironía.
¿Qué has dicho? ¿Has vuelto a caer en desprecio? No sé por qué aún te sorprende aquello. Un hombre de tu inteligencia debería anticipar estas situaciones y no sumirse en depresión inexplicable (aunque tú y yo sabemos el origen de cada brote). Sí, tu maldita inteligencia que mantiene despiertos los sentidos e invade tu cabeza con miles de pensamientos diarios, diversas y complejas ideas que te alejan de la plenitud mientras más las buscas y ahondas en sus repercusiones presentes y futuras.
A lo hecho, pecho. Puedes presionar y exigir y obtendrás la misma respuesta: tiempo. Solamente el tiempo hará que vuelvan los días felices, aquellos momentos a los que estuviste demasiado acostumbrado por su sencillez, por la comodidad que te brindó cada muestra de afecto abnegado y que no supiste apreciar completamente. Jamás te bastó la entrega absoluta, ni te convenció el amor expresado pública y notoriamente, no. Siempre quisiste más, esperaste su corazón latente sobre una bandeja. Eres tan perdedor, que no puedes ver cuando ya has ganado.
Yo no te voy a ayudar, esta vez te encuentras solo, es hora de que completes esa esquina vacía y alcances el último peldaño de tu madurez. Ve por todo, ve por ella. Sé lo que sientes y cómo lo sientes; es igual a lo que siente ella. Sacúdete, ponte en pie y marcha hacia su encuentro, muchacho.
No me veas, de mí no obtendrás compasión. Tú te lo buscaste, ¿es que no te has dado cuenta? ¿en serio eres tan tonto? Tu conducta reiterada ha causado el estado actual. No es a mí a quien debes mostrarle tus lágrimas que hace ya tiempo dejaron de ser vanidosas: son humanas, son de dolor, como le brotan a cualquier ser de tu especie, aunque hayas pretendido revestirlas de ironía.
¿Qué has dicho? ¿Has vuelto a caer en desprecio? No sé por qué aún te sorprende aquello. Un hombre de tu inteligencia debería anticipar estas situaciones y no sumirse en depresión inexplicable (aunque tú y yo sabemos el origen de cada brote). Sí, tu maldita inteligencia que mantiene despiertos los sentidos e invade tu cabeza con miles de pensamientos diarios, diversas y complejas ideas que te alejan de la plenitud mientras más las buscas y ahondas en sus repercusiones presentes y futuras.
A lo hecho, pecho. Puedes presionar y exigir y obtendrás la misma respuesta: tiempo. Solamente el tiempo hará que vuelvan los días felices, aquellos momentos a los que estuviste demasiado acostumbrado por su sencillez, por la comodidad que te brindó cada muestra de afecto abnegado y que no supiste apreciar completamente. Jamás te bastó la entrega absoluta, ni te convenció el amor expresado pública y notoriamente, no. Siempre quisiste más, esperaste su corazón latente sobre una bandeja. Eres tan perdedor, que no puedes ver cuando ya has ganado.
Yo no te voy a ayudar, esta vez te encuentras solo, es hora de que completes esa esquina vacía y alcances el último peldaño de tu madurez. Ve por todo, ve por ella. Sé lo que sientes y cómo lo sientes; es igual a lo que siente ella. Sacúdete, ponte en pie y marcha hacia su encuentro, muchacho.
jueves, 12 de julio de 2012
Detalles I
No los de Roberto Carlos, no se esos que realzan la virilidad y el orgullo de saberse único en la mente de una mujer, no. Nada así de sencillo, complaciente y memorable.
Estos pequeños detalles que uno a uno se van sumando hasta formar una espiral de emociones diversas y mantienen mi mente en constante estado de vigilia son, a la larga, organizadores de los más coloridos espectáculos que la imaginación puede generar. ¿Cuál fue la génesis de tanta parafernalia de la cual he hablado durante algún tiempo y cuya insistencia aburre al lector? He aquí la historia:
Corría el año 2012, aún inmaduro, cuando decidí que no debía esperar un minuto más, que el tiempo se tornaba enemigo feroz y en cualquier momento recibiría una amarga noticia por parte de ella, haciéndome saber que la habría perdido quizás para siempre. De por sí ya resultaba escandalosamente alarmante cualquier gesto que me hiciera pensar en felicidades ajenas, que me recordara la situación acaecida y de la cual no supe sino hasta que fui víctima de un intento fallido de homicidio emocional. ¡Cómo olvidar tan descarada tentativa!
No obstante las dudas y a pesar de la rabia acumulada, corrí la suerte de los valientes, aquellos que se diferencian de los irresponsables en enfrentarse al riesgo a pesar del temor. Incluso antes de pasar al plano del romanticismo anunciado, reviví el pasado por una presencia inesperada que me motivó a indagar masoquistamente en recuerdos lacerantes. Pasó el momento y fui correspondido. No ahondaré en lo descrito prolijamente en "Angustia, el gato montés y un amor de café", pues es historia ya sabida y ha quedado perfecta como fue concebida.
La intención del autor es mostrar el "escenario B", el subterfugio de acontecimientos y emociones no descritos, el lado sumergido del gran témpano que fue la mente y que trabajó a toda máquina entre la cortesía comprensiva y el amor que clamaba a gritos ser expulsado; todo cuanto ha sido dicho es cierto, es sincero, mas los intereses difieren a veces de la postura, por ello una explicación es necesaria.
Una vez logrado el objetivo, la llaga necesitaba cerrarse. No puede una curación nacer a raíz de una herida abierta; debe desinfectarse y suturarse antes de proceder a sanar. Así lo entendí desde el principio y procuré que cerrase, pero el latir de los nervios desangraba la incisión, recordando aquella vieja leyenda japonesa que rodaba entre los guerreros samuráis: "Una herida hecha con malicia no desaparece hasta que el deseo que la causó ha desaparecido...". Comprobé lo cierto de la máxima citada, incluso hoy sangra la vieja herida y es por causa de ellos, los detalles.
Con la crueldad de Torquemada, la sometí a duras y extenuantes sesiones de inquisición, resquebrajando -sin proponérmelo, lo confieso- su determinación de amar cada vez más, agotando lo que creí inagotable: su imperecedera fuente de abnegación para conmigo.
Estos pequeños detalles que uno a uno se van sumando hasta formar una espiral de emociones diversas y mantienen mi mente en constante estado de vigilia son, a la larga, organizadores de los más coloridos espectáculos que la imaginación puede generar. ¿Cuál fue la génesis de tanta parafernalia de la cual he hablado durante algún tiempo y cuya insistencia aburre al lector? He aquí la historia:
Corría el año 2012, aún inmaduro, cuando decidí que no debía esperar un minuto más, que el tiempo se tornaba enemigo feroz y en cualquier momento recibiría una amarga noticia por parte de ella, haciéndome saber que la habría perdido quizás para siempre. De por sí ya resultaba escandalosamente alarmante cualquier gesto que me hiciera pensar en felicidades ajenas, que me recordara la situación acaecida y de la cual no supe sino hasta que fui víctima de un intento fallido de homicidio emocional. ¡Cómo olvidar tan descarada tentativa!
No obstante las dudas y a pesar de la rabia acumulada, corrí la suerte de los valientes, aquellos que se diferencian de los irresponsables en enfrentarse al riesgo a pesar del temor. Incluso antes de pasar al plano del romanticismo anunciado, reviví el pasado por una presencia inesperada que me motivó a indagar masoquistamente en recuerdos lacerantes. Pasó el momento y fui correspondido. No ahondaré en lo descrito prolijamente en "Angustia, el gato montés y un amor de café", pues es historia ya sabida y ha quedado perfecta como fue concebida.
La intención del autor es mostrar el "escenario B", el subterfugio de acontecimientos y emociones no descritos, el lado sumergido del gran témpano que fue la mente y que trabajó a toda máquina entre la cortesía comprensiva y el amor que clamaba a gritos ser expulsado; todo cuanto ha sido dicho es cierto, es sincero, mas los intereses difieren a veces de la postura, por ello una explicación es necesaria.
Una vez logrado el objetivo, la llaga necesitaba cerrarse. No puede una curación nacer a raíz de una herida abierta; debe desinfectarse y suturarse antes de proceder a sanar. Así lo entendí desde el principio y procuré que cerrase, pero el latir de los nervios desangraba la incisión, recordando aquella vieja leyenda japonesa que rodaba entre los guerreros samuráis: "Una herida hecha con malicia no desaparece hasta que el deseo que la causó ha desaparecido...". Comprobé lo cierto de la máxima citada, incluso hoy sangra la vieja herida y es por causa de ellos, los detalles.
Con la crueldad de Torquemada, la sometí a duras y extenuantes sesiones de inquisición, resquebrajando -sin proponérmelo, lo confieso- su determinación de amar cada vez más, agotando lo que creí inagotable: su imperecedera fuente de abnegación para conmigo.
Revelaciones demoniacas y otras historias ya superadas II
Quise soportarlo solitariamente, pues aún no lograba asimilar completamente la fase de contra cara que me mantenía postrado al borde del colapso y que hará mella durante largo tiempo, quizás para siempre. Juro que lo intenté, mas las letras que tanto amo perforaron mi tímpanos hasta alojarse en el cerebro y no dar descanso a mi espíritu. Intenté tomarlo con gracia, con cierta ironía, evitando así verme envuelto en similar y patética historia que traería solamente humillación silente, no cediendo un sólo centímetro a comentario posterior de algún tercero que pudiera reírse de mi desgracia. Sé lo que me correponde hacer para salvaguardar mi propia dignidad y, a modo de incomprensible cortesía caballerosa, mantener también la imagen femenina a salvo.
La víctima tiene mejor memoria que el victimario, es lo que suelo decir cuando quiero evidenciar una injusticia y al parecer podría caber en la circunstancia actual. ¿Que si la odio? Mi respuesta inmediata es no, no podría jamás. ¿Qué es entonces aquello que percibo y produce fastidio? ¿Cómo explicar lo que invade mi ser cuando al tipear estas líneas mantengo una mueca desagradable? Tonterías, seguramente. Analogías extensivas a un presente limpio que no guarda relación con las decepciones del ayer y que en enfermiza obsesión necesito para sentirme vivo, presionar y presionar hasta hartarla, mandar todo al diablo y buscarme otra lesionadora profesional.
La víctima tiene mejor memoria que el victimario, es lo que suelo decir cuando quiero evidenciar una injusticia y al parecer podría caber en la circunstancia actual. ¿Que si la odio? Mi respuesta inmediata es no, no podría jamás. ¿Qué es entonces aquello que percibo y produce fastidio? ¿Cómo explicar lo que invade mi ser cuando al tipear estas líneas mantengo una mueca desagradable? Tonterías, seguramente. Analogías extensivas a un presente limpio que no guarda relación con las decepciones del ayer y que en enfermiza obsesión necesito para sentirme vivo, presionar y presionar hasta hartarla, mandar todo al diablo y buscarme otra lesionadora profesional.
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