Atónito contemplé el descalabro de nuestra armonía; la violencia rampante que desbordaba de cada golpe hacía crecer el miedo en mi interior, sofocando mi valentía de a poco y reduciéndome a buscar temerosamente un instante de calma. Que contigo me siento valiente, jamás he pensado distinto... asimismo he descubierto que por ti dejo de sentirme tal.
Traté de embridar tu ira con cuidado quirúrgico mientras observaba mis lentes caer desprotegidas, solas y frágiles. Fue entonces cuando la adrenalina inundó mi corazón y un torrente de furia llenó mis venas: tu falta de control generó en mí la rabia de un perro callejero. Estuve listo a explotar, como tantas veces en mi vida, dispuesto a causar los destrozos necesarios para salvaguardar mi integridad... perturbación mental relativa: licencia para matar.
¿Fue la divina providencia? Definitivamente no, nunca nos hemos llevado bien. ¿Fue tal vez la existencia incómoda de un testigo ocular? Muchos he tenido en arrebatos anteriores. Únicamente los vestigios de cordura previos a la hecatombe frenaron mi creciente arrebato; me había aburguesado lo suficiente como para comprender la importancia social del despacho profesional, o quizás el ya tantas veces profesado amor contrajo mis instintos y me echó sobre el sillón, simplemente a observar la esquiva mirada avergonzada del único testigo y de tu enojo descontrolado... No permití tu partida hasta asegurar una tregua tenue al menos, armisticio condicionado a nuestros conocidos caprichos; siempre la ansiada paz aunque comprometa nuestras exigencias: es así como lo solucionábamos y (desconociendo que) terminaría destruyéndonos.
Éramos entonces felices (o no), teníamos paz...