Las últimas pruebas arrojaban resultados apenas positivos, poco iba quedando de la espiral mágica que envolvía los dos espíritus enamoradizos. Él lo supo inmediatamente al recordar su cumpleaños: no hubo mejor felicitación que la de ella y él, cobardemente, se vio incapacitado de retribuir el amor puro que se le presentó en las narices por aquellos días. No se sentía listo para una nueva exposición, faltó a la altura exigida por el corazón simétrico.
No obstante el cliché de pasión no correspondida, el tiempo fue avanzando a medida que su corazón iba cediendo en la postura: se había enamorado de ella y no existía fuerza en el mundo capaz de reprimir las huestes de endorfinas que pujaban por exteriorizar tanta felicidad que producía la compañía de ella. Encaprichóse al punto de renunciar a sus prejuicios y cuadrados parámetros, ella lo valía; no existía un ser que pudiese hacerle frente, no a esta doncella de manos frágiles y hermosos cabellos cuya sonrisa aún conserva la mente de él como el más grandioso de los trofeos, como la meta distante que las lágrimas intentan alcanzar cada noche al recordarla.
Ascendieron del averno las turbulencias que tanto envidian la felicidad juvenil de los corazones entrelazados y los amantes hubieron de resistir incólumes las infamias y los contratiempos. Su amor era más sólido que cualquier disparate que atentara con tumbar alguno de los pilares que fortificaban la voluntad de amarse hasta que el universo conociera su fin. Él y la gallardía de su experiencia brindaban seguridad y abrían a ella el camino de felicidad entre la maleza; ella correspondía con lo único que poseía, el más grande de sus dones, ese amor causante de tantas líneas anteriores, esa entrega devota que parecía inagotable, ajena por completo a caducidades mortales y que los meses probarían, en última instancia, falible...
La paz se extendió a todos sus actos, entonces, al morir el día, quiso escuchar de los labios de ella las mismas palabras que entonó al cumplir él sus veintisiete años: "eres el hombre más importante en mi vida", mas no llegó a tanto, él había descendido de categoría con el desgaste de las emociones; se había vuelto un complemento, un satélite de preferencia, pero ya no era la razón predilecta. Conocía perfectamente las causas del desprecio y no reprochaba a ella la muerte del futuro, pues se sabía él responsable directo del desamor, autor material de su propio llanto y, lo que más le dolía, del llanto de ella. Los castillos en el aire cedían ante la gravedad, él se sentó junto a la ventana para verlos caer, o planear levantarlos, nadie podría afirmarlo con certeza.
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