Arranqué el auto y encendí un cigarrillo para que sea éste mi compañero de viaje en el trayecto corto que emprendería. No tardaría mucho, así que el cálculo de ocho minutos fue acertado.
Llegué al lugar y aparqué a un costado, como cada vez que debía recogerla. Había transcurrido ya más de un cuarto de hora desde que supe de ella por última vez. No ocultaré mi molestia, pocas cosas me enojan tanto como el retraso de los tiempos pactados, sobre todo cuando se trata de ella.
Me cansé de esperar y mis nervios se encontraban ya al borde de un colapso seguro al no recibir ni un pequeño mensaje de paciencia, algo que justifique su ausencia. Decidí cortar el desperdicio de combustible e ingresar hacia aquel lugar al cual solamente una vez me he permitido visitar, justamente para realizar un favor a ella, lugar que desprecio sobremanera por lo que representa, por constituirse en monumento a la hipocresía institucionalizada, al engaño malicioso y la corrupción disfrazada.
Saludé a quien se encontraba en la puerta y me miró con desconcierto, jamás perdiendo la cortesía aunque me produjera comezón respirar el mismo aire que aquellos seres ruines. Parece que mi fama había crecido, no es para menos; no es muy común encontrarse con un enemigo de mi talla ante sus mismísimas puertas. De pronto sentí que se había dado la voz de alerta, pues lo primero que divisé mientras me acercaba al gran lugar fue la silueta de tres fornidos jóvenes que salieron a mi encuentro. En actitud hostil se colocaron frente a mí, notoriamente impidiendo mi paso y con mirada desafiante.
- Paso, vengo por ella- les dije en tono adulto, esperando inyectar en sus mentes el temor reverencial que me deben.
- Ella no está para ti- replicó el más alto con una sonrisa sardónica, mientras su paso se estrechaba y reducía la distancia de nuestros pechos masculinos que se inflamaban primitivamente, tentando a un encontrón más brusco.
- Hazte a un lado, muchacho, no tengo tiempo qué perder contigo-
- Ya lo oíste, no está para ti- me dijo el más bajo mientras asía de mi brazo, frenando mis intenciones de proseguir.
- Afortunadamente no es decisión vuestra- insistí mientras recogía mi mano con rapidez, adivirtiéndoles con la mirada que no deseaba yo causarles daño alguno, pues mis prerrogativas y fueros resguardan mi paso diario por el mundo, protegiéndome de los malandrines que pretendieren mancillar la dignidad que me fue investida hacía ya varios meses y así les hice saber.
-Eso no es de hombres, no seas cobarde- fue lo último que escuché antes de recibir el golpe del tercer tipo, quien muy sigilosamente me derribó sobre el suelo y pidió a sus compinches ayuda para removerme del lugar.
Les hice saber que de cristianos no guardaban más que una forma nominal, al atacar a un similar por la espalda y, en pandilla, deshacerse de mí como si se tratase de un animal muerto. Solicitaron auxilio de la aparentemente dulce mujer que hasta hace escasos dos minutos me había devuelto el saludo en forma poco amigable y ésta apareció regocijada en el hecho de haber recibido yo "mi merecido" por ser el corruptor del cual tanto se decía en los cuchicheos masivos que ella conocía, pero que jamás se han atrevido a pronunciar mirándola al rostro.
- Vete y no te atrevas a pisar estos sacros cimientos nuevamente- insistieron mientras concluían la alevosa tarea de golpearme en superioridad numérica, incapacitándome de cualquier intento de defensa que pudiese yo oponer y echándome hacia la acera ante el estupor de los transeúntes. No quebraron mi determinación, aunque lo habían conseguido con dos de mis costillas, pues volví a subir las escaleras del lugar en búsqueda de ella, mi amada quien ignoraba lo acontecido en la retaguardia de su profesión de fe.
No haré alardes de macho, pues admito que la perforación producida por las costillas rotas dolía como solamente un boxeador podría comprender. Debí ignorar el malestar ante la misión incumplida que tenía delante e insistí una vez más, con la tos sanguínea que dificultaba aún más mi respiración agitada de fumador.
Aquella mujer que custodia la entrada se apresuró a cerrar las rejas de ingreso, parecía que todo se encontraba planeado con frialdad: procurarían mi desaparición física ante la necedad mostrada y no podían permitirse testigo alguno. Los candados oxidados chillaban al cerrarse uno tras otro mientras sonreían los tres perversos, vaticinando mi próximo final perfectamente cubierto por el ruido incesante del tráfico vehicular externo.
Supe que me encontraba ante la seriedad del peligro y confieso que sentí temor, por primera vez veía a lo lejos la guadaña ensangrentada que apuntaba hacia mi cabeza, indicándome que Las Moiras tenían preparado el corte definitivo. No vacilé ni por un segundo y me abalancé sobre el más alto con la ira desesperada de verla a ella, tocar sus cabellos por última vez y decirle cuánto la amaba. La ira rampante que me producía el saber que tendría un final tan estúpido a manos de aquel trío de fanáticos fue el combustible necesario, me dio el hálito final de vida para gritar su nombre con voz casi ahogada antes de desplomarme al pie de la cruz. Pensé en la ironía que el momento de mi extinción brindada: la sombra de aquella cristiana cruz poco me protegía de morir como musulmán, de cara al sol, en una horrible y dolorosa peregrinación hacia la obscuridad, tal como los judíos condenan a sus criminales más atroces. ¡Cuánto los combatí! En el último de los suspiros, ecuménicamente se vengarían de mí...
Un grito femenino alertó a la comunidad, al verme casualmente allí, sobre mi propia sangre y rodeado de los canallas, quienes escondieron los puñales ya listos para rematarme. Y entonces la vi, primera entre todos corriendo hasta el lugar de lo que era ya mi deceso casi confirmado. -Tarde como siempre- fueron mis últimos esbozos de coherencia y sátira ante la borrosa silueta de su rostro juvenil que desaparecía al ritmo de mis ojos cerrándose... había conseguido llegar hasta ella.
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