miércoles, 1 de julio de 2009

Cambalache -Comprendiendo-

"No en la forma que tú quisieras..." ¡Qué tajante sentencia! ¿Cuál es la forma que yo quisiera? ¿No es la bella locura, la nube cabalgada en el firmamento de la cual has insistido que sea parte?

¿Qué hubo de aquel viernes, mayo 22? ¿No retumbó en tu corazón el Golfo de Sorrento? No existió más napolitano violín que aquella noche y, contemplando el óleo de mujer con sombrero, te aferraste a mi brazo con los ojos ya cristalinos y exclamaste: "Comienzo a creerte..." Me es negada la motivación de causa y únicamente he llegado a ser un rumiante de los recuerdos agradables.

Sucedió algo esta mañana... Desde luego, ya lo creo. El inclemente sol me permitió apreciar la majestuosa desmimetización de tus pupilas con el iris y obsequióme por varios minutos la visión de dos hermosas y obscuras almendras que con intriga vacilaban sobre el significado de mi mirada perpleja. Pero algo más ocurrió entre nosotros, ¿cierto? Aquello que debo callar en señal de indiferencia pretendiendo que es cotidiano pero que martilla, taladra, revuelve, penetra y retuerce mis nervios hasta desquiciar mi objetividad y mermar mis ánimos. ¿Me importa? Ciertamente, me importa demasiado; me importa aún más el hecho de que a ti no te importe. Es innegable la atención que le merezco al asunto, pero debo lograr sobrellevarlo; aprender a vivir con la balanza a tu favor mientras día a día cumplo la autorepresión de desvanecerte.

¡Todo o nada! Expuse con claridad mi consigna y espero aún la respuesta definitiva. Lo único que puedo prometer durante la espera, es seguir pensando en ti y recordarte como la muchachita risueña que brindó su sonrisa, la amiga que enjugó mis lágrimas y la mujer que me regaló sus amores.

¿Dónde has estado todo este tiempo? No olvido aquella pregunta insigne y sé que tú tampoco; rondará tu cabeza y espero, te llene de valor.

El último círculo reservó Dante para mí, eso es asunto sabido... Con lo que me importa el qué dirán; lo espero gustoso... Habrá valido la pena.

Delirio afirmativo

No tranquila mi conciencia (a pesar de haberte afirmado lo contrario), la imaginación se valió de la insatisfacción para brindarme un placebo que me permitiera sonreír en este día... Fue así como la mente me remontó al viernes y quiso darme por algunos minutos, un final alterno, una variación más feliz, más grata de aquella la que debió ser mi gran noche.

Llegamos a la mesa, tal como ocurrió. El maitre -quien fuera mi cómplice- la preparó tal como ordené; la luz tenue dejaba entrever el brillo de tus labios que resaltaban la fuerza obscura del vestido. Mis dedos únicamente pensaban en las caricias reservadas a tus cabellos que caían deslizando y conjugando circularmente con el collar plateado que descansaba cínico sobre el escote.

Sucedió exactamente igual; el recorrido de mis manos inquietas a lo largo de tu brazo te invitaba a regalarme un beso que perdurara en mis más allegados recuerdos. Las yemas de cada uno de tus dedos quedaron indefensas ante la arremetida de mi boca cuando, súbitamente, se detuvo el tiempo un instante y el repertorio de violín inundó el espacio a nuestro alrededor. Vi tus ojos volverse cristalinos mientras sostenías mi mano con fuerza; el pucherito de tu rostro resaltaba notablemente la belleza que te envolvía sin timidez alguna.

Cada melodía del rojo instrumento empeñaba el pundonoroso, pero natural, romanticismo de la noche. Con la copa levantada, brindaba al maestro y felicitaba su música, tan mediterránea, tan llena de amor; el trayecto estaba trazado y me dispuse a emerger los ocultos sentimientos...

Disfruté la pueril emoción con que, bocado a bocado, terminabas el postre. Fue entonces que arreglé tu cabello por detrás de tus orejas y rozando mi dedo sobre tus labios, me contemplaste con aquella mirada de hastío; sí, la mirada que hacía varias noches terminó de adueñarse de mi corazón. La pregunta que ronda mis pensamientos a todo momento escapó finalmente de su cautiverio y sonreíste con dulzura reprimida.

Asegurando un sueño placentero, el cerebro decidió cambiar de hemisferio el trabajo y optar por la imaginación, la que mantiene viva mi determinación; un rotundo sí salió de tu garganta femenina y me abrazaste como en tiempos de la Escuela de Derecho. Cinco besos plasmaste sobre mi rostro extasiado y ratificaste enérgicamente -¡Claro que sí, guapo tonto!-

La noche fue testigo único de la sonrisa que, dormido, dibujé gracias al engaño de mi mente. En la profundidad del sueño no daba crédito a lo que ocurría, era el momento anhelado, el que tanto esperé. Mi cómplice entendió la señal realizada y apareció frente a nosotros con la dote de amor que tanto tiempo atrás preparé; un óleo de mujer con sombrero fue el estribillo perfecto de la hermosa y victoriosa noche que se acercaba a su fin. Contemplaste el obsequio recostada sobre mi brazo, aferrada cariñosamente sin soltarme ni un momento, liberando tu corazón de dudas pasadas e invitándolo a renacer a mi lado.

Contenta y restituida, feliz y de vuelta a la dicha completa, te llevé del brazo hasta el carruaje de Cenicienta, no sin antes besarte con pasión en el centro de la obscuridad, publicitando mi amor a quienes nos rodeaban.

Una vez llegada al portal de tu casa, te despedí con un onírico beso y fue entonces que, aún sonriente, desperté...

Y me dieron las tres

Ya pasado el trance de la embriaguez y una vez consumada el ansia etílica de la depresión, la mente retorna a su descanso y envía impulsos de energía al corazón, invitándolo a congraciarse con la razón. El sentimiento y la lógica -pareja dispareja- concuerdan, como pocas veces, en el imperativo categórico de poner un alto a los masculinos rituales ofrecidos por Dionisio y que tientan al más templado espíritu...

Ya lo has conseguido -afirma una voz amiga.
Acepta como hombre los errores y las dificultades -prosigue- Ya todo es cuesta abajo...

El cariño de la amada confirma la calma exigida desde el exterior: "Yo te necesito... Eres mi razón para sonreír". Bastaron aquellas palabras para detener la cólera provocada por el alcohol y remontarme al éxtasis del primer beso. El verbo me es insuficiente y ella lo sabe; la palabra enmudece al penetrar mi mirada con sus ojos que sonrientes, me enamoran cada vez.

Aún intento descubrir el seguro sendero que lleva hasta sus agitados pensamientos, la braveza de su mente y la incólume esencia que me atrajo y me atrae todavía, loca e inexplicablemente. No me detendré; la fuerza que me llama a sus brazos es superior al ímpetu y a la conciencia misma. El anhelo es mi norte...