lunes, 17 de septiembre de 2012

Arzu

Llegué presurosamente a la gasolinería. La Primax de la avenida Carlos Julio Arosemena suele sacarme de apuros, tiene un cajero de mi banco en su interior. No muy lejos de donde aparqué, vi aquella silueta que se acercaba tímidamente a la puerta de la tienda, con ese compás de suspicacia que trae la población local a altas horas de la noche. ¡Malditos prejuicios pequeñoburgueses culpa de Lombroso!

Curiosamente coincidimos en el mismo espacio, pero él ganó la posición. Me ubiqué a sus espaldas, esperando mi turno para retirar dinero de la máquina de billetes y leí en la parte posterior de su camiseta: "ARZU". No reconocí el uniforme, ni conocía al jugador original hasta que pude buscarlo en Wikipedia y saber de quién se trataba. Lo cierto es que sentí aquel pesar de haber actuado mal -o pensado, en este caso específico- cuando noté su bolsa plástica bajo el brazo, aquella que (en ocasiones es un pequeño bolso de cuero o tela) nuestros más humildes obreros, generalmente albañiles, emplean para transportar su ropa de trabajo. Rondó entonces por mi cabeza una serie de pensamientos: ¿qué hacía hasta tan tarde por la calle? ¿recién salía del trabajo? ¿por qué habría de estar a estas horas en la calle un domingo, día de descanso? Sea cual fuere la respuesta, mi turno para emplear el cajero había llegado y me apresuré a sacar lo estrictamente necesario para un paquete de cigarrillos y quizás unos M&M, los que compro cuando me siento distraído y necesito energías para escribir, poder rendir en los juegos en línea, trabajar hasta tarde o simplemente leer algo entretenido antes de dormir.

Un problema con el banco me impidió sacar los cinco dólares que necesitaba y Arzu se reubicó en la cola. Noté cómo su tarjeta se encontraba rota, en mal estado y en general, deteriorada. Tras varios intentos, el sistema financiero nacional se había empeñado groseramente en no permitirme fumar esta noche. Volteé y pregunté a Arzu si acaso hubo tenido el mismo inconveniente que yo. -"No, mi tarjeta está dañada"- fue su respuesta y noté inmediatamente aquel atisbo de quichua que sobrevive en la entonación del dialecto interandino: Arzu provenía de la Sierra.

Dispuesto a no permitir que Murphy deniegue el mayor de mis placeres (después del sexo y la comida, desde luego), me aventuré directamente hacia el mostrador de la caja, a sabiendas de que mi tarjeta de débito sería tan inútil allí como lo fue en el aparato que maldije murmurando. Miré de reojo a Arzu, sintiendo la carga moral de asegurar su bienestar, habiendo concluido en mi cabeza que él era un llegado del Callejón Interandino, de entre otros miles más que vienen al gran puerto a menudo en busca de un mejor porvenir y que se encontraba desesperado por obtener un poco de dinero para comer él mismo, o para llevar algo a sus hijos, quienes esperaban ansiosos a cenar en compañía de su padre.

Noté la decepción de sus ojos mientras inútilemente remendaba el plástico maltrecho de su tarjeta. -"Buenas noches"- me saludó la delgada cajera mientras ponía yo sobre el mostrador los chocolates ansiados y solicitaba un paquete de LARK (para tener el nombre de una linda ave mañanera, es la marca de cigarrillos más fuerte en mi país). Arzu despertó en mí una compasión inmediata, más producto de todo lo que cruzó por mi mente, que de cualquier situación comprobable. Pensé en invitarlo a comer, e incluso en pagar por su transporte, hasta que la dependiente del lugar me indicó que la tarjeta mía había sido rechazada.

Mi buena acción del día quedó solamente en intención, de esas que colman el infierno, según dice una máxima popular. Me retiré derrotado del lugar mientras Arzu se mantuvo luchando contra la tecnología y el injusto sistema financiero que nos hizo perder tiempo. Al alejarme hacia mi vehículo, pude apreciar sus movimientos alrededor del local, intentando hallar una solución entre los estantes de conservas y enlatados, volviendo aun más pesado en mí el remordimiento de poseer los medios para irme a hacer lo mismo que él debía y se encontraba impedido de completar: volver al hogar junto a la familia, era lo justo luego de un día de descanso que la necesidad había convertido, para él, en una jornada laboral más.