lunes, 8 de noviembre de 2010

SOBRE LAS REFORMAS ORTOGRÁFICAS DE LA ACADEMIA

Para quienes fuimos educados con las “Nuevas Normas de Prosodia y Ortografía”, publicadas en 1959 y que tuvieron una larga vigencia hasta ser perfeccionadas –jamás derogadas- por la “Ortografía de la lengua española” en 1999, resulta sorprendente y hasta cierto punto ofensivo, el que se pretenda mutilar nuestra lengua materna a través de las reformas que la Real Academia Española de la Lengua actualmente ha planteado y aprobado, esperando su publicación definitiva a finales de este año. Y es que resulta incomprensible que el criterio empleado por la respetada RAEL sea el de acoplarse a una equivocada mayoría de hispanohablantes. Si los adultos instruidos obvian las tildes, o si los adolescentes adictos al teléfono móvil omiten letras y promueven el empleo de signos, pues no por estas razones debemos reestructurar la correcta forma en que se escriben las palabras. No podemos olvidar que la Real Academia Española de la Lengua nace bajo “Real protección” del Rey Felipe V, precisamente para frenar el peligro de deformación del español y conservar su estructura clásica, ante la amenaza cultural francesa que invadía la sociedad española a principios del siglo XVIII. El propio Felipe V, quien fuera el primer Borbón (casa real de origen francesa) en ocupar el trono español, comprendió la necesidad de proteger el idioma de las posibles alteraciones que pudiesen experimentarse con la llegada de diversos rasgos sociales, culturales o políticos de la época. Tres siglos más tarde, la RAEL se encuentra en el mismo escenario, pero a diferencia de sus prolijos y cuidadosos fundadores, esta vez ha decidido ceder ante la coyuntura y pasar por alto la labor de generaciones enteras que dedicaron su empeño académico a componer un único y central modo de escritura aceptable.

Es menester recalcar que para la toma de este tipo de decisiones, la RAEL cuenta con la participación de las otras 21 academias existentes en el mundo, recogiendo los diversos criterios de empleo de la lengua española de acuerdo a cada territorio. Quisiera saber con claridad absoluta cuál fue la postura de la Academia Ecuatoriana de la Lengua ante esto y qué aportes brindó a lo largo del estudio de la ortografía moderna, más aún, saber si tiene alguna responsabilidad de acción u omisión por estos cambios. Por supuesto, existen facciones en América Latina que han defendido desde siempre la tesis de que el español es el que se escribe tal como se piensa, sin reglas que restrinjan su “evolución” constante. Entre los más altos exponentes de esta corriente se encuentra el genial Gabriel García Márquez, para quien debería “jubilarse a la ortografía” y permitir a los pueblos hispánicos del mundo el entenderse como mejor prefieran. Sin diezmar la admiración que siento por el maestro, debo enfrentar tal postura, a la que considero peligrosa, puesto que las reglas de ortografía y gramática son las que garantizan la unidad de nuestro rico idioma y permiten entendernos claramente desde Guayaquil hasta Manila.

Es evidente para cualquier lector que los extranjerismos y neologismos tienen cada vez mayor acogida entre la gente, los mismos que antes eran castellanizados, Vg: Guglear (buscar información en línea empleando el motor de búsqueda Google), ahora ni siquiera requieren de adaptación alguna, Vg: Muffin (como se le conoce coloquialmente en algunos lugares de Sudamérica, queque), del cual no he encontrado traducción en ninguna pastelería. Pero estas reformas no tratan sobre palabras cuya adaptación se encuentra en duda, aquello sería menos preocupante. Las mencionadas “innovaciones” afectan a la raíz misma de la escritura, entre las que se incluyen: a) Permisividad de obviar la tilde diacrítica para los caso de “solo”, o de los pronombres demostrativos, aduciendo que del contexto del escrito se desprenderá su aplicación. ¿Por qué se creó originalmente la tilde diacrítica? Precisamente para evitar las confusiones al momento de transmitir ideas. Vg: "Solo me encuentro en casa, solo durante las noches y vivo solo gracias a ti". La oración que emplee “solo” tendrá que ser realmente larga, para poder un lector común guiarse por el contexto; b) Ya no se tildará la letra “o” para separar cifras. La Academia lo justifica como una integración con la tecnología moderna, dado que en las computadoras se puede diferenciar claramente la mencionada letra del número 0. Es innegable, ciertamente. ¿Estamos entonces condenados a dejar de escribir a mano dentro de unas cuantas décadas? ¿Dejará de existir el manuscrito? ¿Se eliminará para siempre la caligrafía como materia de enseñanza, como destreza, como forma de trabajo artístico? c) "Se eliminan de los términos genéricos que se anteponen a los nombres propios (golfo de México, calle Felipe IV)". Me parece insensata la decisión, dado que no es lo mismo decir “Ciudad de México es muy bonita”, que “La ciudad de Guayaquil es muy bonita”. La diferencia es clara, puesto que muchos nombres propios de naturaleza geográfica son a la vez sustantivos compuestos y empezarán, naturalmente, por un nombre común; d) La supresión de la letra "q" para cualquier uso fuera de los casos que y qui. Podría entenderse parcialmente la justificación dada por la RAEL para esta decisión, ya que la letra k cumple por sí sola la función de la q. Sin embargo, por herencia romance, la letra q ha sido siempre nuestra, ya que la k fue una importación hecha a los griegos y estos, a su vez, la tomaron de los fenicios; e) La equivocación mayor: “De los 450 millones de hablantes del español, unos pronuncian como diptongo lo que para otros funciona como hiato”. Es precisamente esta consideración lo que ha desencadenado en el estado actual de la escritura; la Academia siempre mantuvo la postura de “permitir o no” la tilde en ciertos casos, ante ciertos peligros, otorgando así discrecionalidad al escritor. Pues ocurrió lo temido: Fue tan amplio el libre albedrío, que gran parte de la gente optó por no tildar jamás, aun cuando las ideas se volvían confusas, o alteraban radicalmente la intención del emisor, cayendo en el recurrente error de creer que el lector está obligado a comprender la idea plasmada en papel, sea que esté bien o mal escrita. Los encargados de la RAEL deberían abandonar para siempre la postura permisiva en cuanto a las normas ortográficas, porque la potestad termina en libertinaje. Es así que ahora se escribirá guion, hui, riais, Sion, truhan, fie. Es correcto, siguiendo la regla general, que los monosílabos no se tildan. Sin embargo, la tilde es lo que determina gráficamente la existencia o no del hiato, más allá de su variante pronunciación de acuerdo a la región.

Cabe destacar que no todo es negativo en estas nuevas reformas introducidas, como las disposiciones a saber: a) Las letras “b” y “v” quedan definitivamente establecidas como be y uve, respectivamente, dejando de lado la cantidad de nombres que han recibido a lo largo de los años; b) Los dígrafos “ch” y “ll” están expresamente eliminados del alfabeto español; c) Por fin la letra “y” es llamada por su nombre, ye, dejando de lado la pregunta tan frecuente: “¿Con i latina, o griega?” Como último aspecto positivo, está el haber aclarado por fin la eterna duda de la escritura de prefijos, como “Ex”, confirmando la regla de escribirlos juntos y sin guión.

Finalmente, haciendo un análisis comparativo, creo que la labor de los académicos deja mucho qué desear, planteando desalientos y no facilidades, siendo aun más preocupante no el haber elaborado y aprobado las reformas en sí, sino la motivación fundamental para llevarlas a cabo, dejándonos a merced perpetua de la mala utilización general de los signos ortográficos. Si el empleo de la lengua sigue degradándose como hasta ahora, ¿qué nos esperará en los años siguientes? ¿Seguirá privilegiando la Academia la fuerza de la costumbre y no la fuerza de la ley?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mi vida a través de ti

No es solamente una trillada frase romántica, o el renunciar a la individualidad viril que caracteriza a mi género. Va mucho más allá de cualquier mundana consideración social que pueda atribuirse al compartir cada alegría personal con quien he elegido para que atestigüe mis faltas y éxitos a lo largo de los días.


Es cierto que un amor puede volvernos autómatas doblegados a la voluntad de quien habita en nuestro corazón; recordad la terquedad de un amante príncipe que consumió a Troya hasta las cenizas. ¿Acaso no desafió Dante al mismísimo Señor de las Tinieblas en busca de su amada Beatriz? No digamos del pequeño francés de la mano en el cabestrillo que arrodilló a la poderosa Europa, ofreciendo cada conquista como regalo a su adorada Josefina.


¿Por qué habría yo de negar tal condición en mi ser? ¿Soy superior a los grandes hombres de la historia? Haciendo una pausa y reflexiono sobre mi vida… me doy cuenta de que no he estado exento de ser arrastrado por la pasión sublime y vertiginosa que sólo el amor produce en los corazones más impetuosos. A riesgo de caer en un reprochable sexismo, acojo como propio un rasgo que aprendí del maestro Sartre, y es que un hombre puede haber tenido varias amantes, pero sólo una compañera. Una amante complace en momentos felices, una compañera llena infinitamente hasta las horas mustias.


Sé muy bien el calificativo popular que me es conferido por mostrar devotamente mi adoración. A diferencia de la ácida fruta que ostento como título no oficial, la dulzura empalagosa que mi espíritu te guarda logra cauterizar las heridas más profundas. Me satisface creer que incluso es capaz de sanar las causadas por mi reiterada negligencia. ¿Recuerdas la llamada sobre Hong Kong? Fue una noche de verano hace cinco años cuya emoción fue superada por una sencilla cena que culminó con un par de cigarrillos en el Parque Seminario, lo parque nuestro. Cada momento, por mínimo que resultara, era una excusa para tomarte de la mano y llevarte conmigo a vivirlo. Contemplaste con rigurosa estoicidad las lágrimas derramándose sobre las tumbas de mis abuelos y me abrazaste cariñosamente, tomando junto a mí el juramento de amor eterno: Nunca me separaré de ti. La sanación fue completa en su momento.


Hoy contemplo tu figura desgastada por mi amargura, por el perdón propio que no he logrado hallar. Cuando una nota y una rosa no son suficientes para eludir las pesadas cargas del alma, sé que una lágrima y un beso, mi rúbrica perpetua hacia ti, pueden desaparecer los males que aquejan a tu corazón. ¿Permitirás que lo hagan? Espero que sí. Confío en que cada palabra de amor traducida en acción certera sea el señuelo adecuado para mantener nuestro pacto perenne. "Sólo en tu espíritu habita la calma que puede frenar mis más desesperadas emociones".


El tiempo galopa implacable y se me escurre entre los dedos. Me resisto a aceptar el fracaso y aférrome al bien impalpable que nos cobija, nuestro tema de amor, la historia juntos, aquel que me empujó a besar tu fotografía antes de cada examen y dedicarte en ausencia el triunfo académico logrado. Los dedos se mueven intranquilos, el cigarrillo consumido cae sobre el piso. Es el momento preciso, mi cuerpo lo siente; tengo que salir a buscarte y gritar que te amo. Te amo no como ayer, sino más que nunca; siempre lo haré, compañera. Espera por mí, iré a reconquistar el lugar que me he ganado.