domingo, 5 de julio de 2020

Escasez

Las misivas de los últimos días anunciaron más y más mis intenciones, satisfactoriamente comprendidas y correspondidas. Me preguntaste con especial atención si acaso tus ropajes resultarían informales para mi mesa y al hacerte saber que no los llevarías encima mucho tiempo, soltaste una sonrisa pícara de complicidad.

Apenas hubo obscurecido cuando llegué a tu portal y saliste ansiosa, pero con calma curiosa. Unos cortos azules de jeans y una blusa palo rosa fueron la indumentaria informal a la que estimabas insuficiente.

Llegamos al destino, con rumbo directo hacia el comedor donde horas antes solicité a los cohabitantes no ser interrumpido mientras durase nuestra velada. Al destapar la primera botella de Cavernet comenzó la charla amena que nos llevaría por el Derecho, la política y hasta la farándula. Rondando los 1.200 mililitros de cepa tinta moviste el cuello en señal de cansancio, por lo que me animé a levantarme y colocándome detrás de ti, comencé un masaje que terminaría en el primer acercamiento de nuestros labios. Parecías distraída y me alejaste de repente; me pediste ir con calma. Accedí. Mientras servía la que sería tu última copa, recibiste la llamada definitoria. Debías marcharte. Te pedí no hacerlo, pero ofrecí llevarte si resultaba imperiosa la partida. Llamaste de vuelta, suspiraste, colgaste.

—Quiero quedarme contigo —me dijiste.
—Vamos —respondí.

Tomaste la copa y tras un sorbo, seguiste el paso tomada de mi mano hasta la alcoba por las escaleras obscurecidas previamente por mí. Ya en el lugar encendí una luz para que reconocieras el entorno y te sea familiar; contemplaste los adornos, las joyas y los maceteros con atención particular. Parecías querer dilatar nuestro encuentro. Dando otro sorbo de vino, te volteaste a verme con incredulidad, arqueando la boca, esperando mi reacción.

Inmediatamente tomé tu rostro y te besé con pasión; al descender por tu cuello, me tomaste detrás de la cabeza con fuerza y un pequeño y corto gemido escapó ruborizado; agarré entonces tu copa y la posé junto a la mía sobre la cómoda. Al retirarte la blusa diste media vuelta, cubriéndote los pechos aún resguardados por el sujetador blanco y con cierta  vergüenza me miraste por encima del hombro. Fue entonces cuando te abracé por detrás y conduje tus manos hacia mi rostro mientras transgredía la última línea de defensa de tu busto. Acariciando tus pechos conquisté tus labios una vez más y ya frente a mí, me quitaste la camisa mientras me deshacía de tu sujetador con cierta picardía. Apagué la luz de un golpe para llevarte hasta el borde de la cama y depositarte sobre ella entre las sábanas despejadas. Me miraste tiernamente, aún con cierta vergüenza, cuando empecé el recorrido de tu piel con mi boca hasta encontrarme con el botón que no tardé en abrir para finalmente poseer tu desnudez completa. La cola tenue de un halo estrellado penetró el balcón mientras me nutría del sabor de tu tez y dejaba entrever la magnitud severa de tus pechos hinchados; remordí los fustes carnosos que se levantaban sobre las cimas de tu pecho hasta el borde de la resistencia y convencido ya del momento acaecido, te embestí con la fuerza de mis deseos acumulados al ritmo de tus piernas estrujándome la espalda hasta que con el mismo rubor del principio, llevaste tus manos hasta cubrir tus ojos completamente y exclamar sonriente y nerviosa: «Terminé…».

El reloj marcó la medianoche cuando me tumbé a tu lado y te observé boca abajo abrazada a las sábanas, mirándome de reojo, algo incrédula hasta quedarte dormida.

No sé cuánto tiempo transcurrió al abrir los ojos y hallarte sobre mí, besándome con mayor pasión al enhebrar tu interior en medio de la respiración ya agitada de ambos. Tus rodillas estribaban los lados de mi abdomen para soportar el balance de tus pechos gigantes que a ratos rozaban mi torso y alcanzaban mi boca; los besé y mordí como nunca mientras tu humedad se acentuaba y a ratos parecías flotar. Tomé tus caderas con firmeza y aceleré el compás hasta oírte gemir ahogadamente, sin abrir los labios y súbitamente, sentirme invadido por la vibración de tu corredor femenino para recibirte entera, satisfecha y feliz sobre mi cuerpo, besarte una vez más, ansiando que no llegues a desengarzar el vértice de nuestra pasión. Tumbados uno junto al otro, riendo y conversando, por segunda ocasión y ansiando un reencuentro próximo, nos conquistó el sueño y nosotros a él.