No los de Roberto Carlos, no se esos que realzan la virilidad y el orgullo de saberse único en la mente de una mujer, no. Nada así de sencillo, complaciente y memorable.
Estos pequeños detalles que uno a uno se van sumando hasta formar una espiral de emociones diversas y mantienen mi mente en constante estado de vigilia son, a la larga, organizadores de los más coloridos espectáculos que la imaginación puede generar. ¿Cuál fue la génesis de tanta parafernalia de la cual he hablado durante algún tiempo y cuya insistencia aburre al lector? He aquí la historia:
Corría el año 2012, aún inmaduro, cuando decidí que no debía esperar un minuto más, que el tiempo se tornaba enemigo feroz y en cualquier momento recibiría una amarga noticia por parte de ella, haciéndome saber que la habría perdido quizás para siempre. De por sí ya resultaba escandalosamente alarmante cualquier gesto que me hiciera pensar en felicidades ajenas, que me recordara la situación acaecida y de la cual no supe sino hasta que fui víctima de un intento fallido de homicidio emocional. ¡Cómo olvidar tan descarada tentativa!
No obstante las dudas y a pesar de la rabia acumulada, corrí la suerte de los valientes, aquellos que se diferencian de los irresponsables en enfrentarse al riesgo a pesar del temor. Incluso antes de pasar al plano del romanticismo anunciado, reviví el pasado por una presencia inesperada que me motivó a indagar masoquistamente en recuerdos lacerantes. Pasó el momento y fui correspondido. No ahondaré en lo descrito prolijamente en "Angustia, el gato montés y un amor de café", pues es historia ya sabida y ha quedado perfecta como fue concebida.
La intención del autor es mostrar el "escenario B", el subterfugio de acontecimientos y emociones no descritos, el lado sumergido del gran témpano que fue la mente y que trabajó a toda máquina entre la cortesía comprensiva y el amor que clamaba a gritos ser expulsado; todo cuanto ha sido dicho es cierto, es sincero, mas los intereses difieren a veces de la postura, por ello una explicación es necesaria.
Una vez logrado el objetivo, la llaga necesitaba cerrarse. No puede una curación nacer a raíz de una herida abierta; debe desinfectarse y suturarse antes de proceder a sanar. Así lo entendí desde el principio y procuré que cerrase, pero el latir de los nervios desangraba la incisión, recordando aquella vieja leyenda japonesa que rodaba entre los guerreros samuráis: "Una herida hecha con malicia no desaparece hasta que el deseo que la causó ha desaparecido...". Comprobé lo cierto de la máxima citada, incluso hoy sangra la vieja herida y es por causa de ellos, los detalles.
Con la crueldad de Torquemada, la sometí a duras y extenuantes sesiones de inquisición, resquebrajando -sin proponérmelo, lo confieso- su determinación de amar cada vez más, agotando lo que creí inagotable: su imperecedera fuente de abnegación para conmigo.
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