Aun con las emociones latentes acudí a tus honras ulteriores. El corto recorrido desde la puerta hacia el féretro es el más luctuoso que he vivido en una veintena de años, cuando despedí a otra maestra y por quien de ti recibí un pésame hondamente sentido. Esta vez me dirigía hacia ti y la empatía de pesar saldría de mí hacia los tuyos; todos ellos estuvieron presentes, ellas sobre todo, dulces y cariñosas como en los tiempos pueriles de las aulas, me saludaron con sendas sonrisas rotas que armonizaban con el negro de sus vestidos. Janeth, el símbolo inquebrantable de disciplina, desplomóse en un abrazo prolongado y sobre sus cabellos ya nevados posé mi beso de dolor compartido.
Tus cuatro nombres resaltaban vivamente en el rótulo y todavía no lo creí, no lo creí hasta que te vi. Mi amada me acompañó del brazo para sostener la flaqueza de tu ausencia y te vi. Me acerqué dubitativo y la fragancia de un centenar de flores anunciaron tu presencia ya inerte y entonces te vi. Jamás conocí tu rostro libre de anteojos y por primera y última vez, te vi. Simplemente posé mis manos sobre el cristal que nos separaba y me resistí a creer que eras tú, que en la quietud de aquella caja, te vi. Me detuve a contemplar las manos acianas que sostuvieron mi mano tantas veces enseñándome a dibujar la letra y quise tocarlas con el mismo cariño, pero únicamente te vi.
Dos días estuve a tu lado hasta que fue anunciado el retiro y la hora obscura pintaba su proximidad. Marché por los escalones sin resignación, apurando el paso de mi compañera, otra de tus hijas, para encontrarnos casi al final del camino a tres de ellas, curiosamente en el mismo orden: Ida, Olga y Delia. ¡Vaya simbolismo me obsequió Melpómene!
Ya en la calurosa aglutinación de despedida participamos de las canciones que nos enseñaste, honrándote después de muerta como te celebramos en vida y te depositamos en la morada póstuma entre flauta y oraciones. Las voces quebradas desentonaban los coros, pues toda perfección se selló detrás de la lápida con tu nombre. Me quedé hasta el final, necesitaba un minuto a solas para estampar un beso sobre la caligrafía de tus nombres y llorarte sin testigos. Recordé cómo sonreí el primer día, aquella mañana cuando mamá me dejó bajo tu cuidado y en el último, diciéndote adiós, te devolví las memorias gratas en forma de lágrimas. -Ya es hora-, fueron las palabras de mi mejor amiga al tocar mi hombro y notar que no quedaba nadie más. Y fue la hora, ciertamente; mi niñez quedó depositada en tu nicho el 22 de septiembre de 2016.
Te amo, maestra, madrina y mentora. Descansa al fin, lo mereces, mi aya.
Tu niño Tapia
lunes, 26 de septiembre de 2016
martes, 20 de septiembre de 2016
Aya
Tu voz dulce invitándome al salón rebosante de juguetes es la primera marca que la memoria evidencia de nuestro amor, ese pacto sagrado que cumplimos fielmente: me diste armas para embestir a la vida y yo te honré viviéndola como el caballero que formaste. Hoy me enrostra lo efímero de la vida y hallo con dolor que has partido; el corazón se lacera, la garganta es un nudo y los ojos forman vertientes saladas que sollozan tu nombre. Te lloro, no porque la tranquilidad eterna te ha recibido, sino por el tiempo que nos quedaba y fue arrebatado; te extraño, has sido el pilar de mi carácter y mis contadas virtudes; te necesito, ¿a quién confiaré a la prole mía? ¡maldita sea la muerte por esta hora!
Vivo aún según tu ejemplo laico de ciencia, de luz y verdad. Ya no estás para evaluarme y sin embargo lanzo a tu inmortalidad la pregunta: ¿lo he hecho bien, señorita Adda? Mis semejantes sabrán responder cuando la hora definitiva me alcance y únicamente entonces sonreiré ante tu recuerdo al saber que no te decepcioné y cumplí el credo que me legaste como niño gracioso, joven pundonoroso y hombre bueno y honrado.
Te amo, mi aya inmortal. Hasta siempre.
Tu niño Tapia
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