Observando la hermosa fotografía grupal que decora mi despacho ministerial, recordé a Modigliani. Fue inevitable pensar en las palabras del maestro previas a la presentación de su obra magna: "Cuando logre ver tu alma, entonces pintaré tus ojos". Todos los rostros son visibles en nuestra foto, excepto uno...
Mis amigos entrañables y yo en amplia algarabía; celebrábamos juntos y ajenos a todos los defectos que el mundo nos tuvo preparados en lo posterior, sin embargo existía una sonrisa muerta, un alivio que no penetró: habitaba entre nosotros el dolor. No quise comprenderlo, fui egoísta... Mi tan cacareada sensibilidad no alcanzó a notar en ningún momento que mi amigo y hermano clamaba por todo nuestro cariño y compañía.
Su expresión vacía desde ya delataba lo que no comprenderíamos sino hasta el futuro, cuando su atormentado espíritu no pudo soportar más la carga de la soledad, peso que se resiste estoicamente si se posee el equilibrio suficiente y la calma necesaria; nuestro compañero no pasó la prueba de entereza y fue consumido al unísono por todos sus dolores pasados y presentes. Inolvidable fue para nosotros aquella noche de peligro en que sentimos que lo habíamos perdido, entregado totalmente al temor y el tardío arrepentimiento, nada más pudimos hacer que no fuera consolar a su madre consumida en llanto.Maldita sea la hora en que accedí a ayudarlo; no quise enfrentamientos que consideré inútiles y lo acompañé en su aventura. Hube de lamentarlo luego, cuando me tocó estar al mando del grupo para evitar los abusos de una corrompida fuerza. Cada minuto parecía infinito mientras el calor se incrementaba ante la cantidad -esperada, desde luego- de curiosos que abarrotaron las calles aledañas. La partida nos dejó perplejos, sabíamos dónde debía ir, pero perdimos su rastro... Fue al día siguiente cuando todos nuestros rostros se encendieron de felicidad al escuchar la absolución divina, lo que parecía el final de su vida desprolija y el punto de partida de una nueva oportunidad para alejarse del dolor, de tantas tonterías que rondan su cabeza e impiden que se luzca como cuando lo hace ante nosotros, sus compinches, quienes aprendemos tanto de él y su sabiduría.
Vuelvo a observar la fotografía y el reflejo del sol que entra por la ventana, recae justo sobre él, como indicándome el cielo que por fin mi amigo halló paz.
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