Arranqué el auto y encendí un cigarrillo para que sea éste mi compañero de viaje en el trayecto corto que emprendería. No tardaría mucho, así que el cálculo de ocho minutos fue acertado.
Llegué al lugar y aparqué a un costado, como cada vez que debía recogerla. Había transcurrido ya más de un cuarto de hora desde que supe de ella por última vez. No ocultaré mi molestia, pocas cosas me enojan tanto como el retraso de los tiempos pactados, sobre todo cuando se trata de ella.
Me cansé de esperar y mis nervios se encontraban ya al borde de un colapso seguro al no recibir ni un pequeño mensaje de paciencia, algo que justifique su ausencia. Decidí cortar el desperdicio de combustible e ingresar hacia aquel lugar al cual solamente una vez me he permitido visitar, justamente para realizar un favor a ella, lugar que desprecio sobremanera por lo que representa, por constituirse en monumento a la hipocresía institucionalizada, al engaño malicioso y la corrupción disfrazada.
Saludé a quien se encontraba en la puerta y me miró con desconcierto, jamás perdiendo la cortesía aunque me produjera comezón respirar el mismo aire que aquellos seres ruines. Parece que mi fama había crecido, no es para menos; no es muy común encontrarse con un enemigo de mi talla ante sus mismísimas puertas. De pronto sentí que se había dado la voz de alerta, pues lo primero que divisé mientras me acercaba al gran lugar fue la silueta de tres fornidos jóvenes que salieron a mi encuentro. En actitud hostil se colocaron frente a mí, notoriamente impidiendo mi paso y con mirada desafiante.
- Paso, vengo por ella- les dije en tono adulto, esperando inyectar en sus mentes el temor reverencial que me deben.
- Ella no está para ti- replicó el más alto con una sonrisa sardónica, mientras su paso se estrechaba y reducía la distancia de nuestros pechos masculinos que se inflamaban primitivamente, tentando a un encontrón más brusco.
- Hazte a un lado, muchacho, no tengo tiempo qué perder contigo-
- Ya lo oíste, no está para ti- me dijo el más bajo mientras asía de mi brazo, frenando mis intenciones de proseguir.
- Afortunadamente no es decisión vuestra- insistí mientras recogía mi mano con rapidez, adivirtiéndoles con la mirada que no deseaba yo causarles daño alguno, pues mis prerrogativas y fueros resguardan mi paso diario por el mundo, protegiéndome de los malandrines que pretendieren mancillar la dignidad que me fue investida hacía ya varios meses y así les hice saber.
-Eso no es de hombres, no seas cobarde- fue lo último que escuché antes de recibir el golpe del tercer tipo, quien muy sigilosamente me derribó sobre el suelo y pidió a sus compinches ayuda para removerme del lugar.
Les hice saber que de cristianos no guardaban más que una forma nominal, al atacar a un similar por la espalda y, en pandilla, deshacerse de mí como si se tratase de un animal muerto. Solicitaron auxilio de la aparentemente dulce mujer que hasta hace escasos dos minutos me había devuelto el saludo en forma poco amigable y ésta apareció regocijada en el hecho de haber recibido yo "mi merecido" por ser el corruptor del cual tanto se decía en los cuchicheos masivos que ella conocía, pero que jamás se han atrevido a pronunciar mirándola al rostro.
- Vete y no te atrevas a pisar estos sacros cimientos nuevamente- insistieron mientras concluían la alevosa tarea de golpearme en superioridad numérica, incapacitándome de cualquier intento de defensa que pudiese yo oponer y echándome hacia la acera ante el estupor de los transeúntes. No quebraron mi determinación, aunque lo habían conseguido con dos de mis costillas, pues volví a subir las escaleras del lugar en búsqueda de ella, mi amada quien ignoraba lo acontecido en la retaguardia de su profesión de fe.
No haré alardes de macho, pues admito que la perforación producida por las costillas rotas dolía como solamente un boxeador podría comprender. Debí ignorar el malestar ante la misión incumplida que tenía delante e insistí una vez más, con la tos sanguínea que dificultaba aún más mi respiración agitada de fumador.
Aquella mujer que custodia la entrada se apresuró a cerrar las rejas de ingreso, parecía que todo se encontraba planeado con frialdad: procurarían mi desaparición física ante la necedad mostrada y no podían permitirse testigo alguno. Los candados oxidados chillaban al cerrarse uno tras otro mientras sonreían los tres perversos, vaticinando mi próximo final perfectamente cubierto por el ruido incesante del tráfico vehicular externo.
Supe que me encontraba ante la seriedad del peligro y confieso que sentí temor, por primera vez veía a lo lejos la guadaña ensangrentada que apuntaba hacia mi cabeza, indicándome que Las Moiras tenían preparado el corte definitivo. No vacilé ni por un segundo y me abalancé sobre el más alto con la ira desesperada de verla a ella, tocar sus cabellos por última vez y decirle cuánto la amaba. La ira rampante que me producía el saber que tendría un final tan estúpido a manos de aquel trío de fanáticos fue el combustible necesario, me dio el hálito final de vida para gritar su nombre con voz casi ahogada antes de desplomarme al pie de la cruz. Pensé en la ironía que el momento de mi extinción brindada: la sombra de aquella cristiana cruz poco me protegía de morir como musulmán, de cara al sol, en una horrible y dolorosa peregrinación hacia la obscuridad, tal como los judíos condenan a sus criminales más atroces. ¡Cuánto los combatí! En el último de los suspiros, ecuménicamente se vengarían de mí...
Un grito femenino alertó a la comunidad, al verme casualmente allí, sobre mi propia sangre y rodeado de los canallas, quienes escondieron los puñales ya listos para rematarme. Y entonces la vi, primera entre todos corriendo hasta el lugar de lo que era ya mi deceso casi confirmado. -Tarde como siempre- fueron mis últimos esbozos de coherencia y sátira ante la borrosa silueta de su rostro juvenil que desaparecía al ritmo de mis ojos cerrándose... había conseguido llegar hasta ella.
jueves, 28 de junio de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
Hallazgo
No tengo cómo librarme de aquello, sobre todo al poseer acceso libre e inmediato cada vez que la curiosidad morbosa y desconfiada me invita a echar un vistazo. Es algo horrible que intranquiliza y degenera los sentimientos, una ola de celos rabiosos que invaden mi cuerpo y mi mente, llevándose toda mi calma en un chasquido malévolo.
¿Qué hago contigo, pequeño tesoro? No puedo devolverte al hoyo del cual te saqué, el precio es muy elevado. Tampoco puedo entregarte a otro, no después de haberme sido útil todo este tiempo. ¿Cómo evito la malicia que tu existencia revuelve dentro de mí? Seguramente debería nada más ignorarte, dejar de darte mayor importancia que la de tu fin: comunicación con otros seres de tecnología similar.
Me has servido bien, ya lo he dicho, no es menos cierto que jamás pensé en ti como un arma de desafío, una fuente de angustia, un manantial de veneno. Horas interminables paso contemplándote, como en tiempos pasados hice con un primo tuyo, acechando cada paso de mi presa quien, inadvertida y descarada, alardeaba de su malhadada virtud femenina para conjugar perfectamente los celos y la necesidad en los hombres. Tú no existías aún y sin embargo te has vuelto más peligroso que cualquiera de tus análogos, tú marcas las horas y los amigos, eres el demonio en carne viva.
Veo avanzar las huellas de tus minutos que queman mis retinas con cada confirmación, así como un pasaporte al que sellan por sus movimientos migratorios. Intento que queme menos, pero las llagas se abren cuando decido observar aquella vieja imagen que conservé como un recuerdo cariñoso.
Una vez más... ¿qué carajo hago contigo...?
¿Qué hago contigo, pequeño tesoro? No puedo devolverte al hoyo del cual te saqué, el precio es muy elevado. Tampoco puedo entregarte a otro, no después de haberme sido útil todo este tiempo. ¿Cómo evito la malicia que tu existencia revuelve dentro de mí? Seguramente debería nada más ignorarte, dejar de darte mayor importancia que la de tu fin: comunicación con otros seres de tecnología similar.
Me has servido bien, ya lo he dicho, no es menos cierto que jamás pensé en ti como un arma de desafío, una fuente de angustia, un manantial de veneno. Horas interminables paso contemplándote, como en tiempos pasados hice con un primo tuyo, acechando cada paso de mi presa quien, inadvertida y descarada, alardeaba de su malhadada virtud femenina para conjugar perfectamente los celos y la necesidad en los hombres. Tú no existías aún y sin embargo te has vuelto más peligroso que cualquiera de tus análogos, tú marcas las horas y los amigos, eres el demonio en carne viva.
Veo avanzar las huellas de tus minutos que queman mis retinas con cada confirmación, así como un pasaporte al que sellan por sus movimientos migratorios. Intento que queme menos, pero las llagas se abren cuando decido observar aquella vieja imagen que conservé como un recuerdo cariñoso.
Una vez más... ¿qué carajo hago contigo...?
martes, 19 de junio de 2012
Demonio onírico
Una larga siesta terminaba, nos dispusimos a salir como era costumbre, atravesar la ciudad en búsqueda de alguna actividad divertida mientras caía la noche. Fue entonces que se me ocurrió ir hasta el lugar de mis orígenes, mostrarle a ella mi procedencia, a sabiendas de que un demonio del pasado rondaría el lugar en una de sus interminables noches de alcohol y mujeres a las que se ha encontrado siempre ligado.
El reloj marcaba las diecisiete horas treinta cuando tomé su mano y la conduje hasta el vehículo. A media marcha noté cierta intranquilidad en ella, de esa que hace que me mire de reojo mientras responde a su móvil. A pesar de lo perturbador, continué el camino y llegamos hasta el destino señalado. El paisaje no le era familiar, jamás ella había pisado aquel barrio popular en el cual aprendí el juego de las canicas hacía ya más de veinte años y al cual volvía una vez más, solamente para compartir los íntimos sentimientos de mi pasado.
Caminamos unos cuantos metros y allí, tras la casa que aún conservaba su pintura amarilla, nos vimos frente a la villa nueve de la manzana doscientos seis efe, la pequeña morada que hasta hoy sigue siendo la única que mi familia ha tenido como propia. Le conté con nostalgia cómo jugaba yo en aquella peatonal, trepando el árbol de mango que hoy no existe más y que era la primera imagen que uno recibía al abrir la puerta de entrada. Le hice saber de mis travesuras de pequeño, corriendo de un lado a otro y de cómo ir a la tienda me producía pereza, a pesar de encontrarse exactamente junto a mi antiguo hogar.
Ella quiso conocer más el lugar y así, con una sonrisa y entrelazando sus dedos con los míos, la llevé hacia el parque, el cual todavía alberga a decenas de niños diariamente entre sus juegos... Pero algo inesperado sucedió. No me refiero al demonio del pasado, a quien efectivamente logré distinguir entre una pequeña multitud adulta que se encontraba a un costado del terreno infantil, bebiendo alcohol entre música y risas, sino al demonio de letras anteriores, cuya existencia revuelve mis pensamientos e inyecta celos rabiosos en mi alma, mermando mis ratos de tranquilidad. ¿Qué hacía él allí? No me atrevería a suponer alguna respuesta, pues ellos dos no se conocen y la diferencia de edades podría convertirlos en padre e hijo. Lo cierto es que compartían la misma algarabía en el mismo extraño lugar.
Mi humor cambió rotundamente e intenté que nos marcháramos, pero ella discrepó al reconocerlo a la distancia. Inmediatamente soltó mi mano y sacó su móvil del bolsillo, para empezar a escribir a esa velocidad que la caracteriza. Ante ello, centré mi mirada en el demonio y éste también desenfundó su teléfono, un mensaje de texto le había llegado e instantáneamente levantó su mirada hacia nosotros. Aquellos ojos de calma encantadora parecieron iluminarse cuando la vio, sin importar siquiera mi presencia en el lugar.
- ¿A quién escribes?- pregunté esperando la sinceridad acostumbrada de su respuesta.
- Ya te digo- fue lo único que recibí.
- ¿Le estás escribiendo a él, cierto? - Repliqué indignado mientras mi ceño se fruncía con odio incalculable.
- Sí, le estoy escribiendo a él. Es de mala educación no saludar- me afirmó con descaro.
- Simplemente no puedes evitarlo, ¿verdad? Sientes aquella necesidad, ese no sé qué de saber sobre su vida día y noche, de buscar que te arranque una sonrisa cada vez que crees necesitarlo. ¿Sabes algo? ¡Me harté! Me cansé de esperar a que respondas adecuadamente a tu rol para conmigo y dejaré de sentir este ardor en mi pecho todo el tiempo por causa tuya. ¡Me largo! - fueron mis palabras cargadas de decepción y tortura mientras caminé de vuelta hacia el carro, olvidando todo el entorno...
Una fuerte carga de adrenalina recorrió mi cuerpo, de esas que solamente me producen las pesadillas y que inmediatamente alertan a mi cuerpo sobre la urgencia de despertar... y abrí los ojos... me encontraba en la misma posición que cuando caí en mi sueño profundo y realista. Nuestras manos no se habían soltado ni un minuto durante las dos horas que duró la siesta.
- Amor, mira qué hora es- fue lo primero que escuché de ella y yo, sin un sólo rezago de pereza por la adrenalina que aún recorría mis venas, le respondí: -son las seis y veintitrés-
-Vámonos- me dijo y así hicimos.
El reloj marcaba las diecisiete horas treinta cuando tomé su mano y la conduje hasta el vehículo. A media marcha noté cierta intranquilidad en ella, de esa que hace que me mire de reojo mientras responde a su móvil. A pesar de lo perturbador, continué el camino y llegamos hasta el destino señalado. El paisaje no le era familiar, jamás ella había pisado aquel barrio popular en el cual aprendí el juego de las canicas hacía ya más de veinte años y al cual volvía una vez más, solamente para compartir los íntimos sentimientos de mi pasado.
Caminamos unos cuantos metros y allí, tras la casa que aún conservaba su pintura amarilla, nos vimos frente a la villa nueve de la manzana doscientos seis efe, la pequeña morada que hasta hoy sigue siendo la única que mi familia ha tenido como propia. Le conté con nostalgia cómo jugaba yo en aquella peatonal, trepando el árbol de mango que hoy no existe más y que era la primera imagen que uno recibía al abrir la puerta de entrada. Le hice saber de mis travesuras de pequeño, corriendo de un lado a otro y de cómo ir a la tienda me producía pereza, a pesar de encontrarse exactamente junto a mi antiguo hogar.
Ella quiso conocer más el lugar y así, con una sonrisa y entrelazando sus dedos con los míos, la llevé hacia el parque, el cual todavía alberga a decenas de niños diariamente entre sus juegos... Pero algo inesperado sucedió. No me refiero al demonio del pasado, a quien efectivamente logré distinguir entre una pequeña multitud adulta que se encontraba a un costado del terreno infantil, bebiendo alcohol entre música y risas, sino al demonio de letras anteriores, cuya existencia revuelve mis pensamientos e inyecta celos rabiosos en mi alma, mermando mis ratos de tranquilidad. ¿Qué hacía él allí? No me atrevería a suponer alguna respuesta, pues ellos dos no se conocen y la diferencia de edades podría convertirlos en padre e hijo. Lo cierto es que compartían la misma algarabía en el mismo extraño lugar.
Mi humor cambió rotundamente e intenté que nos marcháramos, pero ella discrepó al reconocerlo a la distancia. Inmediatamente soltó mi mano y sacó su móvil del bolsillo, para empezar a escribir a esa velocidad que la caracteriza. Ante ello, centré mi mirada en el demonio y éste también desenfundó su teléfono, un mensaje de texto le había llegado e instantáneamente levantó su mirada hacia nosotros. Aquellos ojos de calma encantadora parecieron iluminarse cuando la vio, sin importar siquiera mi presencia en el lugar.
- ¿A quién escribes?- pregunté esperando la sinceridad acostumbrada de su respuesta.
- Ya te digo- fue lo único que recibí.
- ¿Le estás escribiendo a él, cierto? - Repliqué indignado mientras mi ceño se fruncía con odio incalculable.
- Sí, le estoy escribiendo a él. Es de mala educación no saludar- me afirmó con descaro.
- Simplemente no puedes evitarlo, ¿verdad? Sientes aquella necesidad, ese no sé qué de saber sobre su vida día y noche, de buscar que te arranque una sonrisa cada vez que crees necesitarlo. ¿Sabes algo? ¡Me harté! Me cansé de esperar a que respondas adecuadamente a tu rol para conmigo y dejaré de sentir este ardor en mi pecho todo el tiempo por causa tuya. ¡Me largo! - fueron mis palabras cargadas de decepción y tortura mientras caminé de vuelta hacia el carro, olvidando todo el entorno...
Una fuerte carga de adrenalina recorrió mi cuerpo, de esas que solamente me producen las pesadillas y que inmediatamente alertan a mi cuerpo sobre la urgencia de despertar... y abrí los ojos... me encontraba en la misma posición que cuando caí en mi sueño profundo y realista. Nuestras manos no se habían soltado ni un minuto durante las dos horas que duró la siesta.
- Amor, mira qué hora es- fue lo primero que escuché de ella y yo, sin un sólo rezago de pereza por la adrenalina que aún recorría mis venas, le respondí: -son las seis y veintitrés-
-Vámonos- me dijo y así hicimos.
Un te amo cuatripartito
La noche fue perfecta, hacía mucho que no huíamos sigilosamente de la rutina para enrumbarnos hacia la simpleza de un paseo perfecto: tomados de la mano en dirección de la marea que recordaba aquel baile inmortalizado en nuestras mentes y con la lluvia como cobija.
El plan original resultó frustrado por fuerza mayor y el pesimismo anidó esta vez no en su corazón, sino en el mío. Ella, con la dulzura propia de los tiernos años que lleva encima, logró calmarme al entralazar nuestros dedos y besarme, haciéndome sentir hondamente la presencia amorosa de su ser. Accedió a la proposición adolescente de un par de batidos en los escalones del cerro, como si fuéramos unos neófitos en la conquista que buscaban los más transparentes deseos de sus corazones.
-Te amaré toda la vida- fueron sus palabras revestidas de calidez, la misma que acompaña sus oraciones de amor desde hace ya varias lunas. No existe literatura conocida que pueda plasmar la amalgama de sensaciones que recorre mi cuerpo al momento de corresponderle, haciéndole saber mi voluntad perpetua de amarla, de llegar a creer que existen eternidades más allá de mi entendimiento en las cuales poder hacerla feliz hasta que el universo llegue a su fin.
Cada paso de descenso se convirtió en medra de mis anhelos, reconociendo que jamás antes había conocido yo amor tan puro como el ofrecido por la eriza, amor que congela la rabia y estremece mis entrañas; de aquellos que uno sabe, son verdaderos. Elegí de escenario un paisaje que nos era familiar, el aroma del sedimento fluvial se impregnó en nuestras camisetas sonrientes mientras su cintura desaparecía entre mis brazos y, al oído pude confesarle que toda mi vida había esperado por ella. Así como en mis sueños la sostuve contra mi pecho mientras la fragancia de sus cabellos era absorbida disimuladamente por mis sentidos.
Otras noches contadas por miles nos aguardan, lo sé. Estoy listo a enfrentar el fin del mundo para ganar el privilegio de su sonrisa amante, de compartir mis días en dicha sin fin junto a ella, mi compañera, la elegida por mi corazón. Finalmente puedo amar sin temor al mañana, emprender la ruta trazada y ostentar el título tan deseado por los hombres del mundo: feliz.
El plan original resultó frustrado por fuerza mayor y el pesimismo anidó esta vez no en su corazón, sino en el mío. Ella, con la dulzura propia de los tiernos años que lleva encima, logró calmarme al entralazar nuestros dedos y besarme, haciéndome sentir hondamente la presencia amorosa de su ser. Accedió a la proposición adolescente de un par de batidos en los escalones del cerro, como si fuéramos unos neófitos en la conquista que buscaban los más transparentes deseos de sus corazones.
-Te amaré toda la vida- fueron sus palabras revestidas de calidez, la misma que acompaña sus oraciones de amor desde hace ya varias lunas. No existe literatura conocida que pueda plasmar la amalgama de sensaciones que recorre mi cuerpo al momento de corresponderle, haciéndole saber mi voluntad perpetua de amarla, de llegar a creer que existen eternidades más allá de mi entendimiento en las cuales poder hacerla feliz hasta que el universo llegue a su fin.
Cada paso de descenso se convirtió en medra de mis anhelos, reconociendo que jamás antes había conocido yo amor tan puro como el ofrecido por la eriza, amor que congela la rabia y estremece mis entrañas; de aquellos que uno sabe, son verdaderos. Elegí de escenario un paisaje que nos era familiar, el aroma del sedimento fluvial se impregnó en nuestras camisetas sonrientes mientras su cintura desaparecía entre mis brazos y, al oído pude confesarle que toda mi vida había esperado por ella. Así como en mis sueños la sostuve contra mi pecho mientras la fragancia de sus cabellos era absorbida disimuladamente por mis sentidos.
Otras noches contadas por miles nos aguardan, lo sé. Estoy listo a enfrentar el fin del mundo para ganar el privilegio de su sonrisa amante, de compartir mis días en dicha sin fin junto a ella, mi compañera, la elegida por mi corazón. Finalmente puedo amar sin temor al mañana, emprender la ruta trazada y ostentar el título tan deseado por los hombres del mundo: feliz.
sábado, 9 de junio de 2012
El viaje
Habíamos resuelto darnos unas vacaciones y a ella se le ocurrió inmediatamente la idea de una corta estadía en Estados Unidos. Yo accedí sin pensar en mis recelos del pasado sobre el país del norte, pues nada era tan importante para mí como su felicidad en mi compañía; sea donde fuere, el sólo permanecer a su lado motivaba mis más impulsivos arranques.
Acordamos partir ese mismo fin de semana, con apenas unas cortas mudas de ropa, ya que volveríamos en no más de tres días. Así hicimos y todo se encontraba ya listo, dos pequeñas maletas de viajero y nuestro inmenso amor fue el único patrimonio para levantar el vuelo hacia la tierra de Jefferson.
Ciertamente fue lo único que llevé conmigo, pues encontrándonos ya sobre la alfombra azul del pasillo, ella caminando delante de mí abrió su bolso para exhibir sus documentos, ante lo cual mis ojos incrédulos miraron horrorizados. ¡Había yo olvidado el pasaporte en casa...!
Ella se adelantó e ingresó a la sala de preembarque y, al grito de 'apúrate', me mandó corriendo a casa. ¡Cómo pude olvidar lo principal! Llegué en pocos minutos pese a la distancia y salté los escalones de a cuatro hasta llegar a la habitación y empezar la búsqueda.
El teléfono sonó, era ella, ya debíamos hacer el registro del equipaje y yo revolvía el cajón del velador hasta que lo encontré y lo levanté por encima de mi cabeza a manera de trofeo...
- ¡Lo encontré, amor, calma!
- Perfecto. ¿Y la visa?
- ¡OH, DIOS MÍO! ¡Requiero visa para ingresar!
- .........
Acordamos partir ese mismo fin de semana, con apenas unas cortas mudas de ropa, ya que volveríamos en no más de tres días. Así hicimos y todo se encontraba ya listo, dos pequeñas maletas de viajero y nuestro inmenso amor fue el único patrimonio para levantar el vuelo hacia la tierra de Jefferson.
Ciertamente fue lo único que llevé conmigo, pues encontrándonos ya sobre la alfombra azul del pasillo, ella caminando delante de mí abrió su bolso para exhibir sus documentos, ante lo cual mis ojos incrédulos miraron horrorizados. ¡Había yo olvidado el pasaporte en casa...!
Ella se adelantó e ingresó a la sala de preembarque y, al grito de 'apúrate', me mandó corriendo a casa. ¡Cómo pude olvidar lo principal! Llegué en pocos minutos pese a la distancia y salté los escalones de a cuatro hasta llegar a la habitación y empezar la búsqueda.
El teléfono sonó, era ella, ya debíamos hacer el registro del equipaje y yo revolvía el cajón del velador hasta que lo encontré y lo levanté por encima de mi cabeza a manera de trofeo...
- ¡Lo encontré, amor, calma!
- Perfecto. ¿Y la visa?
- ¡OH, DIOS MÍO! ¡Requiero visa para ingresar!
- .........
martes, 5 de junio de 2012
Revelaciones demoniacas y otras historias ya superadas I
Las confesiones tienen como fin buscar la redención. No lo entendí sino hasta que releyendo sus viejas notas pude abrir los ojos y entonces, sólo entonces lo supe: había sido yo un tonto, apuntando mi arma contra un enemigo invisible, cuando en mi propia retaguardia se había infiltrado ya un agente malicioso con la intención de aniquilarme.
¡Todo el tiempo estuvo allí! Ella había logrado engañarme sutilmente, o en sus propias palabras, 'omitido' el detalle.
Las conmociones volvieron como antes. Mi psiquis lo supo instantáneamente al activar sus defensas; necesitaba detener el flujo de adrenalina y mantener la presión elevada para evitar los espasmos tan conocidos y ya casi olvidados. Lo logró. Luego de tanto trajín padecido, finalmente poseía la madurez requerida para repeler el tipo de embates que se asomaba una vez más.
¡Todo el tiempo estuvo allí! Ella había logrado engañarme sutilmente, o en sus propias palabras, 'omitido' el detalle.
Las conmociones volvieron como antes. Mi psiquis lo supo instantáneamente al activar sus defensas; necesitaba detener el flujo de adrenalina y mantener la presión elevada para evitar los espasmos tan conocidos y ya casi olvidados. Lo logró. Luego de tanto trajín padecido, finalmente poseía la madurez requerida para repeler el tipo de embates que se asomaba una vez más.
sábado, 2 de junio de 2012
Contra cara
Hipocresía de ellos, hipocresía tuya...
Arremeten en tu contra, obviando toda la bondad abnegada con que has desempeñado las múltiples tareas encomendadas. Olvidando su propia prédica, se yerguen paladines de la decencia, castigando una conducta que responde probadamente a las enseñanzas que intentan -infructíferamente- inculcar a otros, seres más susceptibles que puedan acatar sin cuestionamientos la verticalidad exigida. No es suficiente el empeño, de nada sirven las horas interminables de entrega que has desplegado en su nombre: al final solamente eres buena cuando llega el día del tributo. Malvados e impíos, sí. No existe en mí una mínima consideración para quienes te ofenden de tal forma, aquellos que te repudian empleando los más bajos vituperios, despojándote de aquello que tanto amas. Jamás he confiado en ellos, ahora siento mayor repudio que antes. No tolero su existencia, los detesto.
Tristemente descubrí que no eres tan diferente de los seres a quienes desprecio. Lo he descubierto tímidamente por tu propia confesión, cuando decidiste dejar el papel enmascarado en una noche de sinceridad que no esperé, que no pedí. Al pasar los días pude constatar cómo me has mentido, cómo has intentado burlar la confianza que deposité en ti y pretender que tu charada se mantenga como hasta ahora... Siento que no soy capaz de soportar tal cosa, no me considero merecedor de otra historia escrita sin mi participación, de un guion alterado que sólo me toca seguir sin notarlo. Es ese rol de tu género al que tanto temo, el que en varias ocasiones me ha producido daño ya y que al primer esbozo de su presencia, prefiero huirle, pues mi corazón ya ha cargado suficiente con cuentos dizque inofensivos. Lastima, ciertamente. Me lastima mucho la doble moral, aquellas verdades a medias que terminan siendo mentiras totales. Lastima y enoja, duele y enfurece. ¿Qué te hace distinta a ellos? ¿Cómo puedo mirar a la gente a los ojos y decir orgulloso que te levantas por encima de aquellos? Me enamoré de una idea diferente y es el motivo de mi molestia actual, del peso que tengo dentro del pecho, de sentirme nuevamente burlado, de haber sido un imbécil.
¿Me amas? No lo dudo. ¿Es lo menos importante? Como te comenté, comprendí por tu actitud que es ciertamente lo más importante, pero... ¿Por qué borrar con el codo lo que haces con el dedo? ¿Por qué así? Nunca confiaste en mí y por lo visto, se encuentra muy distante el momento en que lo harás.
Aún debo ordenar las ideas, lograr compaginar y enderezar nuestras historias en un intento final de felicidad. No te desprecio, no podría hacerlo. Te has ganado el lugar que hoy ostentas en mi mente y en mi alma, pero esto no lo esperé jamás, no de ti, no así. Soy un hijo de puta, siempre lo has sabido; no debe sorprenderte que la amabilidad me sea ajena, que el cariño sea para mí tan natural como la idea de un dios. Soy lo que ves, tocas y sientes; éste soy yo, nada más, pero nada menos ante nadie.
Pienso y pienso, medito y reflexiono... ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Ignoro todo y continúo por el camino de la eriza? Siento la impotencia pesada de no saber adónde conduce ya esa ruta; he perdido la confianza en el sendero que me prometiste. Puede que en el
futuro seas el combustible nuevo para alguna lágrima vanidosa, mas nunca lo sabrás.
Arremeten en tu contra, obviando toda la bondad abnegada con que has desempeñado las múltiples tareas encomendadas. Olvidando su propia prédica, se yerguen paladines de la decencia, castigando una conducta que responde probadamente a las enseñanzas que intentan -infructíferamente- inculcar a otros, seres más susceptibles que puedan acatar sin cuestionamientos la verticalidad exigida. No es suficiente el empeño, de nada sirven las horas interminables de entrega que has desplegado en su nombre: al final solamente eres buena cuando llega el día del tributo. Malvados e impíos, sí. No existe en mí una mínima consideración para quienes te ofenden de tal forma, aquellos que te repudian empleando los más bajos vituperios, despojándote de aquello que tanto amas. Jamás he confiado en ellos, ahora siento mayor repudio que antes. No tolero su existencia, los detesto.
Tristemente descubrí que no eres tan diferente de los seres a quienes desprecio. Lo he descubierto tímidamente por tu propia confesión, cuando decidiste dejar el papel enmascarado en una noche de sinceridad que no esperé, que no pedí. Al pasar los días pude constatar cómo me has mentido, cómo has intentado burlar la confianza que deposité en ti y pretender que tu charada se mantenga como hasta ahora... Siento que no soy capaz de soportar tal cosa, no me considero merecedor de otra historia escrita sin mi participación, de un guion alterado que sólo me toca seguir sin notarlo. Es ese rol de tu género al que tanto temo, el que en varias ocasiones me ha producido daño ya y que al primer esbozo de su presencia, prefiero huirle, pues mi corazón ya ha cargado suficiente con cuentos dizque inofensivos. Lastima, ciertamente. Me lastima mucho la doble moral, aquellas verdades a medias que terminan siendo mentiras totales. Lastima y enoja, duele y enfurece. ¿Qué te hace distinta a ellos? ¿Cómo puedo mirar a la gente a los ojos y decir orgulloso que te levantas por encima de aquellos? Me enamoré de una idea diferente y es el motivo de mi molestia actual, del peso que tengo dentro del pecho, de sentirme nuevamente burlado, de haber sido un imbécil.
¿Me amas? No lo dudo. ¿Es lo menos importante? Como te comenté, comprendí por tu actitud que es ciertamente lo más importante, pero... ¿Por qué borrar con el codo lo que haces con el dedo? ¿Por qué así? Nunca confiaste en mí y por lo visto, se encuentra muy distante el momento en que lo harás.
Aún debo ordenar las ideas, lograr compaginar y enderezar nuestras historias en un intento final de felicidad. No te desprecio, no podría hacerlo. Te has ganado el lugar que hoy ostentas en mi mente y en mi alma, pero esto no lo esperé jamás, no de ti, no así. Soy un hijo de puta, siempre lo has sabido; no debe sorprenderte que la amabilidad me sea ajena, que el cariño sea para mí tan natural como la idea de un dios. Soy lo que ves, tocas y sientes; éste soy yo, nada más, pero nada menos ante nadie.
Pienso y pienso, medito y reflexiono... ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Ignoro todo y continúo por el camino de la eriza? Siento la impotencia pesada de no saber adónde conduce ya esa ruta; he perdido la confianza en el sendero que me prometiste. Puede que en el
futuro seas el combustible nuevo para alguna lágrima vanidosa, mas nunca lo sabrás.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)