sábado, 28 de febrero de 2009

Monólogo trasnochado

Tal vez exagero, es posible. Quizá no alcanzo a comprender del todo la naturaleza de lo que me has regalado. ¿Crees que me lo he tomado muy a pecho? ¿Es que la seriedad que llena mi ser no ha llovido sobre ti? En búsqueda de tranquilidad, mi mente ha preferido no complicarse atando cabos que únicamente conllevan a más y profunda depresión.

Pregunté por ti como de costumbre, te hice saber -a riesgo de comprometer mis emociones- el malestar que en mí ha producido cada embate de la semana transcurrida, dentro del cual cuento tu ausencia, por supuesto. Supiste brindarme calma y, relatando lo agitada que ha estado tu vida, esperaste de mí comprensión. La obtuviste. ¡Qué buena eres para aquello!

Sacudiste el lado más amplio y menos conocido de mi personalidad, lo exhibiste. Lo colocaste delante de mis ojos demostrando cuánto me conoces y afirmando que tanto así me quieres. Lo creí... Siempre lo he creído...

¿Recuerdas que existo? Existo, sí; vivo, pienso y siento. ¿Pretendes que lo oculte? Sería lo mejor. Evitaría de tal modo ser presa fácil de vertiginosas oleadas de ánimo. Me acostumbré desde siempre al ostracismo, pero cuando éste se vuelve involuntario, impuesto e indeseado, la belleza de la soledad se transforma en un horroroso peso a sufrir, imposible de sobrellevar.

¿Qué harás al respecto? No lo sé. Desconozco la orientación que tome tu voluntad, no imagino siquiera algún gesto relativo. Espero estar equivocado...

No hay comentarios:

Publicar un comentario