Insensatos, perversos e inconsecuentes... La vida nos deparó duros apelativos por nuestra locura; el señalamiento perpetuo de quienes tienen por oficio ocuparse de lo ajeno.
Fui consecuente, así lo siento en lo íntimo de mi ser, en mi fibra de hombre. Correspondí a cada caricia que de tu tacto delicado brotó hacia mi piel. Nuestros momentos, aislados huérfanos desde su concepción, fueron pequeños instantes en medio de la furtividad caprichosa que nos envolvió, a veces con romance, a veces con incomodidad; resultado de la diligente preocupación y el cariñoso altruismo de no producir dolor alguno en quienes habitan aún dentro de nuestros corazones. Pero no es aquella la consecuencia socialmente aceptada, la vertical conducta que esperó de nosotros el conjunto de curuchupas, herederos del latifundismo y la obscuridad del pensamiento. No fue la "intachable" compostura que reclaman quienes viven del pecado alardeando jactanciosamente exageradas y hasta inexistentes virtudes. El espíritu rebelde me llamó, una vez más, a no prestar atención a las lenguas ponzoñosas que, en nombre de la cautela, intentaron diezmar mi determinación diaria.
¿Insensatos? Es innegable; desterramos a la cordura muy lejos, donde no interrumpiera la dulce calma de nuestros labios que, al encontrarse, aligeraban el espíritu, produciendo aquel hormigueo que galopa de poro en poro para terminar en tus dedos entrelazados con los míos. Fuimos insensatos, sí; no me arrepiento de haber compartido horas de hastío a tu lado. ¡Cuán sencillo es olvidar que existe el mundo mientras cuento tus cabellos uno a uno! ¿Culpa acaso? Lidio con ella, como te dije desde un principio. La culpa se desvanece al acariciar tu pierna mientras duermes inocente sobre mi hombro, aferrándote a mi brazo y derramando sobre él la fragancia de tu cuello largo y femenino... Fuimos castigados por atentar contra la razón y sin duda lo merecemos, pero ¡cómo me duele tu llanto!
La buena fe, principio básico de mi accionar a lo largo de los años, ha sido objetada. ¿Acaso podría alguien asegurar con absoluta calma y sin pasiones que fuimos malvados? ¡Cuánto calor producía la obscuridad de nuestro secreto! No puede existir nada más alejado del dolo que nuestro querer. Puro desde siempre; algo viciado en su ejecución, es verdad... Sin embargo puro, esencialmente puro.
Con cada día que pasa me pregunto inconforme el por qué de esta sensación que ahora me abruma. Desconcertado recorro detalladamente las fotografías, encontrando en ellas un placebo a mi espíritu; rumiando los recuerdos mantengo tranquila a mi mente, acallándola y pidiendo que no abra mi corazón, cerrado una vez más.
Y es que simplemente no lo puedo aceptar. He accedido por considerarlo necesario para que sanen las tantas y profundas heridas... Las heridas de ella, de él; las nuestras propias. Es lo mejor por ahora, lo sé. No puedo evitar sentirme burlado, engañado, utilizado... ¿No es nuestro momento? ¡Blasfemia al amor! El momento es un lapso indeterminado e indefinible por la voluntad del ser. El patético papel que interpreté fue retribuido, en última instancia, de manera absoluta. "Sin pan ni pedazo" dice el argot popular. ¡Cuán sabio es nuestro pueblo! De vuelta a mayo, donde todo empezó... La única diferencia -te la debo a ti- es el despido intempestivo de un sincero y agradable cariño.
Hago mías las palabras de aquel grande una vez más: "La culpa fue sólo nuestra. Un botón basta de muestra, los demás... ¡A la camisa!"
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