miércoles, 18 de febrero de 2009

Testigo no idóneo

¿Por qué debo permanecer en silencio? ¿Por qué no me permites alegrarte como en tiempos pasados? ¿Es que acaso ahora soy menos relevante en tu existencia? Quiero creer que no...

Escucho hoy como escuché siempre tu dolor; pañuelo infinito que enjuga tus lágrimas y reconforta tu rostro hinchado. Mi hombro jamás se ha agotado con el peso de tu pena... ¡jamás! Pero esta noche me has pedido que no. Debo ignorar el tajo que causa en mi espíritu tu llanto y acomodarme a la fugaz sutileza con la que me dices adiós.

El amigo, el hombre, el caballero... Todos ellos desconcertados ante tu determinación. ¿Lo he hecho mal? Creo haber sido consecuente hasta este momento. No es justo. No puede ser justo lo que en este momento me corresponde. Mas todo cuanto he pasado en tu ausencia en muchas noches no son causa de reproches, porque sabes que te quiero.

No puede descansar mi mente, no logra calmarse mi corazón... Así no debía ser; jamás imaginé tal dolor. Lamento que sea así. Guardaré la compostura necesaria, mientras el espíritu lo soporte... No puedo permanecer impávido ante tanta calumnia humillante.

Salud a ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario