Una vez más y luego de tantos años, decidí recordarlos a través de las letras. Ésta es la ocasión, no puede haber una mejor. Falta poco ya para lograr la victoria final, el momento que esperé vivir a vuestro lado y que sé, anhelaron.
Tres años consecutivos me castigó la vida, como probando resistencia y tentando a mi cordura. Logré sepultar sus recuerdos en la profundidad del ayer para así, indiferentemente, continuar adelante y cosechar éxitos. Los he conseguido... Cada uno de ellos me remontó por instantes a los años tiernos. Los recordé colmándome de besos y abrazos, prediciendo que estos días llegarían. Como de costumbre, dediqué cada conquista a su amor por mí. Nunca fue mi intención apartarlos del día a día, pero la mente así lo exigió: Elemental profilaxis.
Mientras más me acerco a la hora definitiva, mayor es la evocación a la memoria. Sus rostros de alegría se mantienen latentes en mi conciencia, afirmando que aún sirvo de algo.
Esta noche, como muchas, esperé la visita de Érato mas nunca llegó. En su lugar apareció delante de mí la maza cruel de Melpómene que golpeó mi frente hasta quebrar mi espíritu y exprimir negras y amargas lágrimas, las mismas que derramé hace once, doce y trece años. ¿Por qué ahora? ¿Porque no me permitiste llegar hasta el día ansiado, malvada enmascarada? No me da respuesta, sólo sigue arremetiendo violentamente...
Inmediatamente descienden sobre mí y espantan a la inesperada musa; rodean mi cuerpo y toman mis manos para que no detenga mi homenaje. ¡No los recordaba tan vanidosos! Es justo, supongo. La vanidad es la piel de los intelectuales. Sí, intelectuales de indiscutible talla; tres recordados maestros y que tuve la dicha de escuchar, únicamente escuchar... Cuando hube dominado el verbo y la lectura se convirtió en pilar de mi soledad, ya no se encontraban presentes para escuchar lo que yo tenía que decir a ustedes. ¡Cómo maldigo aquello a cada minuto!
Aún pienso en el instante en que deba levantar orgulloso el fruto del esfuerzo, en lo que deberé decir a quienes me acompañen llegada la noche. Las primeras palabras serán suyas, será enteramente nuestro momento juntos. Sin duda alguna me será imposible ocultar el llanto, pero será secreto compartido entre nosotros. Sólo en ese fugaz abrir y cerrar de ojos, podré expresarles lo que nunca antes:
A ti, mi dulce y amada María Antonieta: Gracias por el café que encontré cada mañana acompañado de tu nota de "pórtate bien". No he perdido la costumbre de beberlo, pero indudablemente extraño la advertencia por escrito.
A ti, venerado y respetado Víctor Hugo: De no ser por tu sangre, estas líneas serían imposibles. Ni una sola falta ortográfica, viejo. Enorgullécete de mí, genial bate.
A ti, recordado y cariñoso Víctor Olmedo: La sensibilidad y ternura que siempre guardaste a la humanidad es ahora el motor inextinguible que me permite despertar cada día.
Los amo todavía...
Esperaré por ustedes en la noche de graduación.
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