El frío de la noche que calaba en mi piel te regresó a donde perteneces: mi mente. Me dirigí hacia la puerta al escuchar los repetidos golpes que retumbaban en la soledad de la madrugada y mis ojos no daban crédito a lo que percibían; con tu ancha sonrisa y la ternura tan característica de aquella voz que me enamoró, me saludaste. Solicitaste mi venia para ingresar, ¡como si esta no fuera ya tu casa! Desde luego accedí a la inesperada alegría que me habías otorgado. Tus cabellos de profundo y frondoso negro ahora rozaban tu espalda, los tacones, otrora nada gratos, eran la base de tu andar; te observé distinta y radiante, bella y renacida. El aroma que únicamente guarda mi cerebro invadió la extensa sala, llenando cada mueble de tu añorada fragancia y tornando opaco todo el ornamento a nuestro alrededor. Temeroso me senté a tu lado y con el corazón palpitante emprendí la ya fallida misión de brindarte comodidad, de conocer tus pensamientos, saber qué ha sido de ti en este tiempo; sonreías dulcemente, regalándome maternal tranquilidad y regocijo; sólo en tu espíritu habita la calma que puede frenar mis más desesperadas emociones. ¿Cómo lo haces? Nunca lo sabré...
Te escuchaba desde el suelo, postrado ante tu recostada figura que me obsequiaba, de vez en cuando, una mirada coqueta, como esperando una vez más aquel oculto valor que de mí siempre reclamaste. No me atreví a interrumpir lo que se había vuelto tu monólogo, pues el éxtasis de tan anhelada cercanía superaba con creces las falencias de mi intolerante ego. Dispuesto a realizar finalmente la pregunta que cada día ronda mis pensamientos y me instiga constantemente a huir hacia tu hogar y echarme a llorar en búsqueda de indulgencia, me levanté, apoyé mi cuerpo contra el tuyo y te tomé de las manos, tan suaves y cariñosas chispas de profundo amor, te miré a los ojos y correspondiste a la seriedad del momento. Tragué saliva y los poros de mi cuerpo se humedecieron rápidamente, mi corazón incrementaba su trabajo a la par con mis labios, que temblaban buscando las idóneas palabras, infalibles oraciones que permitieran asegurar tu retorno. Fue entonces cuando la emoción superó la tolerancia de mi inconsciencia y súbitamente, desperté. Sendas lágrimas rodaron por mis ojos cuando logré diseminar la realidad y me encontré observando el techo, maldiciendo a la imaginación por tan cruel momento. ¿Lo merecí? Probablemente. Al enjugar las lágrimas con mis dedos, sólo produje aún más cuando, casi extinto, reconocí tu perfume sobre mi mano. La infinita necesidad de tu presencia había traspasado la frontera de los sentidos y materializó, por un instante, tan femenino distintivo. Maldije una vez más la profundidad de mi imaginación y me puse en pie, secando las tan puras lágrimas que de mi anhelo brotaron. Total, fue solamente un sueño…
Accurate 🍃
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