lunes, 16 de febrero de 2009

Noche de alegría y dolor

Asistí, tal como prometí a mi conciencia; mi espíritu reclamaba incansablemente ser partícipe del glorioso momento, aquel que me fue negado por defectos propios...

Uno a uno escuché sus nombres, todos ellos mis amigos entrañables que se dirigían a recibir la constancia material de su esfuerzo; finalmente el fruto de tan pundonorosa construcción se volvía real. ¿Cómo negarme a celebrar con ellos? ¿De qué forma podía yo ignorar la importancia de su compañía a lo largo de estos años? Fue además el merecido castigo moral al ego por mis acciones y omisiones: observar sus tan alegres sonrisas y no formar parte entre ellas.

El mejor de nosotros tomó la posta y confirmó por parte del resto el compromiso de incansable lucha por una sociedad más justa. Vino el turno del más puro entre quienes convivimos en las aulas y, como era previsible, sus palabras calaron en el corazón de todos los vencedores: fue ovacionado masivamente, de pie, recibido con el mismo cariño que ha merecido a lo largo del tiempo. Sonreí entre disimuladas lágrimas, pues mi mente se apropió de aquel momento y lo convirtió en suyo, brindóme felicidad por los sendos éxitos y plasmó en mi ser el evidente resultado de la negligencia.

Y allí estaba ella, claro que sí. Su deslumbrante belleza y el desborde incontenible de algarabía me hizo añorarla una vez más. ¡Lo había conseguido! Los tres ajenos supimos desde un primer momento que sería la primera: Siempre la primera entre iguales. Cuánta dicha sentí al verla ya completa, libre por fin de las cargas pasadas. Y fue la sinceridad de sus amorosas palabras lo que me desconcertó hasta trasladarme hacia la profunda reflexión: Seguía yo vinculado a la complejidad de sus emociones... Debí morder mi lengua para no estallar en llanto; la voz se me tornó frágil cuando fue mi turno de felicitarla. Tuve tanto qué decir, pero la vanidad me llamó a ocultar las lágrimas públicas y únicamente acerté, en oposición a mi corazón, a colmarla de los mejores deseos y augurar para su futuro la mayor de mis aspiraciones.

Ya entrada la noche nos despedimos. Un leve y cariñoso beso fue el sello final de tan contrastado cúmulo de sentimientos, anhelos y tristezas...

Pronto estaré junto a ustedes, compañeros de mi vida. Esperadme en el oficio, que no os defraudaré.

¡SALUD A TODOS MIS AMIGOS! ¡SALUD A ELLA!

1 comentario:

  1. Tal cual como yo vi graduarse a mis compañeros de universidad...

    Exactamente lo mismo hermano...

    pero como dice el rector de mi Universidad, citando a un cantautor. Caminante, se hace camino al andar...

    Saludos hermano,

    Carlos.

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