jueves, 10 de noviembre de 2011

Panteón memorial

Y me quebré... ¿cómo condenar a mis ojos a sequía? descansaba mi espalda sobre el mismo muro que me sostuvo tantas veces cuando niño. Intenté inútilmente distraer las emociones con mi placebo preferido; ni la sabrosa y relajante hoja de tabaco logra calmar el sufrimiento que mis recuerdos arrastran cada vez que regreso... No es cierto que mi ingratitud sea tal, es la forma de reconstuir mi espíritu hasta que la memoria ya no lastime.

Me encontré allí, acompañado únicamente por mi casi agotado mechero y las imágenes del pasado invadieron el patio de Gina: mi abuela salió de la cocina a decirnos que debíamos lavarnos, pronto serviría el almuerzo. Contemplé su delgada figura con la misma dulzura con la que hoy solamente puedo mirar a la tía Lola (disimulando la estocada profunda que me asesta) y debí expulsar el humo rápidamente para que el hipo no lo absorba. Podría asegurar que la imagen de la abuela me devolvió la mirada por un escaso segundo, lo que interrumpió mi alucinación masoquista...

Gina -la real- se encontraba dentro, por lo que mi llanto debió ser ahogado en el más frustrante silencio. Hacía tanto tiempo que no descargaba ampliamente el dolor que me ha perseguido por ya quince años y que no logro -¿ni quiero?- desterrar.

Me hizo bien volver, ahora lo sé: el testimonio de su sangre llega a mí con el cariño de quienes me brindaron un techo cálido. Las lágrimas, aunque amargas, son sanas; ellas mantienen el recuerdo en mi mente, impidiéndome olvidar cuánto la amé aun cuando la terca pubertad me privó de expresárselo en los últimos días. Es por eso que regresé, para demostrarle mi eterno amor.

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