Sin escuchar las voces que auguraron fracaso, mi instinto fue la única y segura guía hasta la noche mágica que me recibía piadosa, consciente de la depresión rutinaria que arremetía infatigablemente y laceraba mi espíritu. Érato lo sabía y reservó su aparición para el final.
Entré con orgulloso paso viril y ostentando la belleza de la muchacha que asía mi brazo con tierno temple. Mi cómplice nos esperaba atento, listo a cumplir su parte y, con una sonrisa dividida entre picardía y emoción, nos condujo… Debí ocultar mi propio asombro al observar la mesa que tan prolijamente había sido dispuesta para los dos. La espectacular diligencia del maître y su comprensión de mis deseos obtuvieron el objetivo anhelado: había logrado abrumar el corazón de mi acompañante, quien removió con delicadeza la rosa que descansaba sobre su vajilla y examinó el entorno con sorpresa complaciente, intentando contar la totalidad de pétalos regados sobre nuestro mantel. Jacinto -el fantástico maître- se disculpó al encender la vela que atestiguaría mi hazaña nocturna y se retiró a preparar el acto final. Sé que ella lo sospechaba, sus frescos veinte años cargados de brillante madurez fueron, sin conocerlo plenamente, los destellos más seductores que penetraron mi ser.
No hubo más que corriente vaivén de palabras entre los dos, encargándome de dirigir la conversación hacia los más amenos tópicos mientras las humeantes ambrosías mediterráneas satisfacían nuestro apetito. Observé varias veces cómo se consumía el cirio carmesí, señalando la proximidad del gran final y miraba fijamente sus hermosos grandes ojos que correspondían con media sonrisa disimulada por debajo de aquellas delicadas manos que calcan su fragancia sobre mi piel.
Y la coincidencia fue mi fortuna; preguntó la bella joven qué otras sorpresas había elaborado mi mente y fue aquella la señal anhelada... Solicité los postres y Jacinto reingresó al escenario. Colocando cuidadosamente el estuche revestido delante de ella, el maître heroico se retiró una vez más deseándome éxito con una especie de suspiro entrecortado. Era la hora definitiva: extendiendo mi mano sobre la mesa solicité la suya; necesitaba la formalidad de una caricia segura que me permitiera solemnizar tal evento. Haciendo un recuento sucinto del tiempo juntos y argumentando la coherencia emocional de proseguir, le pedí descubrir la dote que reposaba frente a ella y presentada por mí en tributo de cariño y así hizo...
Las luces del lugar maximizaron el brillo de las joyas que yacían frente a sus ojos y mordisqueando su labio con cierto nervio, me miró mientras apretaba con mayor fuerza mis dedos -está hermoso- exclamó sobrecogida. Fue entonces que enfrenté el colosal temor masculino y una vez derrotado éste, planteé la pregunta protocolaria que congeló mi corazón e hizo flaquear mis neuronas; todo a nuestro alrededor se volvió inanimado en aquella fracción de segundo. Podía escuchar la flama del cirio enroscado en la infinidad del silencio imaginario...
-Sí, acepto. ¡Obvio que sí!
Mi hermosa muchacha había devuelto la calma en cinco palabras al naufragado corazón que esperaba ansioso una respuesta. Me puse de pie y con devoción caminé hacia mi naciente compañera para decorar su fino cuello con el dije tributado. Un beso, solamente un beso de sus labios bastaba al final… me lo otorgó. Me otorgó además las más conmovedoras palabras que de nadie habían recibido mis sentidos: “Gracias por aparecer en mi vida”.
El maître eternizó el momento con una ilustración fotográfica a la que accedí, ¿cómo decirle no al grandioso servidor? No hubo terminado la velada sino hasta que mis reflejos aterrizaron por un beso surcado a través de la mesa. –Sí, sí, mil veces sí- confirmó ella en el pináculo de la noche. Había entonces crecido la vida; obtuve el asentimiento, la proeza fue completa.
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