No tranquila mi conciencia (a pesar de haberte afirmado lo contrario), la imaginación se valió de la insatisfacción para brindarme un placebo que me permitiera sonreír en este día... Fue así como la mente me remontó al viernes y quiso darme por algunos minutos, un final alterno, una variación más feliz, más grata de aquella la que debió ser mi gran noche.
Llegamos a la mesa, tal como ocurrió. El maitre -quien fuera mi cómplice- la preparó tal como ordené; la luz tenue dejaba entrever el brillo de tus labios que resaltaban la fuerza obscura del vestido. Mis dedos únicamente pensaban en las caricias reservadas a tus cabellos que caían deslizando y conjugando circularmente con el collar plateado que descansaba cínico sobre el escote.
Sucedió exactamente igual; el recorrido de mis manos inquietas a lo largo de tu brazo te invitaba a regalarme un beso que perdurara en mis más allegados recuerdos. Las yemas de cada uno de tus dedos quedaron indefensas ante la arremetida de mi boca cuando, súbitamente, se detuvo el tiempo un instante y el repertorio de violín inundó el espacio a nuestro alrededor. Vi tus ojos volverse cristalinos mientras sostenías mi mano con fuerza; el pucherito de tu rostro resaltaba notablemente la belleza que te envolvía sin timidez alguna.
Cada melodía del rojo instrumento empeñaba el pundonoroso, pero natural, romanticismo de la noche. Con la copa levantada, brindaba al maestro y felicitaba su música, tan mediterránea, tan llena de amor; el trayecto estaba trazado y me dispuse a emerger los ocultos sentimientos...
Disfruté la pueril emoción con que, bocado a bocado, terminabas el postre. Fue entonces que arreglé tu cabello por detrás de tus orejas y rozando mi dedo sobre tus labios, me contemplaste con aquella mirada de hastío; sí, la mirada que hacía varias noches terminó de adueñarse de mi corazón. La pregunta que ronda mis pensamientos a todo momento escapó finalmente de su cautiverio y sonreíste con dulzura reprimida.
Asegurando un sueño placentero, el cerebro decidió cambiar de hemisferio el trabajo y optar por la imaginación, la que mantiene viva mi determinación; un rotundo sí salió de tu garganta femenina y me abrazaste como en tiempos de la Escuela de Derecho. Cinco besos plasmaste sobre mi rostro extasiado y ratificaste enérgicamente -¡Claro que sí, guapo tonto!-
La noche fue testigo único de la sonrisa que, dormido, dibujé gracias al engaño de mi mente. En la profundidad del sueño no daba crédito a lo que ocurría, era el momento anhelado, el que tanto esperé. Mi cómplice entendió la señal realizada y apareció frente a nosotros con la dote de amor que tanto tiempo atrás preparé; un óleo de mujer con sombrero fue el estribillo perfecto de la hermosa y victoriosa noche que se acercaba a su fin. Contemplaste el obsequio recostada sobre mi brazo, aferrada cariñosamente sin soltarme ni un momento, liberando tu corazón de dudas pasadas e invitándolo a renacer a mi lado.
Contenta y restituida, feliz y de vuelta a la dicha completa, te llevé del brazo hasta el carruaje de Cenicienta, no sin antes besarte con pasión en el centro de la obscuridad, publicitando mi amor a quienes nos rodeaban.
Una vez llegada al portal de tu casa, te despedí con un onírico beso y fue entonces que, aún sonriente, desperté...
no entendiii, todo este cuento no paso??? asi no fue esa noce??? =( que romanticooo, te juro que queria seguir leyendo cual si fuese una novela, deberias de escribir una!!!!
ResponderEliminarMmm... A lo mejor no logré transmitirlo adecuadamente. Hasta el quinto párrafo todo es real; de allí en adelante fue imaginación, fue un placebo concebido por mi cerebro para permitirme dormir bien aquella noche.
ResponderEliminarEn realidad no es del todo imaginación, es una mezcla entre realidad y fantasía todo lo siguiente al quinto párrafo.
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