Hoy volví a tu altar, mi aya amada. Incliné mi cabeza sobre el volante y apagué el motor; era la primera vez en veintiséis años que no te hallaría rondando con paso lento los pasillos y las aulas. Tragué saliva y atravesé la misma reja negra de siempre para ser recibido con tu mirada maternal perenne que ahora divisa congelada desde un retrato, al igual que tú: hacia afuera, testigo de los niños que día a día llegan para formarse como lo hicieras con nosotros en casi seis décadas. Gloria me permitió el paso con la ternura que jamás se extingue, ni aun cuando ambos empezamos a lucir una que otra cana y me dirigí hacia la Dirección, donde Janeth me recibiría con un abrazo tan fuerte como el del día de tu partida física. Le expliqué el motivo de mi visita y casi de un brinco salió de su oficina liderando el camino hasta el tercer piso; me pidió esperar mientras por su cuenta traería el tesoro y avancé solo hasta el salón, el cual conserva su olor y que ahora, junto al general inmortal, es decorado por fotografías de tu vida, homenaje de tus estudiantes. La tardanza de Janeth me permitió rumiar los recuerdos mientras acariciaba los libros viejos y miraba por el balcón, el de Ronda, hasta que volvió con las manos llenas.
—¡Aquí está! —dijo con orgullo—. Es tal cual ella lo diseñó. Es tuyo.
—Deseo comprarlo.
—No me lo vas a comprar —increpó ofendida—. Llévatelo.
Un abrazo suyo fue el mejor regateo y me dejó solo nuevamente en aquel sexto grado ya vacío. Abrí el texto y sentí la bocanada de tu amor a través de las líneas. ¡Cómo no sentirme niño sobre el escenario de mi niñez! Sin embargo y como te confesé en amargas líneas anteriores, aquella -la niñez mía- quedó depositada en tu nicho y es mi adultez sobria quien reclama una parte de ti; si el linaje mío no estará bajo tu amparo, llevaré tu amparo hasta él.
Gracias eternas por esto, por todo, por siempre.
Tu niño Tapia

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