martes, 20 de septiembre de 2016

Aya

Tu voz dulce invitándome al salón rebosante de juguetes es la primera marca que la memoria evidencia de nuestro amor, ese pacto sagrado que cumplimos fielmente: me diste armas para embestir a la vida y yo te honré viviéndola como el caballero que formaste. Hoy me enrostra lo efímero de la vida y hallo con dolor que has partido; el corazón se lacera, la garganta es un nudo y los ojos forman vertientes saladas que sollozan tu nombre. Te lloro, no porque la tranquilidad eterna te ha recibido, sino por el tiempo que nos quedaba y fue arrebatado; te extraño, has sido el pilar de mi carácter y mis contadas virtudes; te necesito, ¿a quién confiaré a la prole mía? ¡maldita sea la muerte por esta hora!

Vivo aún según tu ejemplo laico de ciencia, de luz y verdad. Ya no estás para evaluarme y sin embargo lanzo a tu inmortalidad la pregunta: ¿lo he hecho bien, señorita Adda? Mis semejantes sabrán responder cuando la hora definitiva me alcance y únicamente entonces sonreiré ante tu recuerdo al saber que no te decepcioné y cumplí el credo que me legaste como niño gracioso, joven pundonoroso y hombre bueno y honrado.

Te amo, mi aya inmortal. Hasta siempre. 

Tu niño Tapia

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