miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mi vida a través de ti

No es solamente una trillada frase romántica, o el renunciar a la individualidad viril que caracteriza a mi género. Va mucho más allá de cualquier mundana consideración social que pueda atribuirse al compartir cada alegría personal con quien he elegido para que atestigüe mis faltas y éxitos a lo largo de los días.


Es cierto que un amor puede volvernos autómatas doblegados a la voluntad de quien habita en nuestro corazón; recordad la terquedad de un amante príncipe que consumió a Troya hasta las cenizas. ¿Acaso no desafió Dante al mismísimo Señor de las Tinieblas en busca de su amada Beatriz? No digamos del pequeño francés de la mano en el cabestrillo que arrodilló a la poderosa Europa, ofreciendo cada conquista como regalo a su adorada Josefina.


¿Por qué habría yo de negar tal condición en mi ser? ¿Soy superior a los grandes hombres de la historia? Haciendo una pausa y reflexiono sobre mi vida… me doy cuenta de que no he estado exento de ser arrastrado por la pasión sublime y vertiginosa que sólo el amor produce en los corazones más impetuosos. A riesgo de caer en un reprochable sexismo, acojo como propio un rasgo que aprendí del maestro Sartre, y es que un hombre puede haber tenido varias amantes, pero sólo una compañera. Una amante complace en momentos felices, una compañera llena infinitamente hasta las horas mustias.


Sé muy bien el calificativo popular que me es conferido por mostrar devotamente mi adoración. A diferencia de la ácida fruta que ostento como título no oficial, la dulzura empalagosa que mi espíritu te guarda logra cauterizar las heridas más profundas. Me satisface creer que incluso es capaz de sanar las causadas por mi reiterada negligencia. ¿Recuerdas la llamada sobre Hong Kong? Fue una noche de verano hace cinco años cuya emoción fue superada por una sencilla cena que culminó con un par de cigarrillos en el Parque Seminario, lo parque nuestro. Cada momento, por mínimo que resultara, era una excusa para tomarte de la mano y llevarte conmigo a vivirlo. Contemplaste con rigurosa estoicidad las lágrimas derramándose sobre las tumbas de mis abuelos y me abrazaste cariñosamente, tomando junto a mí el juramento de amor eterno: Nunca me separaré de ti. La sanación fue completa en su momento.


Hoy contemplo tu figura desgastada por mi amargura, por el perdón propio que no he logrado hallar. Cuando una nota y una rosa no son suficientes para eludir las pesadas cargas del alma, sé que una lágrima y un beso, mi rúbrica perpetua hacia ti, pueden desaparecer los males que aquejan a tu corazón. ¿Permitirás que lo hagan? Espero que sí. Confío en que cada palabra de amor traducida en acción certera sea el señuelo adecuado para mantener nuestro pacto perenne. "Sólo en tu espíritu habita la calma que puede frenar mis más desesperadas emociones".


El tiempo galopa implacable y se me escurre entre los dedos. Me resisto a aceptar el fracaso y aférrome al bien impalpable que nos cobija, nuestro tema de amor, la historia juntos, aquel que me empujó a besar tu fotografía antes de cada examen y dedicarte en ausencia el triunfo académico logrado. Los dedos se mueven intranquilos, el cigarrillo consumido cae sobre el piso. Es el momento preciso, mi cuerpo lo siente; tengo que salir a buscarte y gritar que te amo. Te amo no como ayer, sino más que nunca; siempre lo haré, compañera. Espera por mí, iré a reconquistar el lugar que me he ganado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario